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Ramón Espinar

Diputado por Podemos en la Asamblea de Madrid y secretario general de Podemos en la Comunidad de Madrid. Senador y portavoz en la Cámara Alta por Unidos Podemos-En Comú Podem y En Marea. Politólogo. Licenciado en Ciencia Política y Máster en Análisis Político por la Universidad Complutense. Trabajó durante dos años en la Universidad Autónoma de Madrid como investigador especializado en Estudios Urbanos, en particular sobre el desarrollo de Madrid durante el ciclo neoliberal, y como profesor de "Estado del Bienestar". 

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La España del 15M y las tareas del cambio

Si tuviéramos que definir el sentimiento que nos define como españoles, la mayoría caería en la cuenta de lo difícil que es formar una idea de España, sin el sentir de las diferentes identidades que la configuran. La mayoría tendemos a sentirnos españoles sin perder de vista el lugar del que formamos parte o en el que hemos nacido, como demuestran los últimos resultados del CIS.

Siempre decimos que nuestro país arrastra una herida territorial, que es una patria difícil o que es una nación tardía. Creo que es hora de asumir que nos equivocamos. Nos equivocamos porque siempre caracterizamos -y peleamos por hacerlo- nuestra identidad como país en términos de lo que fue, pero nunca de lo que va a ser. El concepto clásico de nación en España ha estado en demasiadas ocasiones monopolizado por las élites intelectuales, académicas y económicas. De esta forma, se nos quiso presentar la nación española como un recipiente formado por barreras sólidas que determinarían nuestro carácter, nuestro sistema político y nuestra cultura de forma natural, venida de un origen divino. Esta organización de la nación pretende prefigurar como ciudadanía imponiéndonos un deber ser, cómo debemos ser. Todo ello siempre dictado desde afuera y desde arriba del cuerpo social.  El concepto de nación de los próceres y mitos son útiles para el poder pero vanos para la cotidiana vida en común.

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Dos mociones: un país en marcha

La dignidad se ha abierto paso en la legislatura ciénaga. Algunos han pretendido que se siguiera normalizando la corrupción en nuestro país pero hace tiempo que la ciudadanía ha pasado de pantalla: la impunidad no volverá a ser lo cotidiano en nuestra vida pública y política.

Durante las últimas semanas, hemos asistido a una ofensiva para intentar desprestigiar el instrumento más contundente del que disponen nuestros parlamentos para controlar al Ejecutivo. Y en estas, surgió una descomunal Irene Montero que sorprendió a todo el ejército de tertulianos, analistas y opinólogos de toda sensibilidad política.

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#16M

Mi recuerdo más hermoso del 15M no es de la propia manifestación, sino del día siguiente.

Recuerdo salir de la Universidad Autónoma, comer algo rápido en el tren y subir a Sol en bici. La llegada a Sol por Alcalá es una cuesta arriba desde Cibeles que, en un momento dado a la altura del antiguo edificio de Banesto, afloja. Hasta que no termina la cuesta, no se ve la plaza.

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Crisis en Madrid: defender la democracia de la corrupción

El anterior presidente de la Comunidad de Madrid ha sido detenido por "dirigir una organización criminal" y pasó la noche en los calabozos de la Guardia Civil.

El Partido Popular, que gobierna en España desde 2012 y en la Comunidad de Madrid desde 1995, está envuelto en varios casos de corrupción (Gürtel, Púnica, Lezo...) cuyos sumarios judiciales han arrojado la conclusión de que este partido se ha financiado ilegalmente y pagado sobresueldos ilegales a dirigentes durante, al menos, veinte años.

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Rajoy y el desastre

Rajoy ha construido una carrera política, que arrancó en 1981 con su elección como diputado gallego, sobre un axioma de una coherencia interna abrumadora: "Nos tienen que apoyar porque la alternativa es el desastre".

En 35 años el desastre ha cobrado diferentes formas y colores: desde el "paro, despilfarro y corrupción" de los 90 hasta las actuales "tentaciones radicales de quienes quieren destruir la convivencia" pasando por el hit de la primera década de 2000, "España se rompe". Siempre hay, hubo y habrá frente al discurso de Rajoy una amenaza inminente para la convivencia que justifique el apoyo a sus políticas y, sobre todo, a sus dirigentes. Las políticas para evitar las diferentes plagas que ha combatido nuestro héroe y presidente a tiempo parcial también han variado con el tiempo. Las personas, menos. El poder, prácticamente nada.

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Zapata

Los tuits son infumables. "Humor negro" es una expresión que explica algunas barbaridades que todo el mundo dice o escucha en algún momento en el ámbito privado. Hay quien ríe y quien calla, pero resulta aceptable, dentro de los límites de la sensibilidad de cada cual, en tanto que entendemos que el humor es transgresión y siempre que esta se produzca en la intimidad o, esta es la única salvedad tolerada en la esfera pública, si quien dice la barbaridad es un profesional del mundo del espectáculo. Youtube está lleno de vídeos, a su vez llenos de visitas, con este tipo de humor. Lo intolerable es que sea un representante, recién electo por la ciudadanía, quien hace los chistes infumables. Hasta aquí debe estar de acuerdo hasta el propio Zapata.

Sucede que el caso de los tuits abre varios interrogantes en el corazón de un proceso de cambio político que tiene interés abordar y puede sentar un precedente. No hay nadie que, en el desarrollo de una vida corriente, no haya actuado en alguna ocasión de tal forma que, sometida esa actuación al foco de la luz pública y los titulares de prensa, no sea susceptible de escándalo. El tipo de interacción y de relaciones sociales que establecen las redes sociales como Twitter o Facebook son, además, un campo de minas: cuando la gente de mi generación quiera escribir biografías no tendrá que acudir a ficheros, sino a timelines. O, como decía Juan Carlos Monedero: "Las redes sociales nos convierten a todos en bocazas". Y lo hacen porque producen interacciones entre pocos individuos, a menudo con relaciones personales fuera de esas redes, que son potencialmente masivas, que pueden convertirse en un titular de prensa cuando sus protagonistas abandonan la tranquilidad del anonimato y, por ejemplo, se presentan a unas elecciones con éxito.

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Sí, exilio

Exilio. (Del lat. exilĭum): 1. m. Separación de una persona de la tierra en que vive. 2. m. Expatriación, generalmente por motivos políticos. – Real Academia Española de la Lengua.

 

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"En España no parece una prioridad estudiar cuánta gente se va"

Puedes ver la versión completa de la entrevista en este enlace.

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Seis de cada diez

Se abre el plano y alguien lee en la pantalla de su ordenador una  noticia que anuncia que seis de cada diez jóvenes piensan en largarse a buscar trabajo a cualquier sitio donde haya oportunidades empujados por una situación en que más de la mitad no encuentran trabajo, uno de cada cinco vive en riesgo de pobreza y, no se sabe muy bien la estadística, pero lideran los ránkings europeos de consumo de antidepresivos y ansiolíticos.

En ese país, uno de cada seis padres y una de cada seis madres sienten que el esfuerzo volcado en pagar libros de texto, matrículas universitarias, neveras llenas o clases de idiomas ha servido para ver rodar por dieciocho de cada treinta mejillas lágrimas en un aeropuerto o una estación de tren. Doce de cada veinte abuelos y abuelas, que han contribuido con los impuestos sobre sus pensiones, con pagas los domingos y con lo que hiciera falta el resto de los días, saben que solo verán a sus nietos, con suerte, en nochebuena y nochevieja. De los otros cuatro de cada diez, los que no se plantean irse, muchos no encuentran trabajo o soportan, cuando lo encuentran un mes sí y dos no, a salto de mata y por unos pocos cientos de euros, que les digan eso de “estarás contento, que por lo menos tienes algo”.

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Nos preguntarán qué es ganar Madrid

Mirar la cuenta del banco, abrir un periódico, echar un ojo a la apertura de un telediario, tratar de pagar el alquiler o la hipoteca, esperar 15 minutos el metro o cuatro meses una operación. Los malabares para pagar los libros de los críos a principio de curso, el llanto en el aeropuerto cuando ya no queda paciencia ni dinero para esperar una oportunidad que permita ganarte la vida trabajando... Es la acumulación colectiva de rabia, frustración y tristeza la que ha terminado por poner en marcha una alternativa que construye esperanza. La insoportable certeza de que, el empobrecimiento que la mayoría padecemos y que habían atribuido al dios de las crisis, va tomando cara, nombre y apellidos de culpables humanos en cada caso de corrupción.

Son cientos de entre aquellos a quienes habíamos escogido para gestionar lo de todos creyéndoles los mejores de entre nosotros. A quienes habíamos delegado la función de administrar lo colectivo lo han hecho de forma ineficaz y, a menudo, nos han robado. Han traicionado la confianza depositada en ellos, han quebrado el contrato de representación. No una vez, sino muchas. No en momentos particulares, sino en el corazón de su gestión: gobernando en beneficio propio y de los poderosos y contra los dueños de una representación que ostentaban como préstamo de la ciudadanía.

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