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Qué parón

Es una catástrofe. Qué parón. El coronavirus se extiende produciendo estragos sanitarios y obligándonos a detenernos en seco, como si se tratase del mandato clarividente de un filósofo o de un asceta.

Si íbamos muy rápido, ahora iremos necesariamente lentos. Si éramos “líquidos”, ahora nos haremos sólidos. Si estábamos disgregados, ahora volveremos al ser —del “estar” al “ser” irremediablemente—. Si estábamos rematadamente perdidos como sociedad, la amenaza del cataclismo jerarquizará de nuevo, por la fuerza, nuestros valores. Si atendíamos a los cantos de sirena del pensamiento débil (el nihilismo posmoderno), confiriendo importancia a lo que no la tiene en absoluto, ahora habrá que buscar dónde se encuentra lo que sí importa absolutamente. Si pensábamos que China aspiraba a ser como nosotros, ahora podríamos vislumbrar que acaso ninguna sociedad quiera para sí nuestra debilidad moral de los últimos tiempos. Si no nos esforzábamos, ahítos de arrogancia, ahora sabemos que vamos por detrás y somos de una fragilidad pavorosa. Si diluíamos nuestra cultura mediante molestos debates de lo superfluo y accesorio, convirtiendo la literatura en mera propuesta de valor de cuestiones identitarias y nichos de consumo desvalorizados, es de esperar que ahora nos lo pensemos dos veces. Si lo identitario se enseñoreaba como perentorio, produciendo la exclusión de lo mayoritario y confiriendo a las minorías ofendidas el poder de excluir y proscribir, ahora habrá que convenir que no es lo minoritario e identitario lo que nos incluye a todos. Si la ñoñería, la inmadurez, la mala educación habían alcanzado las más altas cotas de poder, ahora, en peligro, no nos quedará otra que clamar por dirigentes maduros, bien educados, capaces. Si los errados habían adquirido patente para actuar en perjuicio de todos, acaso en este momento los miremos con lupa y desentrañemos la naturaleza peligrosa de sus sandeces. Si la revolución con sus utopías estupefacientes nos estaba separando de la razón y la verdad, es posible que ahora bajemos los balones al liso terreno de juego. Si, como sociedad, más que la vida, nos obnubilaba el dinero y la acumulación de bienes y cosas,  este tal vez sea el punto de inflexión para nuestra contrición, en presencia de algo más valioso. Si todo valía y daba igual o era lo mismo, esta amenaza nos ha impulsado al estadio en que vale más lo que atesora un valor mayor. Si vivíamos desresponsabilizados y lo considerábamos guay, asombroso, atractivo, ahora al menos aborreceremos hasta cierto punto a los irresponsables, y hasta les llamaremos la atención y los pondremos en su sitio. Si habíamos leído a Foucault, a Barthes o a Derrida con la sibilina intención de instrumentalizarlos e idear cómo modificar la sociedad a nuestro antojo, mediante caprichosas y tóxicas minucias culpógenes, tal vez desde ya comprendamos que somos un poco menos dioses de lo que creíamos. Si la posverdad nos marcaba el paso, es posible que estemos a punto de comprender la importancia de que la verdad vaya por delante. Y si nuestra tiquismiquis ingeniería social, el activismo identitario y las políticas victimistas nos parecían el colmo de la sofisticación y la llave del futuro, tal vez ahora hagamos caso a los que nos enseñan que la vida va de otra cosa, pesa de otra manera, es sofisticada de verdad.        

La crisis vírica es el caos, y, sin embargo, atesora propiedades que son propias de la resistencia a la entropía. Es un producto catastrófico —thanatos—. Nos pone en peligro y resultará devastador para la economía. Muchas personas han muerto ya y otras muchas están muriendo o morirán. Casi todos nosotros enfermaremos. El coronavirus es cosa mala. Nos abismamos. Me asombra que, ni siquiera así, su mal sobre nosotros sea el absoluto.

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