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Interferencias

Interferencia (Wikipedia): "fenómeno en el que dos o más ondas se superponen para formar una onda resultante de mayor o menor amplitud".

Interferencias es un blog de Amador Fernández-Savater y Stéphane M. Grueso (@fanetin), donde también participan Felipe G. GilSilvia NanclaresGuillermo Zapata y Mayo Fuster. Palabras e imágenes para contarnos de otra manera, porque somos lo que nos contamos que somos.

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No es una caravana de migrantes, sino un nuevo movimiento social que camina por una vida vivible

Entre enero y septiembre de 2018, según  cifras publicadas por la Unidad de Política Migratoria del gobierno mexicano en octubre de este mismo año, fueron “presentados” ante autoridades migratorias, es decir detenidos, 41.760 hondureñas y hondureños de todas las edades. En ese mismo periodo, el gobierno mexicano reporta 37.000 deportaciones entre esas miles de personas desplazadas por la violencia de estado, la violencia de mercado y la violencia patriarcal.

Es bien visible la paradoja: las deportaciones de estos desplazados fueron costeadas con el dinero del erario público mexicano, el mismo que, según fuentes gubernamentales, se sostiene -solo después del petróleo- con las remesas de los millones de mexicanos migrantes, la mitad ilegalizados por el gobierno estadounidense. Es decir, este año pasaron por este “país frontera”, como le llaman los migrantes, el volumen similar a 6 contingentes como la llamada Caravana Migrante, mejor descrita como Éxodo de Desplazados.

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Defender la ZAD o de cómo el gobierno de Macron quiere acabar con la prueba de que otro mundo es posible

El lunes 23 de abril se cumplían 15 días del comienzo de la operación militar lanzada por el gobierno de Emmanuel Macron sobre la Zone A Défendre (Zona A Defender) cercana a la ciudad francesa de Nantes. Aunque la existencia de esta ZAD, por sus siglas, y la enorme importancia que su lucha contra la construcción del que habría sido el tercer aeropuerto más grande de Francia ha pasado relativamente desapercibida en el territorio español, nos encontramos ante el movimiento europeo de defensa del territorio y de denuncia del modelo de crecimiento contemporáneo y sus consecuencias más grande de los últimos años.

La ZAD ha supuesto a la vez la articulación de un movimiento nacional vertebrado en torno a los diferentes comités de apoyo en innumerables poblaciones francesas, la construcción de un frente de lucha local plural que ha incluido desde organizaciones ecologistas a sindicatos agrarios y plataformas urbanas, la revitalización en el debate público francés de una crítica al capitalismo y su delirio productivista, la ocupación efectiva de un territorio de en torno a 1200 hectáreas en las inmediaciones del municipio de Notre-Dame-des-Landes, el desarrollo en el mismo de innumerables iniciativas que van de la artesanía y la agroecología a escala local (carpinterías, ganadería, queserías, panaderías, huertos) a la autoconstrucción, pasando por experiencias de organización asamblearia del territorio, construcción de medios alternativos (radio Klaxon o el periódico ZAD-News), la construcción de una biblioteca, etc.; y, por último, la renovación y construcción parcial de un nuevo modelo de lucha basado en la idea de la ocupación de territorios como a la vez estrategia de defensa frente a la construcción de grandes infraestructuras y laboratorio de nuevas formas de habitar y de relacionarse (1).

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La diversidad funcional como oportunidad para las nuevas masculinidades

Para mí la necesidad de reflexionar sobre la masculinidad es una cuestión personal. A los 13 años me rompí el cuello y con ello cualquier referencia válida sobre lo que podía significar “ser hombre”. Ni en el entorno cotidiano de mi barrio del extrarradio barcelonés, ni en el mundo de la cultura que puso a mi alcance la escuela pública ni en los (escasos) medios de comunicación había un solo hombre tetrapléjico. Bueno, miento, el amigo Ramón Sampedro asomaba su afable rostro en algún que otro telediario, pero el mensaje resultaba poco atractivo para un chaval en plena adolescencia. Por supuesto, tampoco se mostraba a ninguna mujer con tetraplejia, ni siquiera a alguna con ambiciones suicidas.

Dado que los médicos, y el resto del entorno cultural patriarcal, me habían convencido de que nada relacionado con la sexualidad iba a ser buena idea para mí, intenté enterrar estos temas lo más hondo que pude, incluida la cuestión de qué sentido tenía mi identidad como hombre. Por pura supervivencia, tuve que priorizar la construcción de mi identidad como “persona con diversidad funcional”. Seguí a rajatabla el guión del “buen minusválido”: estudié, conseguí trabajo, vivienda y...y aquí choqué con el techo de cemento, todo era mentira, intentar encajar no servía para tener una vida equiparable al resto de mortales. Cuando a los 32 años tu madre tiene que seguir limpiándote el culo porque los poderes públicos sólo estaban para agitar ante ti la zanahoria de la superación made in Disney, cualquier idea de libertad o de intimidad queda vacía de contenido (para ti y para tu madre).

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¿Es política la generación millennial?

Dos artículos dedicados a los millennials salieron el mismo día en el New York Times y en El País. El artículo de  Sarah Leonard y el de  Antonio Navalón hablaban del mismo tema, pero de formas completamente distintas, incluso opuestas. Navalón tenía un tono arrogante y vagamente reaccionario: según él, los millennials no han producido ninguna idea que no sea relativa a una nueva aplicación para el smartphone y no tienen ninguna opinión política.

Sarah Leonard observa, por el contrario, que los más jóvenes han votado mayoritariamente por Sanders, Corbyn y Mélenchon, es decir, tres viejos políticos con un nivel cultural incomparablemente superior a sus oponentes, que reivindican los valores políticos del socialismo y encarnan la coherencia ética de quien no se ha plegado al conformismo de la izquierda neoliberal.

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Jacques Rancière: "La denuncia del populismo quiere consagrar la idea de que no hay alternativa"

Están de acuerdo desde Juan Luis Cebrián hasta Federico Jiménez Losantos, el nuevo demonio se llama "populismo". Trump, Grillo, Le Pen, Pablo Iglesias... El término "populista" amalgama a todos ellos, los asimila al totalitarismo y nos presenta la política oficial como única salvación.

Según el siguiente artículo del filósofo Jacques Rancière, con el término "populismo" se quiere fabricar una cierta imagen del pueblo: bruto, desesperado, ignorante y racista. Una jauría humana habitada por rechazos irracionales tanto de los gobernantes como de "los otros" en general.

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Alain Badiou: Nuit Debout, la política, el comunismo, el amor

Se ha hablado mucho sobre Francia y el movimiento Nuit Debout. ¿Podemos ser optimistas? ¿Estamos frente a una reactivación de la política?

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Franco Berardi (Bifo): Racismo blanco, fascismo islamista y guerra civil global

Todo se deshace; el centro no puede sostenerse; Mera anarquía es desatada sobre el mundo, La oscurecida marea de sangre es desatada, y en todas partes La ceremonia de la inocencia es ahogada; Los mejores carecen de toda convicción, mientras los peores Están llenos de apasionada intensidad.

( "La segunda venida": Yeats)

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Pensar desde los comunes: entrevista a David Bollier

El aire, la biodiversidad, el genoma, el lenguaje, las calles, Internet... Los comunes no nos rodean: nos atraviesan y constituyen, nos hacen y deshacen. De todos y de nadie, sostienen el mundo, son el mundo. En el cuidado y enriquecimiento de los comunes nos jugamos la vida misma. Es un asunto demasiado importante como para dejarlo en manos del Estado o del mercado. Nuestro desafío es hacernos cargo en común de un mundo común.

David Bollier es activista y una voz destacada dentro del movimiento de los comunes. Junto a Silke Helfricht, también activista de los comunes, han coordinado la antología Patterns of Commoning donde hacen hincapié en que los comunes no pueden definirse en términos de objetos, recursos ¡ni siquiera de bienes!, sino como estructuras, modelos y procesos sociales.

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Que coman pasteles

Una multitud corre detrás de él dando gritos. Está totalmente descamisado. Un manifestante le agarra de lo único que le queda por quitar. De repente, el directivo nota el tirón e intenta zafarse del nudo de la corbata que le aprisiona la garganta. La imagen cambia y ya con luz vespertina se le ve saltando la valla con la corbata aún al cuello. Tuvieron que huir, dice el reportero, porque un grupo de manifestantes los asaltaron a la salida de la reunión donde les comunicaron un ERE con 2.900 despidos previstos.

Los informativos nos cuentan la noticia saltándose la escena principal del primer acto, esa en la que están reunidos los que todavía conservan sus camisas impolutas y los representantes de los trabajadores. Esa en la que ante el rechazo a un aumento de jornada por el mismo sueldo, es decir, una bajada de sueldo encubierta, planea la amenaza de un ERE masivo. Pervierten el lenguaje como lo haría el matón de colegio que te quita la merienda en el patio con la amenaza velada del que se sabe más fuerte y sobre todo intocable. Hasta la palabra "negociación" es utilizada de manera falaz cuando lo único que se ofrecen son lentejas. El planteamiento es siempre el mismo: "La empresa ofrece esto, si lo rechazáis la contraoferta será mucho peor". Eso también es violencia, es recurrir al miedo y al intercambio de culpa como hace el maltratador después del la paliza: "No quería pero me has obligado a pegarte". 

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Enseña tus heridas

La fotografía del niño ahogado en alguna playa de Turquía, muerto junto su hermano y su madre en el intento de alcanzar Europa, ha vuelto a encender el debate sobre si mostrar o no las imágenes que contienen una violencia atroz. Los argumentos son casi siempre los mismos: ‘¿es necesario?’, ‘¿es ético?’, ‘¿a dónde lleva?’; lo mismo con las acusaciones de aquellos que las muestran: ‘¡morbosos!’, ‘¡inhumanos!’. Al respecto de este debate, merece la pena recordar el dos ensayos de Susan Sontag, Sobre la fotografía y Ante el dolor de los demás, en los cuales, si se leen juntos, tiene lugar una de las reflexiones más serias y comprometidas que pueden encontrarse sobre esta discusión. Sontag admite que al principio ella también pensaba que esas imágenes no debían mostrarse, pues no eran necesarias para entender y hacerse con el dolor o la catástrofe y que eran más bien prueba de la ‘espectacularización’ del dolor y la tragedia. Su puesta en circulación anestesiaba más que movilizaba. Y es cierto que el dolor ha sido devorado en muchos sentidos por la absurda lógica del espectáculo, que sólo tiene sentido si convenimos que las imágenes no nos afectan, no nos mueven, no nos conmueven, nada pueden con nosotros. Que la percepción y la acción están separadas (gran éxito del capitalismo).

Pero entre los dos ensayos, Sontag vira completamente sus argumentos a favor de mostrar las imágenes de las tragedias de las que los hombres son responsables. El matiz fundamental de este viraje es precisamente la comprensión ‘política’ de la imagen. En nombre de la moral, del respeto, la compasión piadosa, o cualquier otra gran virtud, se higieniza o ecologiza el espectro de lo visual, borrando todas aquellas imágenes que nos rompen la cabeza, que se nos clavan en el corazón. El capitalismo querría que fuéramos insensibles a las imágenes en general (salvo las que el capital cree tener ‘controladas’) pero sobre todo a las que descubren sus diversos disfraces, sus verdaderos intereses. Sería terrible que en la sociedad del espectáculo las imágenes aún contuvieran algún tipo de potencia. Pero el hecho es que, como dice Sontag, la idea de que todo se ha convertido en espectáculo es de un “provincianismo pasmoso”, pues no todo el mundo, menos aún las personas que sufren el desastre de las guerras, se puede permitir el lujo de considerar el dolor como un problema de la representación. Las personas que no sufrimos este dolor o estas catástrofes, inscribimos el problema enseguida en esa dimensión y, en nombre de una moral despreciable, pretendemos silenciarlas, no queremos verlas, queremos comer tranquilos, dormir tranquilos, si acaso traducirlas a algún tipo de categoría de lo visual (un borrón, un difuminado, el ciego grosor del píxel) que no resulte ‘ofensiva’. Pero ¿ofensiva para quién? ¿Para nosotros? Qué egoísta resulta oír a alguien aludir a su propia moral (o dolor) ante la imagen de un niño inocente muerto sin razón alguna, simplemente porque la hospitalidad, verdadera ley de la tierra, no cotiza en bolsa. Decimos que el niño tendrá padres o familia que no querrían ver esas imágenes y nos creemos defensores de sus derechos, haciendo mención a la ‘ética periodística’ cuando este debate, en la era de la reproducción global de imágenes y las redes sociales desborda por completo el trabajo del periodismo. Pero lo cierto que los familiares de los niños muertos en este tipo de desastres (véase Palestina, Líbano…) no han dejado de propagar y difundirlas y se resisten a que sean ignorada, pues dan cuenta de la dimensión de la tragedia, de la bestialidad (humana, siempre humana) de los responsables del desastre.

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