Puy du Fou no es un caso aislado: así funciona el entretenimiento con animales
Desde hace varias semanas podemos seguir en elDiario.es el caso de una denuncia de maltrato animal en el parque temático Puy du Fou, en la provincia de Toledo.
Uno de los temas centrales es el enterramiento de animales muertos en las propias instalaciones del parque. A medida que voy conociendo más detalles, me quedo más espantada. Un extrabajador relataba: “Se han llevado a cabo lesiones, marcas en la zona de la boca, ha llegado a haber cojeras, ojos morados inflamados de golpes con la fusta”. Varios extrabajadores afirmaron también que se dejaba agonizar a algunos animales hasta su muerte, y que era habitual alimentarlos con “pienso en mal estado simplemente por el hecho de no tirarlo; con moho, con insectos”.
Lo que ha sucedido en esta empresa no es una excepción: existen muchos otros casos que han salido a la luz por su crueldad, y que son solo la punta del iceberg de la situación que viven los animales utilizados como entretenimiento. Un ejemplo son los caballos de la fiesta de los Tres Tombs, en Catalunya, donde estos animales recorren calles ruidosas y abarrotadas de gente tirando de carros con grandes pesos, mientras soportan elementos como el yugo, el bocado o distintos arneses y ornamentos. Diversas investigaciones han documentado el estrés y el sufrimiento que esto les provoca, incluyendo dificultades respiratorias por la presión de la serreta (la pieza metálica que pasa sobre el hocico) en una zona muy sensible para el animal. Recientemente, se ha estrenado el documental Desmuntant els Tres Tombs, una mirada crítica -desde la etología, la veterinaria, el derecho y el activismo- a una tradición cada vez más cuestionada.
Crítica es también la situación de los cetáceos en los parques acuáticos de todo el mundo: animales enormes confinados en piscinas minúsculas para su tamaño, rodeados de gente y ruido, y obligados a realizar trucos y acrobacias. Estas condiciones les provocan estrés crónico, enfermedades y muerte prematura. El caso más reciente es el de las orcas Wikie y Keijo, retenidas en las instalaciones de Marineland (Francia), parque que ya ha cerrado definitivamente sus puertas al público. La propuesta es trasladarlas a Loro Parque, en Tenerife, donde seguirían siendo explotadas en espectáculos y, además, utilizadas para la reproducción.
Desde Loro Parque esgrimen dos informes técnicos firmados por la Dirección General de Ganadería y la Dirección General de Espacios Naturales y Biodiversidad en los que “se constata el historial de Loro Parque en materia de bienestar animal, el cumplimiento de las normativas europeas y nacionales y su capacidad demostrada para albergar orcas''. Hablan de ese traslado como ”la mejor solución“ ante la eutanasia planteada en Francia, obviando cualquier otra opción que pase por no mantener a esos animales presos de por vida.
En empresas como Loro Parque o Puy du Fou, los animales están ahí para generar negocio: su valor real equivale a los ingresos que producen. Sin embargo, la sociedad empieza a mostrar algo de preocupación por el sufrimiento que padecen los animales en circos, zoos, acuarios, prácticas de tiro o fiestas populares. Por eso no es extraño que, de cara al público, se esfuercen por transmitir una imagen de cuidado y compromiso con su bienestar. Ahora, en su publicidad podemos encontrar protocolos o códigos de conducta que muestran su compromiso con el bienestar de los animales que utilizan. Es lo que algunas personas empiezan a llamar “welfare washing”.
Para no dejarnos engañar, hay algo que cualquiera puede hacer fácilmente, sin necesidad de fotografías ni informes que muestren al detalle lo que sucede “realmente” con los animales: ponerse en su lugar. Si fueras una orca, ¿cómo te sentirías viviendo toda tu vida en una piscina? Si fueras un caballo, ¿cómo te sentirías participando en espectáculos ruidosos, rodeado de gente que te da miedo? Si fueras un toro de tres años, ¿cómo te sentirías siendo picado y matado en una plaza?
Hoy en día existen normas, tanto legales como morales, que impiden que unos humanos hagan sufrir a otros al utilizarlos para su entretenimiento. El hecho de que sí lo hagamos con los demás animales, aunque puedan sufrir de la misma manera, es consecuencia de la discriminación sistemática que sufren por parte de los humanos, simplemente por pertenecer a otra especie. Esto es lo que se llama especismo. Igual que otras discriminaciones, el especismo implica tratar de forma distinta a un grupo, en este caso los otros animales. Las consecuencias a veces resultas más visibles y dramáticas, como algunos de los casos que mencionamos, pero en cualquier caso implica someterlos a situaciones que nunca haríamos con los humanos.
Sin embargo, dejar atrás la discriminación de los animales en el ámbito del entretenimiento es, en la práctica, más sencillo de lo que parece. En el momento en que valoremos nuestras decisiones de forma crítica y dejemos de ver aceptable utilizar a los animales, se abrirán muchas otras opciones libres de crueldad: circos sin animales, competiciones deportivas, fiestas que no impliquen sufrimiento animal. Y, si queremos ir más allá, también podemos adoptar una postura más activa, como exigir a nuestros ayuntamientos que no autoricen fiestas o negocios que impliquen sufrimiento animal. En algunos lugares ya se empiezan a ver resultados: en todo el territorio español está prohibido el uso de animales salvajes en espectáculos de circo (aunque, lamentablemente, la normativa no incluye a los animales domesticados). También son interesantes los casos del boloencierro de Mataelpino, que sustituyó al tradicional encierro taurino, o la cabra de peluche de Manganeses de la Polvorosa, que sustituyó a la cabra real que antes se lanzaba desde el campanario.
Como ejemplo de esa postura activa, quiero mencionar a una defensora de los animales que nos visitó desde China el pasado mes de febrero para hablarnos de su propia transformación personal: de entrenadora de belugas a activista por los derechos de los animales. Se llama Shao Ran, y su charla, que llevó a lo largo de diferentes ciudades europeas, es una de las más inspiradoras que he tenido la oportunidad de escuchar últimamente. Su mensaje invita a tomar partido en favor de los animales no solo en el ámbito del entretenimiento, sino en todos los aspectos de nuestras vidas.
Los animales no humanos no pueden defenderse por sí mismos: dependen de que actuemos. Alzar la voz por ellos dice mucho de nuestra solidaridad y de nuestra calidad moral como sociedad.