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Rajoy apunta y Soria ejecuta a jueces y periodistas

Rajoy, "animado" porque se ha roto la tendencia en la destrucción de empleo

Mariano Rajoy. EFE

Pocos repararon –su eco es escaso– pero esta semana Mariano Rajoy concedió una audiencia –perdón, entrevista– entre botafumeiros en 13 TV, la emisora de la Iglesia, que le “dona” (donamos vía IRPF) 10 millones de euros al año por solo 6 a Cáritas. Lo digo porque me declaro religioso desde la raíz semántica de la palabra –de religare, ligar con fuerza– y detesto los prejuicios contra el cristianismo, tan acentuados en España. En esto habría que releer las cartas del agnóstico Galdós al católico Pereda: “España es uno de los países más descreídos del Globo, si no es que se lleva la palma en esa desconsoladora preminencia. Creo sinceramente que si en España existiera la libertad de cultos, se levantaría a prodigiosa altura el catolicismo, se depuraría la nación del fanatismo y ganaría muchísimo la moral pública y las costumbres privadas; seríamos más religiosos, más creyentes, veríamos a Dios con más claridad, seríamos menos canallas, menos perdidos de lo que somos. En todo soy escéptico”.

Ciento cuarenta años después, el laicismo todavía no es la religión “oficial” del Estado y perviven lugares de culto y de una sola creencia en hospitales, aeropuertos o universidades públicas. Aún peor me parece que una concejala asalte, pecho al aire, ese lugar de meditación. Si hubieran sido nazis arrasando en pelotas las sinagogas judías –en una nueva versión del célebre Salón Kitty de Tinto Brass– o ultracristianos mostrando sus nalgas en mezquitas para ofender a sus creyentes, todos nos escandalizaríamos. Ahora Rita Maestre pide perdón a la Iglesia Católica porque es muy grave atentar contra las creencias religiosas del otro como forma de protesta política. Y el pato lo pagan los titiriteros, en un terrible golpe a la libertad de expresión que ha causado escalofríos en Estados Unidos: "Crackdowns on Free Speech Rise Across a Europe Wary of Terror" ("Redadas contra la Libertad de Expresión atraviesan una Europa temerosa del terrorismo”, titula el New York Times con una fotografía de unos guiñoles llamado Los Ayuntañecos (España).

El artículo de mi colega Raphael Minder debería ser de lectura obligada: “Algunos países europeos, con capítulos históricos dolorosos por el fascismo y el extremismo de izquierda, han colocado límites más estrictos que en Estados Unidos en el discurso político sobre el odio. Por ejemplo, negar el Holocausto puede ser causa de un proceso en Alemania o Francia”. Crímenes de odio, se llaman, cuando se realizan contra la edad, raza, género, religión, nacionalidad, ideología, discapacidad u orientación sexual. La infancia también está muy protegida de la libertad de expresión. Y no hay democracia sin libertad de prensa ni existe una ciudad hasta que no tenga su periódico, como dicen en EE.UU, donde lo recoge la primera enmienda de la Constitución: no puede haber leyes contra la libertad de expresión. De ahí la crueldad de los atentados de Charlie Hebdo, que buscaban cimbrear precisamente los cimientos de este principio que también tiene dos excepciones: el arte y el humor. Así de complejas son las sociedades occidentales frente a otras donde solo se aplica la sharia o la menos conocida Halajá israelí.

La cadena de despropósitos que vive España desde hace casi una década –o cuatro, si apuran el vaso hasta sus heces– la relata el párrafo anterior. A un error le sigue otro mayor, a Suárez le suple Felipe, a éste Aznar, después Zapatero y el bipartidismo se derrumba ya definitivamente con Rajoy. En 13 TV (no sé que pinta una iglesia subvencionando tertulias políticas) Mariano Rajoy dio el aviso: argumentaba que el PP estaba siendo “acosado” por la Justicia –a la siempre aplazada lucha contra la corrupción le llama “acoso”– porque tenía muchos imputados en su partido que luego eran declarados inocentes. ¿Rita Barbera?, preguntó con ironía un inocente tertuliano entre humaredas de incienso. “No: me refiero a José Manuel Soria y al alcalde de Mogán”, respondió el presidente en funciones, que no se acordaba del nombre de Francisco González (PP). Y aclaró: “Soria estuvo imputado por una jueza que hoy es diputada de Podemos y el alcalde, diez años después, ya no está imputado”.

El mensaje, obviamente, estaba dado: el objetivo era machacar a Victoria Rosell, exculpar a Soria -y con ello sembrar dudas sobre sus numerosas denuncias de corrupción de la prensa– y, en la pedrea o el pedrisco, salvar a Francisco González. Todo el Madrid político de la Villa y Corte, que sigue muy atento los tumbos de esta almeja de Pontevedra, lo captó. Y no importaba que el “titular” fuese falso: como mal “periodista” que solo lee el Marca, Rajoy infringió una norma deontológica fundamental: no dejes que la realidad te estropee un buen titular. Ni Victoria Rosell instruyó el “caso salmón”, que sin embargo sí investigó su hoy pareja Carlos Sosa en un claro ejemplo de jugarse el pellejo por la libertad de información, ni Francisco González ha sido absuelto de los graves cargos que le pedían 19 años de inhabilitación por vulnerar de manera sistemática derechos cívicos de los grupos de la oposición en el consistorio del Sur de Gran Canaria.

¿Y por qué hacen tanto daño Victoria Rosell y Carlos Sosa en la Villa y Corte? La relevancia que les da Rajoy lo aclara todo: la jueza es una amenaza para la “dependencia” judicial –y si llegara a ministra o fiscal del Estado no digamos– y la muerte civil de Sosa, como la de tantos periodistas canarios que cayeron bajo las fauces del depredador, una cabeza que hay que mostrar al resto de la profesión. Las Universidades españolas y sus Facultades de Comunicación se apercibieron hace tiempo de ello y tanto la Complutense como la Carlos III y la Rey Juan Carlos de Madrid invitaron a Sosa a dar conferencias en sus aulas, alabando su arrojo y profesionalidad en el ejercicio del periodismo y contra un ambiente político hostil, como ejemplo para estudiantes y colegas. Rajoy no se equivoca: prensa y jueces son hoy los dos baluartes más sólidos de la sociedad civil en favor de la regeneración moral de España. De ahí que haya que horadar su credibilidad y prestigio al combatir la corrupción.

En esta línea deben entenderse las acciones judiciales de José Manuel Soria contra Rosell en el Tribunal Supremo –apoyado en la sonrojante y deshonrosa mano de Eligio Hernández– y ahora este nuevo codazo vía AENA inventando un incidente que nunca ocurrió. Preguntar, al parecer, ofende, ya sea una diputada, un juez o un periodista. Y la pregunta era si José Manuel Soria usaba la sala de autoridades del aeropuerto en sus desplazamientos desde Gran Canaria, según oigo en un podcast de la Cope. Es muy grave que el director del Aeropuerto de Gran Canaria, Alberto Martín Rodríguez, empleado del Gobierno en la AENA privatizada y bajo sospecha por el saqueo de fondos públicos vía información privilegiada, haya participado en esta bajeza y juego sucio, tan habitual por estos lares. Existe además un Airports Council International del Regional Airports Forum, asociación profesional que reúne a 470 aeropuertos europeos, al que seguramente haya que recurrir para que evalúe esta clara manipulación política que, desde luego, el nuevo Congreso de los Diputados debe investigar: no me refiero solo al uso de la sala de autoridades del aeropuerto, que debe llevar un riguroso registro público de entradas y salidas, sino algo aún más grave: “el aroma a pelotazo basado en valoraciones ajustadas a la baja, permanencia el tiempo estrictamente necesario y venta en bloque a futuro, a uno de los grandes internacionales que se contente con una tasa de rentabilidad más ajustada, es embriagadoramente hediondo”, en palabras de S. McCoy, analista de El Confidencial, en un clarividente artículo titulado: “Algo huele a podrido en la privatización de AENA”. ¿Saben quien fue el asesor financiero del proceso? La banca Lazard, cuestionada ya por el Gobierno británico tras la privatización de Royal Mail. ¿Y qué ha descubierto la Fiscalía Anticorrupción? Que la banca Lazard pagó 6 millones en una cuenta del Banco Cantonal de Zürich a… Rodrigo Rato, ya saben, el máximo ejecutivo de Bankia. Todos, al final, terminan en Suiza y Rajoy, claro, no da puntada sin hilo: no preguntes, Viki, no preguntes…

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