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Pablo Hernández

Miembro de Extinction Rebellion Barcelona.

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Palabras prohibidas

El poder del lenguaje es realmente fascinante. No nos paramos mucho a pensar en ello, pero estructura el pensamiento tanto a nivel colectivo como a nivel individual, y es la herramienta principal en todas nuestras relaciones interpersonales. Es el lenguaje el que transmite ideas, y son las palabras las que dan forma a las historias que intercambiamos en el día a día. El lenguaje no tiene nada de neutro, aunque sí que tiene algo de inconsciente.

No tiene nada de neutro porque aceptamos más o menos un lenguaje y una manera de transmitir ideas que ya existía, con todos sus sesgos y problemáticas previas, aunque lo adaptemos luego a nivel personal. Y sí tiene algo de inconsciente porque no nos paramos mucho a pensar cómo hablamos, qué palabras exactas usamos y cómo de precisos somos con nuestras frases, y mucho menos de dónde vienen esas palabras, sus connotaciones etc.

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El elefante en la habitación

Hay temas que son tan difíciles de hablar que directamente los ignoramos. El dolor, la impotencia o la complejidad que despiertan en nuestro cerebro se nos hacen insoportables. De hecho, todos sabemos lo buenos que somos ignorando temas sensibles: lo hacemos todos los días, vivimos más en una cultura del silencio y del tabú que en una de la verdad y la transparencia.

Así, cuando alguien nos pregunta cómo estamos rara vez decimos otra cosa que "bien ¿y tú?". Son reflejos, no nos paramos mucho a pensar en ellos, pero esconden un problema mucho mayor: huimos de las conversaciones difíciles porque nos hacen sufrir. Hemos llegado a tenerle tanto miedo al sufrimiento, a hacer daño con nuestras palabras o que nos lo hagan, a los silencios incómodos, que preferimos seguir adelante haciendo caso omiso de aquello que nos molesta. Pero hay un problema con esto, y es que si hay un tema que nos hace sufrir, si hay algo que nos provoque una sensación terrible de incomodidad, significa que probablemente sea algo muy importante. Algo que precisamente merece la pena ser contado.

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La vida sexual de H.

H. está sentado sobre un taburete de su cocina, mirando por la ventana hacia el patio interior de su edificio. Ve figuras en las habitaciones débilmente iluminadas de las casas de enfrente. Son las siete de la mañana, H. acaba de volver de fiesta. La vida comienza a despertar en los cuartos oscuros de sus vecinos, la suya se apaga mientras gira suavemente, quizás por el alcohol, puede que también por esa bebida que llevaba M o éxtasis. Quién sabe.

Una vez más la noche no ha dado sus frutos. Vuelve solo a casa. Saca el móvil, abre el Tinder, 3% de batería, no contesta ninguno de sus cuatro matches. Vuelve a mirar por la ventana. Mañana probará Bumble, o puede que OkCupid. Sí, Ok Cupid dicen que está mejor.

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Se hace silencio en la sala

Se hace el silencio en la sala. El gurú se arrodilla y pide que el primer discípulo suba al altar. Acto seguido cubre con su pañuelo su cabeza y la del alumno, que quedan ocultas tras un velo blanco al resto de la clase. 

Esto que podría estar pasando en la India en algún momento del milenio pasado, está pasando ahora mismo, en Barcelona, en una sala de yoga cualquiera en un barrio pudiente del centro de la ciudad.

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