Sembrar solidaridad vegetal en la frontera: crónica de una expedición a Ceuta
Odio e injusticia, ese fue el origen. Durante los últimos días de agosto de 2026, la pantalla de mi teléfono solo devolvía publicaciones polarizadas sobre Ceuta. Mientras leía, me asaltó una pregunta: ¿podemos, desde una ONG defensora de los animales, cocinar para las Personas en Movilidad (PEM) que están sufriendo este acoso racista? ¿Podemos poner en valor el derecho a la vida de los animales y hacerlo confluir con el derecho a la alimentación de quienes pasan hambre?
Conocíamos bien el miedo al odio que se despierta cuando se ayuda a personas racializadas —un rechazo que no afrontamos cuando viajamos a Ucrania—. Sabíamos que afloraría en un contexto donde la desinformación y los bulos politizan una situación dolorosa e inhumana. Pero la determinación fue mayor que el temor.
Los preparativos y el equipo
Con el respaldo de la junta directiva de Fundación Salvando Peludos y un presupuesto modesto, el 8 de septiembre pusimos rumbo a Ceuta para intentar ofrecer solidaridad en plato, basado en plantas, a tripas que rugían buscando un futuro mejor, inspirándonos en las acciones del Plant Based Treaty en otros países.
La organización internacional No Name Kitchen abrazó la propuesta desde el inicio y formé un equipo con el corazón: Sergi Segarra, voluntario de nuestra Fundación con gran destreza entre fogones; Carlos Rodríguez, de Positiva Canina, compañero de batallas en Ucrania y en los incendios de Portugal de 2025; Jaime Posada, cocinero del restaurante vegano Santa y Pura y referente en lucha social; y la fotógrafa Estela de Castro, encargada de poner imagen a una experiencia de este calado.
Contar con Estela ha sido un privilegio absoluto. Lleva toda su carrera retratando causas sociales y la conocemos por su compromiso indiscutible con la defensa de los derechos humanos y de los derechos de los animales y el veganismo. Desde nuestra organización siempre hemos admirado sus proyectos (Retratos de Familia, AVES, Persona o The Animals). Además, a través de PHES “Fotografía Española Solidaria”, lleva años empleando la imagen como herramienta de denuncia en crisis humanitarias. Su mirada logra plasmar la realidad con una naturalidad, belleza y delicadeza únicas.
Objetivos en la frontera
Llegamos a Ceuta a las 10 de la noche del 8 de septiembre. Percibíamos una calma tensa: pocas familias paseaban por el centro y la presencia policial y de la Guardia Civil marcaba cada esquina. Teníamos tres objetivos:
- Promover la alimentación vegana en entornos hostiles donde la ayuda es urgente.
- Documentar la situación de las personas en movilidad y su convivencia con los animales para verificar o desmentir los bulos sobre supuestas agresiones que leíamos en redes.
- Dejar legado de esta realidad a través de la fotografía de la mano de Estela de Castro.
Fogones, fotografía y convivencia
Con 30 cámaras fotográficas desechables cedidas por Fujifilm y 300 kilos de proteína vegetal en el maletero, visitamos las cocinas de No Name Kitchen y recorrimos el asentamiento del Tarajal y la playa de Benítez.
Durante dos días, elaboramos y distribuimos perritos calientes, hamburguesas y canelones vegetales en las zonas más sensibles, donde se agrupaban mujeres, niños y niñas. Como expresaba Sergi tras las intensas jornadas entre fogones: “Nuestras manos han estado ocupadas en algo que debería ser tan básico que no tendría que necesitar una ONG: proveer de alimento a una persona. Alimentar a alguien no es solo darle un plato basado en plantas; significa decirle: te veo, sé que estás aquí y tu vida importa”. Para él, la experiencia transformó el sentido de su labor: “Cuando estás allí, les miras a los ojos, les sirves un plato de comida y escuchas sus historias, la palabra 'migrante' se queda demasiado pequeña”.
Sobre el motivo de optar por esta alimentación, el cocinero Jaime Posada reflexiona acerca de la incoherencia que supondría “dar de comer a personas desplazadas con trozos de animales no humanos que han sufrido para llegar hasta ese plato” o “aliviar el sufrimiento de alguien con trozos de un animal sintiente”, señalando así que “quitar sufrimiento provocando sufrimiento quedaría fuera de toda ética”. Además de esta razón ética, Jaime destaca que, por lógica nutricional y práctica, la proteína vegetal tiene un valor nutritivo equivalente a los productos animales, se trabaja con la misma o mayor versatilidad, es fácilmente hidratable, se puede comer cruda sin perder valor nutricional y aguanta más sin estropearse o ser atacada por bacterias rápidamente, como ocurre con los productos de origen animal. Por todo ello, representa un producto nutricionalmente bueno, fácil de trabajar y que éticamente solo alivia sufrimiento sin provocar más.
La proteína vegetal es un producto nutricionalmente bueno, fácil de trabajar y que éticamente alivia el sufrimiento sin provocar otro sufrimiento.
Paralelamente, Estela entregó cámaras desechables a las personas jóvenes para que captaran su propia cotidianidad, creando un legado visual colectivo.
En esas salidas comprobamos también el respeto del entorno hacia la fauna: las colonias felinas locales cuentan con casetas cuidadas por el vecindario y hay comida para las palomas junto a los asentamientos, sin que nadie interfiera con los animales. Ofrecerles comida vegetal era la forma natural de saciar el hambre de personas exhaustas sin generar más sufrimiento.
Y en total repartimos 3.500 raciones de comida. Habríamos vuelto con el alma llena, de no ser por lo que ocurrió la última noche.
La noche del incendio y la quiebra institucional
A las 11 de la noche del último día cerramos la cocina tras preparar comida para unas 400 personas que malvivían en el polígono de El Tarajal sin apoyo institucional. Mientras un grupo salía a repartir, Estela acudía a la playa a recuperar las cámaras fotográficas.
A las 11:30, una densa columna de humo y fuego sorprendió al polígono. El incendio se propagó rápidamente, arrasando decenas de chabolas. Pese al impresionante despliegue de efectivos y vehículos de las fuerzas de seguridad en la zona, la intervención no se orientó al auxilio, sino a desalojar el área. En ningún momento vimos personal sanitario a pie ni ambulancias asistiendo a las víctimas.
Ante la falta de cobertura en medio del caos, y tras solicitar auxilio a la policía sin obtener respuesta, comprendimos que nadie vendría a atender la emergencia médica. Tuvimos que actuar por nuestra cuenta en un coche particular.
El primer traslado de urgencia fue el de un menor de unos 14 años con una crisis asmática severa que apenas podía respirar. El segundo viaje lo hicimos para evacuar a una niña que había perdido el conocimiento. Un tercer traslado sirvió para llevar al hospital a una persona afectada gravemente por inhalación de humo.
Al solicitar presencialmente en el hospital que se enviaran ambulancias al lugar del incendio, la respuesta fue que no era viable. Posteriormente, los relatos mediáticos u oficiales afirmaron que no había habido heridos, invisibilizando a las tres personas que nosotros mismos tuvimos que ingresar en urgencias.
Hostilidad, desprotección y desinformación
En el centro sanitario, la recepción reflejó la tensión del ambiente: interrogatorios desconfiados, toma de matrículas de nuestros vehículos y hostilidad hacia los voluntarios. Carlos Rodríguez resumió la impotencia vivida al presenciar la segregación de los pacientes: “Sentí escalofríos al recordar de golpe las imágenes del apartheid. Es desolador ver cómo se niega el derecho de acceso o se mira con desconfianza a quien intenta ayudar”.
A la omisión de socorro inicial se sumó una grave vulneración del protocolo de protección de menores: tras ser atendidos e ingresados en urgencias, estos menores de edad, solos y sin referentes legales en España, fueron dados de alta directamente a la calle, sin activar la tutela pública ni coordinar su traspaso a un centro de menores. Una desprotección sistemática que confirman múltiples testimonios en la zona.
Esta presión institucional también la sufrimos como voluntariado: identificaciones continuas sin motivo, bloqueos de la puerta de reparto con vehículos militares e intimidación habitual hacia el local de cocina. Un clima de tensión que se suma a la violencia directa sobre las personas en movilidad, como el caso de Ali, un niño de 8 años herido en la cabeza por perdigones disparados por encapuchados en moto en El Príncipe.
Respecto al fuego en El Tarajal, mientras algunos relatos oficiales intentaron reducir el suceso a un accidente doméstico por una vela, las investigaciones policiales posteriores derivaron en la detención de un trabajador de la empresa pública de limpieza por su participación en la quema de vehículos en la zona durante esa misma madrugada trágica.
“Vuelvo a casa con imágenes que no voy a olvidar, pero con la certeza de que dar la cara y no mirar hacia otro lado era el único camino posible”, concluye Sergi. En Ceuta no hace falta más odio, ni fuego, ni violencia. Lo que hace falta es empatía, alimento digno y personas dispuestas a ayudar.
Mejorar la vida de una persona en movilidad y evitar el sufrimiento animal forman parte del mismo compromiso ético: poner justicia y compasión en cada plato.
Cocinar 100 % vegetal en mitad de un escenario de hostilidad es un acto de resistencia y coherencia. En la Fundación Salvando Peludos creemos que sanar el dolor pasa por conectar las luchas: proteger al que huye, defender al animal silenciado y sembrar respeto donde otros siembran rechazo. Mejorar la vida de una persona en movilidad y evitar el sufrimiento animal forman parte del mismo compromiso ético: poner justicia y compasión en cada plato.