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Ramona López

Estudié Historia del Arte en la Universidad de Murcia aunque toda mi vida profesional ha estado dedicada al comercio exterior. Siempre he escrito para intentar comprender este mundo raro y desde hace unos años, gracias a los medios digitales, comparto esas reflexiones con los demás

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Un salón de juego en cada esquina

Ha cerrado una zapatería en la avenida y ha abierto una casa de apuestas. Es la tercera en setecientos metros y en poco más de un año. Cada negocio que cierra en esta calle, abre al poco tiempo convertido en salón de juegos. Estos locales son todo lujo, la fachada es un prodigio decorativo: el césped de un campo de fútbol atravesado por sus rayas blancas; los niños cuando pasan acarician la hierba artificial de un verde brillante. En el interior el lujo es aún mayor. Esto ocurre en la avenida que va desde mi casa hasta la calle mayor de mi pueblo. Mi pueblo es todos los pueblos, todos los pueblos donde las casas de apuestas crecen como una amenaza silenciosa, sin que haya protesta vecinal, sin ruido mediático.

Hay un chico de dieciséis años que está enganchado a las máquinas tragaperras, él las llama "las rulas", un apelativo infantil para un juego peligroso: aún no ha abandonado la infancia. Este chico de dieciséis años es todos los chicos, todos los adolescentes que se sienten atraídos por el vértigo del juego, una trampa tan cotidiana que tiene un local en cada esquina. Al principio en su casa echaban de menos pequeñas cantidades de dinero, nada alarmante. Cinco euros aquí, veinte allá. Un día se pasa de la raya, quizás la adicción ya ha ido tomando cuerpo, y el hurto es flagrante: 150 euros. Ya nadie duda en la familia, el chico se ve acorralado y confiesa: lleva más de un año jugando, ¿pero cuándo, cómo no nos hemos enterado? Cada fin de semana, en cada ocasión a veces incluso entre semana, saltándonos las clases ¿Cómo es posible, dónde? En cualquier sitio, si no nos dejaban entrar aquí nos íbamos al barrio de al lado o al siguiente pueblo, ¿Pero cómo, si está prohibido a menores? Tengo un carné falso aunque muchas veces ni lo piden aunque saben que tenemos menos dieciocho ¿Con quién ibas? Con otros dos de mi clase al principio, pero luego me piqué e iba yo solo muchas veces, en cuanto pillaba algo de dinero, me iba volando al local de juego, me podía pasar toda la tarde y en fin de semana, toda la noche. Lo peor que te puede pasar es que ganes, entonces ya no lo puedes dejar. Una vez le metí mil quinientos euros a una máquina. ¿Qué dices, de dónde habías sacado tú mil quinientos euros? Los gané en la máquina ¿Y qué hiciste con ellos? Los volví a perder.

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Fascismo medioambiental

La relación del capitalismo con la naturaleza se puede calificar como de fascismo medioambiental pues está basada en superioridad, dominio, abuso e indiferencia. El fascismo excluye de la categoría humana e incluso del derecho a la vida a todo aquello que no esté sometido a su hegemonía. El capitalismo convierte a las personas en mercancía y a la naturaleza en recursos, reduciendo lo humano a comerciable y lo natural a mero stock.

Las medidas que Bolsonaro está anunciando con respecto a la Amazonía, que se resumen en entregarla amordazada y maniatada al agronegocio y que ponen en peligro la gran reserva ecológica del planeta, son una auténtica aberración y dan cuenta de ese fascismo medioambiental del que hablamos. Y no solo medioambiental: varias decenas de millones de personas viven en las selvas amazónicas y una vez que se acabe con su medio natural, morirán, con la complicidad de los casi cincuenta millones de brasileños que le han votado y ante la indiferencia total de la comunidad internacional. Para esta concepción del mundo, lo que no es recurso es desecho y los indígenas son percibidos como un elemento más de la naturaleza (casi como no humanos), pero no un recurso. Si a ellos sumamos que son considerados como un 'obstáculo para el progreso', el futuro de estas comunidades está prácticamente sentenciado.

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Avisa cuando llegues

No salgas sola a correr

A ver qué ropa llevas

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Vientres de alquiler: derecho y deseo

La defensa de la "maternidad subrogada" se basa en varios argumentos que analizaremos a continuación: el derecho a la procreación, lo amados que serán esos niños tan deseados, el altruismo y la libertad de las mujeres.

El primer argumento es directamente una falsedad interesada: la procreación no es un derecho ni lo ha sido nunca. Y sin embargo, este anhelo que se quiere hacer pasar por derecho, conculca, en la mayoría de los casos, muchos otros derechos fundamentales: el derecho a filiación, el derecho a conocer el origen, el derecho de las mujeres al propio cuerpo y el derecho natural del bebé a estar con la madre "piel con piel" nada más nacer.

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El último 'Messias'

Jair Messias Bolsonaro ha llegado al poder. Seguramente es verdad que no hay mal que cien años dure, pero qué daño hará mientras tanto. De momento una de las diputadas del PSL, la catarinense Ana Caroline Campagnolo y el propio Bolsonaro piden a los alumnos universitarios  que graben a los profesores durante las clases para denunciar ideas subversivas. La libertad de cátedra en estado de sitio, la censura se apodera de las aulas de la mano del fascismo. El creacionismo entra en el currículum educativo al mismo nivel y compitiendo con la Teoría de la Evolución. Pasos de gigante hacia las cavernas.

La justicia no ha tardado nada en convertirse en un instrumento político, como cabe a cualquier partido fascista: el juez Sergio Moro, que inhabilitó a Lula da Silva (favorito de largo en todas las encuestas) para presentarse a las elecciones, ha sido designado ministro de justicia con Bolsonaro. Como en la mafia, los favores se pagan.

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El mundo de ayer

Estoy leyendo El Mundo de Ayer de Stefan Zweig y compruebo con qué emoción el autor da cuenta de una Europa hermosa, humanizada gracias a la cultura y al arte y cómo sobre todo el relato, ya desde el título, sobrevuela la amenaza de lo que luego se cerniría sobre ese mundo bellísimo, floreciente, culto, diverso, humano en fin, en la conmovedora forma en que la civilización a veces nos humaniza, tanto como otras veces llega a deshumanizarnos. Imposible no pensar, imposible no establecer el paralelismo entre aquel fascismo imparable de entreguerras y el fascismo que hoy nos amenaza: en los dos mayores países del continente americano, EEUU y Brasil, respectivamente Trump y Bolsonaro. En Europa, Salvini, Le Pen, Orban, Abascal. En Turquía, Erdogan.

Cuesta creerlo, pero ¿es posible que sea verdad que el ser humano no ha aprendido nada en absoluto de su historia y que ante una crisis se lance sin dudar un segundo en pos del fascismo más destructivo?

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Qué mundo tan maravilloso

En su discurso de aceptación del Nobel, el escritor Kazuo Ishiguro dijo, refiriéndose a las ficciones literarias: "[…] Para mí lo esencial es que transmiten sentimientos, que apelan a lo que compartimos como seres humanos por encima de fronteras y separaciones". Traigo aquí esta cita porque es algo que está presente en cada uno de los relatos del último libro de Lola López Mondéjar, 'Qué mundo tan maravilloso'. Se agradece una propuesta que explore lo profundo del ser humano, que acuda incluso a los ritos, la magia, la sacralidad, en una época donde todo mito comienza a ser sustituido por su remedo decorativo.

Necesitamos relatos que alumbren, como luces fugaces en mitad de una densa oscuridad, las cuestiones que nos planteamos los mortales; las preguntas persistirán, la oscuridad permanecerá, pero ahora sabemos que la luz no es sólo una vaga esperanza. Necesitamos historias que nos recuerden que tenemos un alma humana.

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