Un “espectáculo dantesco” para deprimir a los votantes de izquierda
Espectáculo dantesco. Vodevil. Culebrón. Son las palabras con las que Gabriel Rufián ha descrito todo el fracasado proceso de negociación de candidaturas de la izquierda de esta semana. Viniendo de alguien que decía que esa unión era esencial para frenar a la derecha y que contribuyó a prender fuego a ese proceso con el anuncio de su acuerdo bilateral con Irene Montero, todo resulta un tanto ridículo. Luego pidió disculpas por la parte que le toca, pero él era muy consciente de las consecuencias que tendría ese pacto.
Por definirlo en pocas palabras, Rufián hizo lo que Rufián había dicho meses antes en el Congreso que no había que hacer. Preocuparse por los votos que puede sacar tu partido a costa de poner más difícil un acuerdo ya de por sí muy complicado. ¿De qué serviría arañar unos cuantos escaños más si luego debes enfrentarte a una mayoría de la derecha y la extrema derecha en el Parlamento?, decía. Insistió en ello en varias ocasiones. “Nos van a fusilar políticamente por separado”, dijo en el acto que compartió con Emilio Delgado, de Más Madrid.
No sé si nos van a fusilar, pero Rufián es de los pocos que ha salido de todo ese “vodevil” con los objetivos cumplidos: reforzar su control del futuro grupo parlamentario de Esquerra, acaparar titulares y comprometerse a intervenir en mítines de Montero en Madrid. Los partidos agrupados en la antigua coalición de Sumar reaccionaron perplejos, porque sabían que Podemos había obtenido lo que quería. Asegurar el escaño para su líder y ofrecerse como la única alternativa de izquierdas en toda España. Lo dijo Ione Belarra: “Las personas que mejor pueden hacer equipo son Gabriel Rufián e Irene Montero”. Los demás eran prescindibles.
En la entrevista en TVE, Silvia Intxaurrondo preguntó directamente a Montero si estaban dispuestos a integrarse en la coalición del Frente Amplio. No se puede negar que la respuesta fue clara: “No”. Intxaurrondo se quedó un poco ojiplática e insistió. Montero lo repitió: “No”. A partir de ahí, había pocas dudas sobre lo que iba a pasar.
Podemos está convencida de que Montero es la candidata perfecta para iniciar su resurrección. Seguro que hace una buena campaña con su estilo enérgico y apasionado, pero no tiene garantizado el éxito ni mucho menos. Ella ya encabezó la campaña de Podemos en las europeas de 2024 y sacó un 3,3% con 225.000 votos menos que el partido de Alvise Pérez.
Desde esa entrevista televisiva, comenzó una loca carrera que ya hemos visto antes. En 2023, también hubo maniobras de última hora para obtener un pacto de mínimos. Salió bien. Permitió que Sumar llegara al 12% de votos, que fueron decisivos para impedir que el PP y Vox alcanzaran la mayoría absoluta. La concordia de Sumar y Podemos solo duró unos meses. Ahora las expectativas son mucho peores y quizá varios actores políticos han reaccionado pensando más en cómo quedarán ellos después de las elecciones que en cualquier posibilidad de optar a la victoria. Todo tiene un aire deprimente a pacto de perdedores.
Irene de Miguel, líder de Unidas por Extremadura, aportó el viernes la cordura que muchos líderes necesitan: “No sé qué pasará hoy pero lo que es evidente es que existe una brecha cada vez mayor entre lo que sucede en Madrid y la política que hacemos en las periferias. Muy harta (de) quienes solo piensan en ganar el relato pero olvidan que hay que ganar un país”.
No es una casualidad que su candidatura al frente de la coalición Podemos-IU aumentara sus votos en las últimas elecciones autonómicas. De Miguel siempre ha creído que, entre sus funciones como dirigente de Podemos, estaba proteger la unidad de los partidos de izquierda que comparten mensaje. Los resultados de Sumar o Podemos han sido tenebrosos en las demás contiendas autonómicas.
Javier Sánchez Serna, diputado de Podemos en esta legislatura, avisó el viernes a todos los implicados de las consecuencias de un divorcio. “Si no hay unidad, si con nuestra división contribuimos a la llegada de un gobierno de PP-Vox, quedaremos desacreditados para muchos años”. Veremos si se cumple su pronóstico.
El pacto con Rufián dejaba a Podemos sin muchos incentivos para buscar el acuerdo con el Frente Amplio. Se basaban además en una premisa ofrecida por Pablo Iglesias en TVE unos días antes del acuerdo de Podemos-ERC que finalmente no se cumplió: “Izquierda Unida va a llamar a la puerta de Podemos”. IU siguió apostando por la fórmula del Frente Amplio y la candidatura de Ada Colau.
El viernes fue el último día con las habituales ofertas de última hora condenadas al fracaso. Dos horas antes del final del plazo para presentar coaliciones, el Frente Amplio ofreció a Podemos la integración en las listas de toda España con la inclusión de Irene Montero como número dos en la candidatura de Madrid. Era una concesión relevante en la medida de que Más Madrid había intentado controlar la lista por esa circunscripción y seguro que no estaba pensando en colocar a Montero en un puesto de salida.
Existía el inconveniente de que esa propuesta incluía Catalunya, lo que podía colisionar con el pacto de Podemos con ERC al que el partido de Montero no iba a renunciar. Era ya el momento en que todos buscaban eso que había denunciado De Miguel: ganar el relato, alegar que se había hecho todo lo posible para obtener el acuerdo y sostener que la culpa es de los otros.
Cómo iba a haber acuerdo si Belarra había dicho que “el cambio de nombre Sumar-Frente Amplio es un juego de trileros para no hablar de lo que hay que hablar, y es que esta legislatura ha sido un desastre en términos de avances progresistas”. El partido aceptó lo que le pedían sus direcciones regionales para sus territorios. Los que viven lejos de la M30 sabían que el pacto de toda la izquierda era necesario, porque todos vienen a defender ideas muy similares. Pero IU planteaba como exigencia un acuerdo nacional. Solo lo hubo en la Comunidad Valenciana y en Canarias, y en la primera estuvo a punto de venirse abajo.
Ese mismo día, se supo que Rufián ha escrito un libro que se publicará dentro de unos días. Es la coda irónica a lo que acaba de ocurrir. Se titula 'Cómo ganar a los fachas (leer antes de votar)'. Seguro que no se consigue con el espectáculo ofrecido esta semana.
El PP va a petar con las pensiones
Esta semana, hemos visto en redes un titular de ABC de 1983. “El futuro de las pensiones está en peligro”. Citaba un informe de la OIT. En 2018, publicamos un artículo titulado “35 años de amenazas fantasmas al sistema público de pensiones” con esa misma imagen. Rodrigo Ponce de León escribía esto sobre el periodo de tiempo en que todo se iba a ir al garete: “La fecha del desenlace fatal se ha ido retrasando: primero era 2015, posteriormente la caída del sistema sería en 2020, unos años más tarde las pensiones públicas desaparecerían en 2030 mientras que en la actualidad la frontera en la que los expertos apuntan que el sistema no podrá pagar la jubilación es 2050”.
Las razones aducidas siempre son las mismas. El sistema público de pensiones es demasiado generoso. La gente vive muchos más años y hay que elevar la edad de jubilación. La presión demográfica hará que el número de pensionistas termine siendo muy elevado. Curiosamente, nunca se dice que haya que prohibir que las grandes corporaciones pacten con los trabajadores jubilaciones anticipadas masivas con el fin de reducir sus costes laborales.
Todas aquellas opiniones que afirman que el sistema de pensiones puede acabar en la bancarrota olvidan un hecho obvio. Ese sistema solo puede quebrar si el Estado quiebra. Si no es el caso, seguirá existiendo. Otra cosa es que el incremento de la partida de pensiones en los presupuestos alcance niveles muy altos. Pero nadie dice que el gasto militar o el de educación vaya a quebrar y que nos veamos obligados a cerrar el Ejército o la mitad de los colegios.
Como porcentaje del PIB, el gasto de pensiones en España es inferior al de los demás países de Europa occidental. Eso no quiere decir que sea pequeño ni que sea un asunto políticamente irrelevante ante el que no hay que hacer nada. En España, ya se hizo. En mitad de la crisis económica y con la presión de Bruselas, el Gobierno de Zapatero aprobó un aumento progresivo de la edad de jubilación hasta los 67 años.
Sin duda, es un asunto delicado y ningún partido va a entrar en una campaña electoral en una época de gran crecimiento económico diciendo que hay que cortar el grifo. ¿Ningún partido? El Partido Popular ha vuelto a demostrar que es capaz de crear sus propios muros para empotrarse en ellos a gran velocidad.
Al volante del coche suicida estaba hace unos días su portavoz parlamentaria, Ester Muñoz, que dijo: “Tenemos que ser valientes y entender que el modelo hay que cambiarlo porque el sistema como está no va a funcionar y va a petar”. Se armó un barullo y ella intentó matizar sus palabras con lo que consiguió hundirse un poco más: “Cuando digo que puede petar, lo digo en los términos que utiliza la gente joven”. Bonita forma de llamar ignorantes a los jóvenes. Feijóo tuvo que coger el volante para cortar la hemorragia de votos y decir que el PP subirá las pensiones al mismo ritmo que el IPC.
El vicepresidente Carlos Cuerpo respondió que eso no tiene mucho mérito porque esa subida de las pensiones está marcada por una ley aprobada por el Congreso. Cuidado con eso. Un Congreso con otra mayoría podría cambiar esa ley, como todas las demás.
En un plano humorístico pero revelador, hay que destacar la intervención de Eduardo Inda en el programa 'Horizonte'. Pidió al PP que mantenga ocultos sus planes: “Insisto: que se callen con las pensiones en el PP. Que hablen el 30 de noviembre, el 1 de diciembre, el 10 de enero, cuando ya estén formando Gobierno, pero antes por favor que estén callados”. Iker Jiménez le dio la razón: “Tiene que ser listo, como pillo es un futbolista. No tiene que ser franco”.
Pues claro que sí. Dónde se ha visto que un partido político sea honesto sobre sus intenciones en una campaña. Ni se te ocurra contar lo que vas a hacer si llegas al Gobierno. Imagínate que se enteran los votantes.
Sobre la cuestión de fondo, no viene nada mal leer este artículo de Laura Olías: “Por qué el sistema público de pensiones ni 'está quebrado' ni 'va a petar' como dicen PP y Vox”.