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Irune Ariño

Irune Ariño es graduada en Ciencia Política y de la Administración por la Universidad Pompeu Fabra. En la actualidad es subdirectora del think tank liberal Instituto Juan de Mariana, y directora de eventos en Europa de la organización de estudiantes liberales Students For Liberty, organización de la que fue directora para España y Portugal. 

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La defensa de los animales: una causa común

¿Tenemos obligaciones éticas hacia los animales? ¿Deben sus intereses estar protegidos por derechos? Nosotros creemos que sí. Lo creemos pese a discrepar profundamente acerca de otras cuestiones políticas. No estamos de acuerdo sobre el papel que debe tener el Estado en la economía ni sobre qué noción de igualdad es la políticamente relevante. Esto es, en general, discrepamos sobre uno de los ejes tradicionales del debate entre derecha e izquierda. Pero ambos creemos en la igual consideración moral y política de todos los individuos, independientemente de cuestiones como el sexo, la raza, la orientación sexual y, sí, también la especie. Coincidimos en ello precisamente porque nos unen convicciones más profundas: compartimos la defensa de una sociedad democrática formada por individuos libres regida por unas instituciones fuertes e inclusivas que sirvan para garantizar sus derechos.

Hay quien piensa que el mero hecho de plantear estas preguntas es una estupidez. A nosotros, sin embargo, nos parece una cuestión de gran importancia. En primer lugar, porque no se trata de una ocurrencia contemporánea. Es un problema recurrente en nuestro canon intelectual. Parte de ese canon -desde la antigüedad hasta la Ilustración, desde Plutarco a Jeremy Bentham- ha concluido que los animales importan moralmente. En segundo lugar, porque hay más de un billón de animales que sufren y mueren bajo explotación. Más de un trillón viven en la naturaleza. Los humanos, en comparación, sólo somos siete mil millones y medio. No es trivial preguntarse si tenemos obligaciones respecto a ellos, pues constituyen la abrumadora mayoría de individuos que existen. En tercer lugar, porque es cierto que toda sociedad humana, en toda época, ha considerado que los animales no importan, o importan poco. Pero nuestras creencias tradicionales hacia los animales son incoherentes y responden a convenciones culturales más que a construcciones argumentativas sólidas. Por ejemplo, en Europa la gente se horroriza ante la posibilidad de comer perros por placer, pues los consideran animales de compañía por los que desarrollan sentimientos de aprecio y empatía. Sin embargo, disfrutan comiendo cerdo o ternera con mucha frecuencia. Es necesario, pues, reflexionar sobre nuestras prácticas y actitudes, incluso si el resultado de nuestra reflexión es confirmarlas. Al menos, entonces, las sostendremos basándonos en razones y no simplemente empujados por el peso de la tradición recibida.

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