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Calima, incendios y coronavirus: el apocalipsis

Luis León Barreto

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Si a la mayor invasión explosiva de polvo sahariano le añadimos las salidas precipitadas al monte de los pirómanos de siempre, si sumamos la amenaza de que se vaya a consolidar una nueva pandemia universal, si incrementamos el desastre con los daños del viento en la agricultura, si sumamos los puertos y aeropuertos cerrados, tenemos la tormenta perfecta. Aunque vayamos con mascarilla se esparce el coronavirus aquí y allá como si se tratara de la nueva plaga bíblica y paralelamente los efectos del cambio climático los tenemos cada vez más presentes, en efecto en los inviernos ya no cae lluvia sino más y más arenisca, y cuando se combinan altas temperaturas y sequedad del ambiente los amantes del fuego salen en busca de los últimos pinares, las últimas reservas naturales, los postreros refugios de los pinzones azules. Saben que con viento fuerte será muy difícil el trabajo de extinción, saben que los hidroaviones tardan dos días en llegar y entretanto ellos disfrutan. El fuego que se esparce barranco arriba por lugares inaccesibles ejerce una fascinación hipnótica en los cerebros de gente ruin y de poco nos sirven las declaraciones de emergencia climática, algo así como un protocolo retórico. Dentro de cincuenta años ¿cómo será la vida? Disfrutarán nuestros descendientes de adelantos tecnológicos pero no les va a resultar fácil. España es uno de los países donde el deterioro medioambiental será más visible y estas islas antaño afortunadas podrían convertirse en unos eslabones del Sáhara, la única estación sería un largo verano tropical.

En 2015, los casi 200 Estados que conforman las Naciones Unidas aprobaron un plan de acción en favor del planeta, las personas y el progreso. La Agenda 2030 plantea 17 objetivos de Desarrollo Sostenible y ahora el gobierno español ha decidido sumarse a estos propósitos y esforzarse en alcanzarlos, lo cual no resultará fácil. Al vicepresidente Pablo Iglesias le han encomendado esa estrategia, que cuenta incluso con una Secretaría de Estado. Esto debería permitir que la Agenda 2030 disponga de presupuesto, potestad y un equipo de técnicos que se proponen diseñar la Estrategia de Desarrollo Sostenible. Pero llegamos tarde.

En estos momentos Canarias se enfrenta a meses de calor que se unen al enero más seco de las últimas cuatro décadas. Así lo prevén los mapas de la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet) para marzo y abril, de aquí hasta después de la Semana Santa tendremos semanas bastante problemáticas en el clima. Concretamente, las temperaturas que vienen tendrán un 45 por ciento de probabilidades de ser más altas de lo habitual, mientras que las precipitaciones tienen muchas probabilidades de situarse un 50 por ciento por debajo los valores normales. Determinamos que va a ser un trimestre caliente, resalta Víctor Quintero, director del Centro Meteorológico de la provincia tinerfeña, donde estadísticamente llueve más que en las islas orientales.

Se trata, entonces, de un indicio más del desastre climático, sobre todo en relación al aumento de temperaturas, tanto para Canarias como para el resto del país. Y es una situación que ya está pasando factura a la agricultura y la ganadería de muchas regiones. En relación a las precipitaciones, se trata de proyecciones más arbitrarias y puede ser que se cumplan o no. Pero muchos recordamos que cuando éramos niños caían aguaceros y hasta granizo en las ciudades de aquí. En todo caso, lo que está claro es que este es un punto de partida que indica que está ocurriendo un cambio profundo en la meteorología del Archipiélago, los vientos alisios están cambiando de rumbo, las nubes de lluvia se dirigen solo a los países del norte donde generan inundaciones, los agricultores sacan los tractores porque reciben poco por sus productos y todos sabemos que se ha comenzado muy tarde a abordar el compromiso de Naciones Unidas con los objetivos de la Agenda 2030. Si los glaciares se funden, si el nivel del mar sube y sube amenazando con anegar ciudades costeras, si hasta la Antártida está sufriendo los efectos del gran cambio, con temperaturas de 20 grados sobre cero en este mes de febrero, debemos pensar que España va a ser uno de los países más castigados por el calentamiento global. La desertización por un lado y las lluvias con inundaciones por otro confirman los efectos devastadores que podemos esperar en los próximos tiempos. Afirma la ONU que la calamidad climática afecta a todos los países, donde provoca un impacto negativo en la economía, en la vida de las personas y en las comunidades y, en un futuro, se prevé que las consecuencias serán peores. Con las señales que tenemos, no podemos pensar en un futuro apacible sino más bien lo contrario. La crisis medioambiental es uno de los tres objetivos de desarrollo sostenible en los que España se encuentra más retrasada, y las previsiones no auguran mejoras con el tiempo, sino un estancamiento.

El polvo sahariano penetra en Europa, en ocasiones ha llegado a la altura de Holanda y Alemania. A esto se une que el viento está soplando desde una vertiente sureste, al contrario de cuando sopla el alisio que es nordeste, arrastrando el polvo que proviene del Sahel. En este principio de 2020 la cantidad de lluvia apenas alcanzó el 10 por ciento de la cantidad esperada en la mayoría de lugares donde hay estaciones meteorológicas. La exigua precipitación acumulada en la estación meteorológica donde más ha llovido, los 46,8 metros cúbicos de Las Mercedes, apenas alcanza la mitad de lo esperado. En el norte de La Palma la lluvia es tan escasa que el embalse de La Laguna de Barlovento está vacío, los nacientes de Marcos y Cordero son testimoniales y en la Caldera de Taburiente hay flora que se está agostando, los muflones del Atlas que soltaron allí se comen las mejores plantas y para las otras hay que llevar cubas de riego. En cuanto a las temperaturas, en este invierno casi hemos llegado a los 30 grados. Por último, añadir que a la tormenta perfecta se puede añadir la circunstancia de que si Donald Trump gana otra vez las elecciones se consolidará el supremacismo blanco, la negación al cambio climático y la fe ciega en el creacionismo: Dios nos hizo tal como somos, sin que fueran precisos los primates ni la evolución de las especies. La puritana Norteamérica se saldrá con la suya. Y olé. 

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