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Valentín García

Periodista. Nacido en Madrid en 1967, comenzó  en el diario económico Cinco Días. En 1992 se trasladó a Sevilla para trabajar en Radio Sevilla (Cadena SER). En 2001 pasó a trabajar a Canal Sur Radio para hacerse cargo del Informativo Matinal. Desde entonces permanece en esta emisora como redactor de Informativos y ha dirigido y presentado diversos espacios de noticias y de entretenimiento. Creador e impulsor de la campaña #yomecuro en las redes sociales, ha recibido varios premios, entre ellos el Premio de la Comunicación de la Asociación de la Prensa de Sevilla y el Premio Conecta de la RTVA. En marzo de 2019 pudo volver a su trabajo tras quince meses de baja laboral a causa del cáncer que padece. Es Hijo Adoptivo de Triana.

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Te acercas a mí con los ojos muy abiertos, con una sonrisa tan grande como desconocida, vas a hablar y espero a que así me des una pista para poner en marcha el disco duro y situarte, para saber quién eres. Pero no, no tengo ni idea, es la primera vez que veo tu cara, que sigue sonriendo, no sé tu nombre, no hemos trabajado juntos, no hemos estudiado en el mismo sitio, no eres del barrio y no me suena tener amigos comunes. Y sin embargo, la situación me gusta.

Tú vas en el autobús, has conseguido asiento y haces como todos, sacas el móvil para entretenerte. Mientras, yo estoy en la sala de espera de mi oncólogo y hago exactamente lo mismo, saco el teléfono para echar el rato. Tú borras alguna foto y algún vídeo. También yo hago limpieza de archivos inútiles, y me río con un meme.  Tú vas a descansar tu mente en un jueguecillo pero antes de empezar a poner diamantes de tres en tres,  te pasas por Twitter. Como siempre, mucho cabreado, mucho ofendido, mucha hiel, mucho gatito haciendo monerías. Y en medio, la foto de ese hombre que tiene cáncer y que lo está contando en las redes con mucho optimismo. Te preguntas si tú harías algo así si tuvieras cáncer. Te acuerdas de la mujer de tu primo, le han quitado una mama y no levanta cabeza. Ella tiene cuenta en Twitter, y se te ocurre que quizá deberías enseñarle el #yomecuro de este hombre. Tu autobús avanza, a cientos de kilómetros yo sigo anclado a la silla, pendiente la pantalla de los turnos para pasar a la consulta. He sacado el móvil y voy a intentar subir de nivel en el juego con el que estoy enredado pero antes, me paso por Twitter. Tengo muchísimos mensajes y eso me gusta. Me gusta mucho. No paran de entrar nuevos, la inmensa mayoría de gente que no conozco, personas que pueden estar a cientos de kilómetros.

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Recaída

Antes de que me dé cuenta estaré buscando el sol de otoño como ahora busco la sombra cuando camino por las calles de Triana. El calendario ruge como un bólido, comiéndose los días con prisa mientras que a mí me gustaría que fuera casi con andador, así, más a mi ritmo, acompasado a aquellos a los que el cáncer nos ha traído un percepción del tiempo diferente a la que nos medía antes de tener células malas dando saltos por nuestros cuerpos serranos.

Pero claro, el cáncer no entiende de estas cosas, no se complica con estas consideraciones, tira hacia donde quiere y en mi caso ha tirado hacia atrás trayéndome una recaída. Células que han aparecido en otros puntos y han obligado a apretar el tratamiento y los dientes.

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Café con leche

Sucedió una tarde, calurosa, muy calurosa de este agosto. En un bar de esos que nacen para cambiar de dueño cada par de años. En una avenida de bloques con su verdecito delante y sus soportales (¿hay algo más feo que un soportal?) de un pueblo de esos donde la gente sale a la calle fundamentalmente para hacer running con sus mallas fluorescentes como un peón de carretera. Idílico todo.

Sucedió, decía, que en medio de esta escena, y eso es lo singular del caso, estaba yo pidiendo un café con leche, en vaso, y calentito. ¡¡Un café con leche!! ¡¡Yo!! Apoyado en la barra de madera brillosa me lo había pedido…¡¡Yo!!  El café, su leche hirviendo, su sobrecito de azúcar (afortunadamente sin frase cursi y lapidaria escrita en el papel), su galletita con forma de lazo y el vaso de agua. Juro que era la primera vez en mi vida que me tomaba un café con leche a media tarde.

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A Julio

Esta noche, querido Julio, también he bajado al río a buscar en sus aguas lentas alguna respuesta, algún argumento, una razón, algún pensamiento que me consuele. Y nada. No encuentro nada. La lámina líquida que se acerca al Puente de Triana me ha echado a la orilla un poco más de dolor, rabia y miedo. 

Estoy hecho polvo y así me encuentro desde que ayer tu madre, Pilar, nuestra @pilicorleone en Twitter, me mandó un mensaje: "Valentín, Julio ya tiene sus alas…" Creo que es la forma más hermosa de decir que nos habías dejado, que se acabó tu tiempo y tu sonrisa permanente entre las camas del hospital donde has estado más de dos años esperando un trasplante de una médula que te sirviera y que desgraciadamente nunca llegó.

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El valor del resto y su poquito de insumisión

Vivir más tiempo ocupa mucho tiempo, alargar la vida te lleva media vida. Resistir a un cáncer pide, entre otras muchas cosas, una dedicación que cuando inicié mi recorrido no podía imaginar. Llevo 18 meses -los más vividos de mi edad- centrado en mi enfermedad. La disposición de mi tiempo está determinada por sus caóticas reglas. Tuve que dejar de trabajar durante más de un año y a partir de la noche del diagnóstico me vi inmerso en un universo nuevo, duro y muy exigente. Ya no era el dueño de mis actos, pasé a depender de las indicaciones de los médicos, ya mi agenda no era mía. Perdí la soberanía sobre la organización de los días y las semanas, renuncié a hacer planes que no fueran inmediatos -que eso no son planes- y en cierto modo tuve que entregar mi reloj, largo o corto, a metástasis, tratamientos, pruebas, consultas y todas esas esclavitudes que te expiden el Título de Oficio: "paciente de cáncer". 

Pero me negué a ser sólo eso. Vi que era inevitable que el tratamiento se hiciera con las riendas. Evidentemente lo primero es lo primero, prioridad total, entre otras razones porque hay muchos días en los que mi cuerpo no responde como para hacer otras cosas. Después fui aprendiendo que esto iba para largo, que la estantería de las medicinas no era provisional y que mi modo de vida había cambiado de parámetros. Había que incluir la renuncia dentro del paisaje, cierto, pero pronto decidí que le iba a buscar las vueltas a la enfermedad.

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Mover la arena y que no se note en la playa

He dejado en la nevera dos limones, un bote de remolacha, bacalao, un paquete de salchichas y sirope de chocolate. Así la he cerrado antes de marcharme de vacaciones y para afrontar la nueva fase de tratamiento del cáncer. ¿Esa iba a ser la última imagen de mi casa antes de no volver en más de un mes? Qué cosa más triste... Pero un tipo con suerte, como es mi caso, se encuentra, para emprender este tiempo que me espera, puertas mejores que la de un frigorífico, puertas que van a ponerme rumbo a los paraísos.

El punto de partida me ha saltado en el móvil, en Twitter, donde una mujer que no conozco (@campanilla1304 , eso es lo que más me gusta) abriga bajo la etiqueta #yomecuro una foto de su pareja y su hija (creo que es una niña) jugando sentados en una arena fina de playa que bien podría ser de Huelva. Hombre de unos cuarenta, buena barba y pelo rasurado (cada uno se contradice como quiere) le ofrece a su cría de unos 4 años un cubito de plástico amarillo para hacer lo que se hace en estos casos: mover la arena de sitio. Están uno frente al otro, con el sol detrás. La autora del tweet y de la foto, Ana, apenas sale. Sólo se le ven las puntas de dos dedos de los pies. La foto no es buena, ni por composición, ni luz, nada de nada. Sin embargo, Ana escribe debajo: "Como @valentingarcia2 decía el anterior viernes, cada uno tiene su paraíso! #yomecuro". Y eso transmuta a esta instantánea sacada con el móvil en algo más que en una escena de verano.

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Las fuerzas

Jamás hubiera pensado que yo era fuerte, o tan fuerte como para afrontar un cáncer. No sabía cuál era mi capacidad de resistencia ni los resortes que tenía en mi interior que me llevarían a partirme la cara cada día por seguir viviendo. Resorte, energía, ánimo, fuerza, fe, ganas… cada uno lo llamamos de una forma, cada uno es movido por cosas diferentes, pero lo importante es que nos movemos. 

Resistir al cáncer requiere en muchas ocasiones plena dedicación. Ocupa mucho tiempo. Yo, por ejemplo, esta semana, tengo sesión de quimioterapia, la número 21,  y además me han hecho una Resonancia Magnética específica para la hipófisis (uno de mis puntos en rojo) con lo cual tengo mi dosis de momentos de tensión e incertidumbre. Paso por mi obligada analítica y mi obligada visita al oncólogo y a la endocrino. Sobre mis espaldas, y desde que me diagnosticaron cáncer de pulmón hace 18 meses, llevo también el desgaste de 41 sesiones de radioterapia  y dos operaciones. Horas y más horas de hospital, decenas de pruebas e innumerables visitas a diferentes especialistas. Sumemos los días y más días convaleciente y una merma física bastante notable. He vuelto a trabajar pero mi rendimiento dista mucho del que tenía antes. Si me pongo a pensar, este párrafo de consecuencias de mi cáncer sería mucho más largo, pero creo que es suficiente para ilustrar cómo se detiene una vida, cómo gira derrapando y cómo puede quedar. Y sin que nadie pueda aventurar qué es lo que me espera.

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Salas de espera

Tienes cáncer, el tiempo se ha convertido en tu bien más preciado, y resulta que pasas horas y más horas, simplemente, esperando. Perdiendo tiempo, perdiendo oro. Son gajes del oficio de enfermo oncológico. Esperas para la consulta de los diferentes especialistas, esperas para las analíticas, para el traslado en ambulancia, para la resonancia, para el TAC… Desde que me diagnosticaron, las salas de espera se han convertido en uno de los escenarios habituales de mi vida, y afortunadamente, les he encontrado su puntito para que me gusten, porque en las salas de espera, además de  horas, también pasan cosas.

Lo que me mueve y conmueve sucede en determinadas salas de espera. No me interesan por tanto las de los médicos especialistas, analítica y las de pruebas como TAC o resonancia. Allí todo es más rápido y los pacientes presentes van por decenas de patologías distintas. Para mí el relato está en las esperas donde sólo estamos los enfermos de cáncer y acompañantes, es decir, en Oncología, Quimioterapia y Radioterapia. Quizá me deje alguna pero será que a mí no me ha tocado ir.

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Estado de gracias

"¡¡Muchísimas gracias!!"

Por sonreírme cuando tengo dolor o pretendo disimular el miedo, por explicarme mi cáncer para que lo entienda, por haberme operado con éxito, por pincharme sin que me duela, por llevarme y traerme, por cuidarme, por escucharme y por callar, por levantarte tú, por los mensajes de whatsapp, por buscarme un sillón tranquilo para darme la sesión de quimio; gracias hasta por decirme en la consulta de Urgencias que tengo cáncer y desplegar una impagable humanidad mientras me hundía por la noticia, gracias por… por cientos, por miles de razones.

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La incertidumbre de una revisión

Una de las cosas que me ha traído el cáncer es la permanente incertidumbre. La inquietud  principal es evidente: ¿Cuánto tiempo me queda por delante? Esa pregunta, lo sé, es común a todas las personas, pero supongo que los pacientes de cáncer nos la hacemos con más frecuencia. A mí sin embargo esa cuestión no me provoca especial desasosiego. Llevo peor las otras incertidumbres, las que nacen del ritmo y de los hitos de la propia enfermedad.

Hoy, mientras escribo esta 'Oncolumna', estoy en una de esas incertidumbres, quizá la peor de todas: la incertidumbre de una revisión. Ese momento en el que tras unas pruebas médicas nada agradables, te dicen si las cosas van bien, mal o regular. Si tu cáncer ha crecido, ha disminuido, se ha quedado como estaba o si han salido nuevas posibles metástasis. Un momentazo que me toca mañana. Día D en el oncocalendario.

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