Urge un protocolo que tenga en cuenta a todos los animales ante incendios y demás catástrofes
Lo vimos con la erupción del volcán de La Palma, después con la dana de Valencia, y lo seguimos viendo con los múltiples y devastadores incendios de este verano. Cada vez que un desastre natural nos deja pegadas a las noticias con el alma en vilo y el corazón encogido, volvemos a comprobar la gran deficiencia en nuestros mecanismos de respuesta ante emergencias y catástrofes: no hay protocolos de evacuación y asistencia para los animales no humanos, a pesar de que muchos de ellos forman parte de nuestra familia, de que los silvestres son las primeras víctimas de esas situaciones, y de que nuestro sistema alimentario y de consumo convierte a millones de animales en reos permanentes sin posibilidad alguna de huir cuando el agua, la lava o las llamas se ciernen sobre ellos.
Cada vez más, a la magnitud del desastre en sí se suman multitud de tragedias que ponen nombre y rostro a esta realidad. Personas que han sido evacuadas sin tiempo de poder coger a sus animales; que estaban fuera de casa y cuando se han enterado de lo sucedido ya no han podido acceder a por ellos; responsables de santuarios, protectoras y refugios buscando ayuda de personas voluntarias para poder poner a salvo a las decenas de vidas que dependen de ellos, en muchos casos animales mayores o enfermos, lanzando llamamientos desesperados a los equipos de extinción para que sepan dónde se han quedado cientos de animales expuestos al fuego; animales silvestres huyendo despavoridos, atrapados por las vallas de los cotos de caza; explotaciones ganaderas convertidas en campos de cadáveres calcinados… El espanto.
En el mejor de los casos, quienes sí han podido dejar la zona de riesgo con sus animales son acogidos en recintos que no son seguros para ellos, con gatos durante días sin poder salir de un transportín, perros enjaulados, atención veterinaria prestada por profesionales voluntarios organizados por su cuenta, y cientos, miles de personas compartiendo información y cooperando para tratar de minimizar la tragedia mientras, y eso es otra catástrofe, muchos ayuntamientos dejan en manos de cazadores la gestión de la ayuda a los animales silvestres afectados. Un contrasentido detrás de otro.
El pasado mes de junio, el Ministerio de Derechos Sociales anunció que trabaja en un protocolo para atender a los animales “de compañía” en este tipo de situaciones, una obligación derivada de la insuficiente Ley de Bienestar Animal de 2023. Es una gran noticia, y confiamos en el buen hacer de las entidades que están trabajando con el Ministerio para hacer que ese protocolo sea útil ante las evidentes dificultades para articularlo y para implementarlo. Hablamos de muchos tipos de animales en situaciones muy diversas, y se trata de salvar su vida, no de agravar el riesgo con actuaciones que no sean las adecuadas.
Sin embargo, tememos que se quedará muy corto si de entrada se refiere solo a los animales “de compañía”. Entendemos que, por definición, incluirá a los internos en centros públicos de protección animal, pero, ¿también a los de las protectoras, refugios, santuarios, residencias? ¿Los animales considerados “de granja” contarán para algo más que para gestionar el seguro? ¿Qué pasa con los animales explotados en otros tipos de negocios, como granjas escuelas, hípicas, zoos o safaris?
Con este temor y estas preguntas, más de cien entidades de protección animal han difundido un manifiesto dirigido a las autoridades competentes del Estado y de las comunidades autónomas en el que expresan su “profunda preocupación ante la reiterada falta de protocolos oficiales que garanticen la protección de los animales en situaciones de emergencias y catástrofes”.
La realidad, dicen, es que cada vez más ante las catástrofes (danas, inundaciones, incendios, temporales) los animales quedan “sistemáticamente al margen de los planes de actuación”, de forma que “los rescates dependen de la iniciativa personal de profesionales y voluntarios, sin protocolos ni recursos adecuados”. Con ello, “miles de personas se ven obligadas a elegir entre su vida y la de sus animales”, y santuarios, refugios y protectoras “quedan desamparados, con cientos de vidas a su cargo”. “No podemos seguir improvisando”, claman.
Subrayan que la protección de los animales “no es una cuestión secundaria: forma parte de una gestión de emergencias responsable, humana y eficaz”, e ignorar esta realidad no solo vulnera el bienestar de esos animales, sino que “pone en riesgo también a las personas”.
Por ello, sentencian que “es hora de pasar de la buena voluntad a la acción institucional” y ponen a disposición de las administraciones “nuestra experiencia, conocimientos y recursos” para colaborar activamente en la elaboración de protocolos eficaces que incluyan, como mínimo, “procedimientos claros de rescate, evacuación y atención de animales de compañía, de granja, de trabajo y de aquellos que habitan en santuarios, refugios y centros de protección”, así como “formación específica para los servicios de emergencia en manejo y transporte de animales”.
Entre esos requisitos mínimos señalan también la dotación de recursos materiales adecuados para el rescate, transporte y atención de esos animales; coordinación efectiva entre Protección Civil, servicios de emergencia, administraciones competentes y entidades especializadas de protección animal; planes de evacuación específicos para instalaciones con animales, y directrices homogéneas en todo el territorio “para actuar con rapidez, seguridad y eficacia”.
También la Fundación Franz Weber (FFW) ha pedido que España imite a Portugal e incluya a los animales en los protocolos de actuación ante cualquier situación catastrófica; no solo incendios, sino también eventos menos habituales, como terremotos o erupciones volcánicas. En Portugal, a iniciativa de la formación animalista PAN, la Ley de Bases de Protección Civil incorpora desde hace pocos días la perspectiva animal, al obligar a los municipios a disponer de un planeamiento para la búsqueda, salvamento y socorro de animales en catástrofes de todo tipo.
La FFW recordó que en los hogares españoles viven más de 15 millones de animales de familia, de los que la mitad son perros, y cerca de un 40% son gatos, según la Estadística Nacional sobre la Protección Animal del Ministerio de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030.
Tras el reciente terremoto en Venezuela, la FFW desplegó una misión veterinaria en el país, donde suma ya más de mil atenciones a animales afectados y ha distribuido veinte toneladas de alimento y medicamentos. En España, después de la erupción del volcán en La Palma, apoyó a entidades locales en la evacuación de animales de las zonas más afectadas, e impulsó un sistema digital que permitió el reencuentro de decenas de animales y sus familias. “Gracias a estas experiencias, se puede afirmar que los protocolos específicos de evacuación y atención animal en catástrofes no son una idea abstracta, sino una herramienta que ya ha demostrado funcionar en el terreno para las familias afectadas, y que en España sigue sin existir, al revés que en Portugal”, afirman.
También el PACMA solicitó a finales de julio al Ministerio del Interior la “creación inmediata” de una coordinación especial centralizada para garantizar la atención y evacuación de los animales que permanecen en viviendas, fincas, refugios, protectoras y explotaciones situadas en zonas desalojadas por los incendios forestales.
En ese momento, cuando las provincias de Madrid y Ávila estaban siendo asoladas por grandes incendios, el PACMA denunció que numerosos particulares, asociaciones, protectoras y responsables de explotaciones estaban siendo evacuados sin que se les ofreciera, después de varios días, alternativa para acceder a las instalaciones, proporcionar agua, alimento o medicación, y comprobar el estado de los animales que dejaron atrás. Su reclamación, precisaba PACMA, no eran “accesos descontrolados” ni actuaciones que pudieran poner en riesgo a las personas o dificultar las labores de extinción, sino un “sistema oficial” de entradas programadas, controladas y acompañadas por efectivos autorizados, siempre condicionado a la evolución del incendio y a la seguridad de cada zona.
La reivindicación, que ha revivido a raíz de los últimos grandes incendios, lleva años entre las prioridades de quienes defendemos los derechos de los demás animales.
Hace ya tres años, INTERCIDS, Operadores Jurídicos por los Animales, participó en el proceso de información pública del Borrador de Real Decreto por el que se desarrollan medidas de coordinación en los incendios forestales, aprobado por el Ministerio de Transición Ecológica y el Reto Demográfico. Una de sus propuestas era que los mapas operativos en este tipo de desastres sitúen también a los animales afectados, para poder diseñar las medidas de coordinación necesarias para su evacuación y realojamiento.
Alegaba INTERCIDS que el Real Decreto 524/2023, de 20 de junio, por el que se aprobó la Norma Básica de Protección Civil, incluye expresamente a los animales en esta norma, por lo que tanto la Directriz Básica de Planificación como los Planes de Protección Civil deben contemplar medidas de protección para ellos, además de para las personas, los bienes, el medio ambiente y el patrimonio histórico-artístico y cultural. Todo ello, en coherencia con el tratamiento jurídico distinto de los bienes que, en su condición de seres sintientes, otorga a los animales el Código Civil desde la reforma de 2021.
INTERCIDS recordaba entonces al Ministerio que en un incendio forestal puede haber animales que hayan quedado encerrados en viviendas evacuadas o no habitadas, en centros de rescate o cualquier tipo de núcleo zoológico, caballos en fincas, animales en granjas y explotaciones, etcétera, por lo que “es necesario que a la hora de elaborar los mapas operativos se contemple también una simbología específica para los animales, teniendo en cuenta que en un incendio forestal pueden verse comprometidas las vidas de animales en una multiplicidad de circunstancias de peligro, ante la imposibilidad de huir por sí mismos”.
Sobre la importancia de incluir a los animales en la respuesta ante desastres y emergencias en general, y, como tales, también en los incendios forestales, INTERCIDS se refirió a un informe de la Coordinadora de Profesionales para la Prevención de Abusos (CoPPA) en el que se explica cómo los lazos afectivos con los animales pueden influir en las decisiones de las personas que se encuentran en estas situaciones y, por tanto, comprometer también su propia seguridad y supervivencia.
En cuanto a los animales silvestres que también sufren los incendios forestales, INTERCIDS alertaba al Ministerio de que “pueden encontrar en su huida barreras geográficas insalvables o ver impedida la posibilidad de escapar, convirtiéndose en trampas mortales”, y por ello pedía que, en coordinación con otros departamentos, en el marco del Plan Anual de Prevención, Vigilancia y Extinción de Incendios Forestales, se materialice un protocolo que permita facilitar la huida del fuego de los animales salvajes; por ejemplo, eliminando barreras.
El análisis de CoPPA al que se refería INTERCIDS es de abril de 2016 y se basaba en la evidencia sobre el gran número de personas que conviven con otros animales, con quienes tienen un fuerte vínculo. Eso hace que ante una evacuación, por ejemplo, muchas personas se muestren reacias a abandonar el lugar donde tienen que dejar a esos animales, incluso hasta el punto de desobedecer las órdenes oficiales y aventurarse en zonas de peligro.
Dado que las operaciones de evacuación, rescate y alojamiento en desastres inevitablemente incluyen a las personas humanas que convivimos con otros animales, las estrategias de gestión de desastres que no los incluyen no solo afectan directamente a esos animales sino que también tienen “implicaciones muy negativas para la supervivencia y la salud psicológica y emocional de las personas, la economía, la salud pública, el reencuentro entre propietarios y animales desplazados, y la recuperación y resiliencia de la comunidad”.
CoPPA pidió por ello una estrategia sólida que incluya a los demás animales en todas las etapas de la gestión del desastre: planificación, preparación, mitigación, respuesta y recuperación, contemplándola incluso como “un factor protector que aumente considerablemente la preparación y fomente la adopción de decisiones y conductas adecuadas antes, durante y después de un desastre”.
El manual de entrenamiento de la Agencia Federal para la Gestión de Emergencias (FEMA) de Estados Unidos alerta de que durante una evacuación algunas personas muestran estár más preocupadas por sus animales que por sí mismas, y el riesgo de negarse a evacuar una zona de peligro se duplica con cada animal que haya en ese lugar. En el caso de personas con discapacidad física o cognitiva, la obligación de separarse de sus animales puede “inmovilizarlas” y aumentar su vulnerabilidad.
Un estudio tras el desastre producido por el vertido de sustancias químicas en la ciudad de Weyauwega (Wisconsin) mostró que aproximadamente un 80 % de las personas que volvieron a la zona del desastre lo hicieron para intentar rescatar a sus animales y que, en los primeros días, un 50 % de quienes vivían con otros animales ya habían irrumpido ilegalmente en la zona, frustrados por la falta de acción para rescatarlos.
En la inundación de 1997 ocurrida en el condado de Yuba (California), el 82 % de las personas que volvieron a la zona de peligro en contra de las órdenes de las autoridades lo hicieron para intentar recuperar a sus animales. El análisis de noticias en los medios australianos relacionadas con animales tras los incendios de 2009 en Vitoria reveló que también hubo personas que arriesgaron sus vidas para intentar salvar a animales silvestres o “de granja” con los cuales no tenían relación previa. Tras analizar las causas de muerte de personas afectadas en diversas inundaciones ocurridas en Australia, un estudio concluyó que al menos un 8 % de esas muertes se debieron a intentos de rescatar a animales.
El impacto emocional y los efectos psicológicos perjudiciales que pueden producirse al tener que dejar atrás o perder un animal en un desastre están bien documentados y avalados por la literatura científica. Integrar a los animales en las operaciones de rescate durante la fase de emergencia y ayudar a la gente a salvar a sus animales no solo es importante para la supervivencia de las personas y los animales afectados, sino también para la fase de recuperación y reconstrucción en los días y meses posteriores al desastre.
En un estudio con supervivientes del huracán Katrina que convivían con otros animales se encontraron niveles significativamente más altos de ansiedad aguda, depresión y trastorno de estrés postraumático en aquellos supervivientes que habían perdido a esos animales que en los demás, y eso a pesar de que los autores del estudio incluyeron controles para otros efectos del desastre, como la perdida de la vivienda.
Muchos agentes de emergencias han podido experimentar directamente, de manera dura y dramática, el vínculo que muchas humanas tenemos con otros animales, un vínculo que “puede interferir en las operaciones de respuesta a desastres” o, por el contrario, cuando este se gestiona correctamente, puede influir positivamente para, incluso, “llegar a mejorar las conductas de las personas afectadas”, concluye CoPPA, que recuerda que en el huracán Katrina murieron 1.836 personas. El 44 % de las personas que se negaron a evacuar la zona de peligro lo hicieron, exclusivamente o en parte, porque no querían dejar atrás a sus animales.
Y eso sin contar a los animales en cautividad, a los explotados o a los silvestres. Si de verdad queremos un mecanismo de respuesta a emergencias que no deje a nadie atrás, hagámoslo realidad. Y cuando decimos a nadie queremos decir justamente eso, a nadie.