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Sonsoles Castillo

Economista Jefe de Escenarios financieros en BBVA Research. Desde 2010 dirige un equipo de economistas dedicado al análisis financiero y coordina la elaboración de las previsiones financieras.

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Draghi, el presidente que rompió moldes en el BCE

La semana pasada expiró el mandato de Mario Draghi como presidente del Banco Central Europeo (BCE). Su salida ha dado pie a todo tipo de comentarios muy diversos en la prensa europea, desde algún medio alemán que lo disfrazaba de Drácula (sugiriendo que las políticas expansivas del BCE y los bajos tipos de interés habían chupado la sangre del ahorrador del norte de Europa), hasta los múltiples elogios recibidos en su despedida por parte de jefes de gobierno europeos, incluyendo Merkel, por el papel determinante que jugó en los peores momentos de la crisis de la eurozona, cuando la supervivencia del euro estaba en juego. En general, el balance que se está haciendo es positivo, y con razón. Draghi no solamente salvó la moneda única cuando dijo que haría todo lo necesario para defenderla -su ya archifamoso “whatever it takes...” del verano de 2012- sino que también ha puesto en práctica una buena dosis de flexibilidad y pragmatismo en las decisiones, junto con buenas capacidades de comunicación y rapidez en las respuestas en las muy analizadas conferencias de prensa que tienen lugar tras las reuniones de política monetaria. Esa buena cintura era algo que, probablemente, se necesitaba después de cierto grado de rigidez que dominó los anteriores mandatos. A Draghi tampoco le ha faltado un punto de astucia a la hora de gestionar algunas decisiones, inclinando la balanza a su favor.

Draghi será recordado por varias cosas, y una de ellas es el no haber subido nunca los tipos de interés durante su mandato, y haberlos bajado, de hecho, hasta los niveles negativos de la actualidad. En parte, el BCE ha tenido muy presente el error de la subida de tipos de 2011, en época de Trichet al mando del Banco Central, que tuvo que ser corregido posteriormente ante el deterioro de la situación antes del verano de 2012, cuando se vio que la recuperación incipiente de 2010 no se había consolidado y se gestaba la crisis de deuda en países de la periferia. Eso explica, en parte, la prudencia posterior del BCE por no subir los tipos, ni siquiera después de la franca recuperación de 2017, cuando se podría haber ganado margen de actuación para utilizarlo ahora, cuando la desaceleración ha llegado, como está haciendo la Reserva Federal americana (Fed).

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