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Gorka Maneiro

Analista político

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El PNV, ¿de derechas o de izquierdas?

¿Es el PNV de derechas? ¿O es de izquierdas? ¿Es de ambas corrientes ideológicas a la vez? ¿No lo es de ninguna? ¿Qué es realmente el PNV, próximo partido ganador de las inminentes elecciones vascas? Esta misma semana, Iñigo Urkullu, quien próximamente renovará su cargo de Lehendakari, negaba la mayor y afirmaba que ambos conceptos son conceptos anticuados. Que hoy ya no tiene sentido hablar de izquierda y derecha. Veamos. 

¿Han oído ustedes a algún miembro relevante del PNV criticar genéricamente a la 'izquierda'? No lo recuerdo. ¿Han oído ustedes a algún miembro relevante del PNV criticar genéricamente a la 'derecha'? Tampoco. A lo más que han llegado ha sido a criticar a la 'derechona' o a la 'derecha mediática', no vayan a sentirse ofendidos sus votantes de derechas (y porque además saben que esa crítica está muy bien vista en Euskadi). Pero no exactamente a la 'derecha' por ser derecha. Esta es una buena pista. Pensemos. A Podemos, que dijo no ser ni de derechas ni de izquierdas en sus inicios, hoy se le oye habitualmente criticar con ahínco a la 'derecha', y así se ubica en la izquierda. Lo mismo le ocurre al PSOE, aunque, en el poder, tienda a impulsar políticas económicas de derechas. Para Vox, el enemigo de España es la 'izquierda' y el comunismo, y no ahorran críticas a la ideología izquierdista y a lo que representa. Y Ciudadanos comenzó a hacerlo cuando Albert Rivera se propuso sustituir al PP como representante del centro derecha español. ¿Ahora lo hacen? Mucho menos, y solo para criticar al actual Gobierno de España, pero no tanto por ser de izquierdas como por pactar con los independentistas.

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Es una tragedia, pero hay esperanza

Nos encontramos sumidos en una crisis sanitaria sin precedentes en nuestras vidas. El coronavirus nos está golpeando con una virulencia desconocida para todos nosotros. La situación de confinamiento y la limitación de movimientos nos recuerdan los peligros que nos acechan, que somos frágiles y que todo puede cambiar en un breve espacio de tiempo. La cifra diaria de fallecidos nos recuerda a los vivos que somos mortales, que la vida es finita y que nuestros días están contados. No es que no lo sepamos, pero nos lo recuerda, por si acaso. Que aquello de lo que disponíamos y disfrutábamos con razonable indiferencia y dándolo por hecho, sin sobresaltos y, ay, sin valorarlo en exceso, se va por la alcantarilla y desaparece, sin que apenas podamos hacer nada para impedirlo, por mucho que lo imagináramos e incluso diéramos por hecho que ocurriría en algún momento de nuestra vida, en esos días en los que nos da por pensar e imaginar días peores. Otras veces pensamos que todo irá bien incluso pase lo que pase, cuando el drama no nos ha alcanzado todavía y se mantiene la esperanza, antes del cansancio. No sería para tanto si no hubiera muertos, pero los hay, casi 20.000 solo en España, y son casi 20.000 muertos que han muerto solos, sin poder despedirse de sus familias, que a su vez tampoco han podido despedirse de sus seres queridos. 

Además, nos vemos abocados a una enorme crisis económica, consecuencia del parón de la actividad económica y al cierre temporal o definitivo de miles de empresas. Los ciudadanos apenas consumimos y las empresas y autónomos no venden, bajan sus ingresos y, por ello, pagarán menos impuestos, por lo que el Estado (nosotros agrupados) dispondrá de muchos menos recursos públicos para invertir y sostener el Estado del Bienestar y el gasto social. Miles de personas serán despedidas y sufrirán enormes dificultades, por mucho que el Estado que nos protege trate de paliar nuestra situación de una u otra forma. En época de bonanza los trabajadores no ven incrementado su poder adquisitivo, pero son despedidos cuando el negocio empresarial se debilita o se resquebraja. Y todo ello repercutirá directamente en nuestra salud física y mental o en la de nuestros conciudadanos y, por tanto, en nuestras vidas. 

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De vuelta al Parlamento Vasco

Hace unos días volví a la que fue mi casa durante casi ocho años, el Parlamento Vasco, donde siempre me reciben con una enorme amabilidad que agradezco y un respeto que incluso llega a sorprenderme. Cada vez que he vuelto desde que a finales de 2016 tuve que marcharme sin casi despedirme, he notado que siguen considerándome miembro de la institución de pleno derecho, como si el tiempo no hubiera pasado, como si siguiera siendo diputado vasco y como si fuera nuevamente a tomar la palabra como tantas veces hice. Volví porque EiTB prepara un programa especial con motivo del 40º aniversario del Parlamento Vasco. Y aproveché, como siempre que vuelvo, para saludar a tantos excompañeros, todos ellos adversarios políticos, con algunos de los cuales tuve duros enfrentamientos.

El programa, que se emitirá a finales de marzo, repasará la trayectoria de la institución durante estas cuatro décadas y sus hitos más destacables. Y recordará los hechos más relevantes que ocurrieron, desde la creación de la propia institución parlamentaria hasta los días actuales, pasando por la aprobación de leyes clave para el autogobierno y el progreso de Euskadi, polémicas varias o debates inolvidables. Y, como siempre, lo más triste que nos ha ocurrido por estas tierras: el asesinato de algunos de sus miembros, uno de ellos (Santiago Brouard) a manos de los GAL en 1984 y tres de ellos a manos de ETA (Enrique Casas en 1984, Gregorio Ordóñez en 1995 y Fernando Buesa en 2000).

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10N: lo que pudo ser ya no será

Con el resultado de las elecciones de abril y si los líderes políticos hubieran pensado en el interés general y el bien común, hoy podríamos tener un gobierno estable en España: un gobierno que impulsara las reformas que nuestro país necesita, que enfrentara la crisis económica que se cierne sobre nosotros, que hiciera frente a la crisis política que sufrimos desde hace años y que parara los pies a los independentistas que nos amenazan, a los populistas que no resuelven nada y a los extremistas que crecen como la espuma porque los que deberían no están a la altura de las circunstancias. Los resultados de las elecciones de abril fueron decepcionantes para muchos (para mí, desde luego, y por muchas razones), pero había una opción de al menos intentar formar un gobierno razonable. Sin embargo, Pedro Sánchez y Albert Rivera se encargaron de impedirlo. El primero porque no ofreció un pacto al segundo y el segundo porque, en lugar de condicionar al PSOE y ofrecerse a entrar en el gobierno a cambio de una serie de condiciones (es decir, en lugar de hacer política), decidió pelear la derecha al PP y convertirse, con su actitud (el absurdo “no es no”), en un actor inútil en la política española. Y aunque hoy Rivera no ha dimitido, su carrera política ha terminado.

Tras las elecciones de hoy día 10 de noviembre, la gobernabilidad está ahora más complicada que antes, Ciudadanos prácticamente ha desaparecido, Vox se ha disparado hasta los 52 diputados y… todos los problemas siguen sin resolverse e incluso parece que tienen una más difícil resolución que antes: los independentistas catalanes siguen amenazantes y el nacionalismo en Euskadi sigue creciendo, los problemas sociales siguen amargando la vida a millones de españoles, la cohesión territorial sigue siendo una quimera, las reformas pendientes parecen más imposibles que nunca, los extremismos siguen creciendo… y miles de personas siguen alejándose de la forma que tienen de hacer política nuestros principales líderes políticos. Nos trajeron de forma irresponsable hasta aquí y esto es lo que tenemos hoy.

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Albert Rivera: salvarse a sí mismo

En el último segundo, sobre la bocina, cuando apenas hay tiempo para negociar y llegar a un acuerdo, Albert Rivera ha lanzado lo que él ha denominado una solución de Estado para salvar a España de unas nuevas elecciones. Y así, ha ofrecido la abstención de Ciudadanos a Pedro Sánchez a cambio de este que cumpla estas tres condiciones: primera, que rompa “con Otegi en Navarra”; segunda, que acuerde con PP y Ciudadanos la aplicación del artículo 155 en Cataluña; y tercera, que se comprometa a no subir impuestos a la clase media y a las familias. Su objetivo, lo ha repetido, es salvar a España de una repetición electoral, una vez ha comprobado que el acuerdo del PSOE con Podemos y nacionalistas era imposible. Es ciertamente curioso que Albert Rivera haya lanzado esta propuesta para salvarnos de unas nuevas elecciones… y no haya movido un dedo durante meses para salvar a España de un gobierno de Pedro Sánchez con Podemos y nacionalistas. 

Lo cierto es que Albert Rivera ha decido finalmente moverse para salvarse a sí mismo de una repetición electoral. Y, en caso de que tal oferta no las impidiera porque Sánchez rechazara su oferta, presentarse a las elecciones del 10 de noviembre con mejores perspectivas electorales que las que tenía. No ha decidido moverse para impedir que Sánchez pactara con Podemos, nacionalistas e independentistas o para tratar de que Ciudadanos formara parte del Gobierno de España y, de ese modo, poder hacer realidad algunas de sus principales propuestas. No. Ha decidido moverse cuando era obvio que no iba a haber un Gobierno de España con esos mimbres y cuando era cuestión de días la convocatoria de una nueva cita electoral. Si hacemos memoria, podemos recordar que, durante los días posteriores a las últimas elecciones, lo que incluso llegó a hacer fue animar a Pedro Sánchez a pactar con Podemos, nacionalistas e independentistas, ¿lo recuerdan?

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