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Gemma Ubasart i Gonzàlez

Profesora de ciencia política de la Universitat de Girona. Vicedecana académica y de comunicación de la Facultad de Derecho.

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Arrimadas tiene futuro… si hace política (y se deja de activismo)

Ciudadanos nace en Catalunya en las elecciones de 2006, en pleno tripartito, presentándose como un partido mono- issue que se enfrenta al consenso catalanista que compartían la mayoría de fuerzas políticas del país. Resulta fundamental su rechazo a las políticas lingüísticas desarrolladas a partir de la primera legislatura dónde se apuntalan los fundamentos del autogobierno.

La mayoría de sus integrantes procede del entorno socialista. Una década después, el salto a la arena estatal de Ciudadanos se produce en un contexto diverso: Podemos ha irrumpido en el escenario político y electoral (5 eurodiputados en las elecciones europeas); la crisis económica y su gestión mediante políticas de austeridad ha afectado a las vidas cotidianas de las clases medias y populares, sobre todo en los y las jóvenes; y la corrupción ha embrutecido (y más que lo hará) al Partido Popular.

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La Crida ha llegado para quedarse… aunque aún no sabemos cómo

El pasado sábado se presentaba en Manresa la “Crida per la República”. De la mano de Carles Puigdemont, Quim Torra y Jordi Sánchez, nace una propuesta política que tomará la forma de partido pero que se plantea más como un movimiento sociopolítico, con voluntad de transversalidad y apelando a la unidad independentista.

Se trata de una apuesta que combina ingredientes del “momento populista”, a lo Chantal Mouffe, dicotomizando (nosotros/ellos) y movilizando pasiones alrededor de un único objetivo; con una cierta nostalgia del proyecto convergente de los ochenta y noventa (con un proyecto de nacionalización fuerte) que acabó identificando a Jordi Pujol con Catalunya y catalanismo. Hubo ya intentos previos: del proyecto de “Casa gran del catalanisme” post-tripartido hoy llega la “Crida per la República” post-procés.

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El precio de la distensión

Este fin de semana, Colau propuso en público un pacto para aprobar los presupuestos del Estado, catalanes y de Barcelona recurriendo a la mayoría política que echó de la Moncloa a Rajoy. Eso es, un acuerdo entre PDeCAT, ERC, socialistas y Comuns-Podemos. Sin independentistas no pueden salir adelante las cuentas del Estado. Y sin la colaboración de Catalunya en Comú y/o PSC difícilmente se conseguirá un presupuesto en la Ciutadella. Con ello se buscaría dar un cierto nivel de estabilidad a las instituciones públicas, en sus distintos niveles territoriales, en un momento de excepcionalidad y transitoriedad. Interdependencias aritméticas pero también políticas.

Republicanos y socialistas se apresuraron a responder negativamente a la propuesta de la alcaldesa de Barcelona. Pero lo cierto es que en los hechos los diversos actores citados están trabajando para acercar posturas. Tanto en Madrid como en Barcelona se allana el camino para el entendimiento. El pasado 2 de octubre, JxCat, ERC y Comuns (con una aceptación tácita por parte del PSC) aprobaban el procedimiento para suspender temporalmente los diputados encausados y cumplir la interlocutoria de Llarena. Se abría así un nuevo marco de actuación de geometría variable en el Parlament. También resulta remarcable la respuesta que obtuvo el president Torra a su ultimátum al presidente Sánchez por parte de los partidos independentistas: Rufián (ERC) y Bonvehí (PDeCAT) dejaban claro que su apuesta era seguir explorando las potencialidades del nuevo escenario abierto a partir de la moción de censura al Partido Popular.

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Podemos o la necesidad de ensanchar la falla del 15-M

El acontecimiento que define las elecciones del 25-M no es la exigua victoria del Partido Popular ni la amarga derrota del Partido Socialista, sino la irrupción de una nueva fuerza política que con solo cuatro meses de existencia ha hecho temblar los cimientos del bipartidismo español, obteniendo más de 1,2 millones de votos y modificando la lógica del sistema de partidos tal y como la habíamos conocido hasta ahora. La aparición de Podemos como nuevo actor socio-político representa una de las muchas réplicas del terremoto 15-M, trasladando a la arena electoral los embates sísmicos impulsados previamente por la PAH y las Mareas en el terreno social. A diferencia de un terremoto, las réplicas tienen una doble característica: la de poder causar más daño, porque los cimientos estructurales ya han sido afectados, y la de poder repetirse mientras se mantenga viva la energía sísmica que las impulsa. Por este motivo, mientras continúe el austericidio, el malestar y la indignación ciudadana, una apuesta como la representada por Podemos solo puede crecer y ganar, tal y como evidencian los últimos sondeos post-electorales.

Tal amenaza ha puesto en guardia a los opinólogos y voceros del régimen que han alzado sus voces salvíficas. Sin embargo, su débil argumentario ha evidenciado una vez más su incapacidad para entender la novedad y profundidad del desafío. Así, las distintas estrategias ensayadas para erosionar su creciente popularidad (la demonización de sus propuestas políticas, la caricaturización de sus liderazgos y los intentos de criminalizar sus prácticas) se han mostrado ineficaces y contraproducentes -igual que sucedió con el 15-M y la PAH-, contribuyendo a aumentar la simpatía e ilusión por un proyecto que tiene por finalidad generar una mayoría social proclive al cambio que nos permita visualizar un más allá de las ataduras de la transición. Cada una de sus intervenciones -desagradables y poco elaboradas en la mayoría de veces- les ha retornado con un efecto boomerang.

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