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Ferran Martínez Navarro

Expresidente de la Sociedad Española de Epidemiología

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La gestión de las epidemias y la política

Una epidemia es un cambio en el estado de una población, que aparece en un tiempo y espacio concreto, y que se manifiesta como un grupo de personas enfermas, homogéneas respecto a la especificidad etiológica y clínica, y con un grado elevado de diferenciación epidemiológica respecto a la comunidad de referencia, proporcionándonos una imagen de riesgo que orienta nuestra investigación causal y la aplicación de medidas específicas para su control.

Independiente de que sea un clúster, brote, epidemia o pandemia (son los diferentes grados cuantitativos de su presentación) una epidemia no es solo un problema de salud pública también lo es de gobierno, por su génesis al ser un proceso biológico conformado socialmente, y por su control al implicar intervenciones sobre la población, que exceden con frecuencia las estrategias médicopreventivas como la quimioprofilaxis, la vacunación o la gestión eficiente del sistema sanitario. Por ello, exige medidas de gobierno que coordinen las diferentes áreas económicas, sociales y ambientales implicadas. Es una urgencia de salud pública que requiere una intervención inmediata de carácter global.

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Epidemiología de campo. Una práctica fundamental de la salud pública

El principal objetivo de los servicios de epidemiología, adscritos a los departamentos de salud pública, es la intervención para resolver los problemas epidémicos de la población, ya sea mediante el estudio de brotes epidémicos o los estudios de prevalencia. Esta orientación hacia la acción está presente desde el mismo momento de su instauración. Así, al crear, en 1910, la sección de Epidemiología en el Instituto nacional de Higiene Alfonso XIII, se justificó por la necesidad de disponer de una unidad operativa cuyo objetivo era “intervenir en la resolución de cuantos problemas epidemiológicos se presenten en el país […] acudir allí donde se presente un foco epidémico cualquiera de enfermedad contagiosa y en el que las circunstancias demanden el estudio de su naturaleza o de las causas que lo determinen”. Esta fue una decisión lógica por  la importancia de la morbilidad y mortalidad por enfermedades infecciosas y el creciente papel de los laboratorios de microbiología, como las instituciones científicas más cualificadas para el control de dichas enfermedades a través del diagnóstico y de la producción de vacunas necesarias para su control. Asimismo, la epidemiología necesitaba la especificidad etiológica de la enfermedad con el fin de identificar su dinámica en la población, así como sus principales parámetros epidémicos, tales como contagiosidad, letalidad, inmunidad, formas de transmisión, etc. Esta asociación entre bacteriología y epidemiología determinaba que la estrategia epidemiológica estuviese “guiada por la bacteriología que investiga las causas”. La medicina de laboratorio aportaba la especificidad etiológica – necesaria para la intervención- individual y comunitaria, así como la verificación de los posibles focos infecciosos identificados en el ambiente aportados por la epidemiología.

La práctica de la higiene pública se alejaba progresivamente del ambientalismo dominante en el siglo XIX al integrar los nuevos conocimientos y métodos científicos en las estrategias de intervención para el control específico de las enfermedades transmisibles. Se pasó del sometimiento al ambiente natural a considerarlo como expresión de un ambiente social desigual que genera riesgos diferenciados socialmente. Este primer cambio proporcionaba la información necesaria para una estrategia de intervención sobre el ambiente, que pasaba, de forma progresiva, de ser global e inespecífica a serlo específica e individual y poblacional a la vez.

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