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Nicolás Melini

Nicolás Melini (La Palma, 1969). Escritor, ha publicado novelas como ‘El futbolista asesino’ y ‘La sangre, la luz, el violoncelo’, libros de cuentos como ‘Pulsión del amigo’ y de poemas como ‘Cuadros de Hopper’. También es cortometrajista, ha realizado ‘Mirar es un pecado’, ‘Hijo’ y ‘Bucarest 2005’. Colabora en diversos medios haciendo política, crítica de cine y literaria.

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Este escritor sí que es un ser humano

El último día de Terranova, Manuel Rivas (Alfaguara) 

Los lectores de Manuel Rivas estarán de acuerdo conmigo en que se trata de un autor que se muestra persona en sus libros. Y esta es, aunque parezca mentira, una extraña cualidad. La gran mayoría de las novelas que leemos son mucho menos sensibles, más desalmadas que las de Rivas. O será que las de Rivas, salvando cualquier posibilidad de sensiblería por medio de un gusto fabulador exquisito, atienden a los personajes y su naturaleza (positiva o negativa, según el caso) con el maniqueísmo propio de quien denuncia moralmente los desmanes de los más fuertes y se compromete éticamente con el sufrimiento de los más débiles. El sesgo está claro. Y es uno de los sesgos posibles: la realidad, por desgracia, nos demuestra continuamente hasta qué punto lo es, si bien esta misma nos demuestra que otros sesgos también lo son.

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Perderse en la soledad

La soledad de los perdidos, de Luis Mateo Díez (Alfaguara, 2015) 

Ambrosio Leda tiene que huir, dejando a su mujer y a su hija de 7 años, porque va a ser encarcelado (“depurado” por cuestiones políticas), y se refugia en un lugar a medio camino de ningún lugar, no demasiado lejos, pues piensa que más bien cerca es donde no lo buscarán. El lugar es fantasmagórico, la Ciudad de Sombra. Se diría que se encuentra fuera del tiempo y del espacio. Ambrosio Leda vaga por esta ciudad como una sombra más y a cada paso se encuentra con personajes de extrañas cataduras en situaciones surrealistas, grotescas, absurdas, oníricas, divertidas, patéticas, fantásticas.

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El cuento

Hay un nuevo cuento que es cuento viejo, y viceversa. Lo que no se aguanta en el cuento es el mal cuento. Ese es imperdonable y lo hay de toda clase y angostura. El bueno, si bueno, dos veces nuevo. La verdadera novedad no suele notarse. La novedad es indolora, pilla al lector desprevenido y fascinado. Extrañado. Lo marciano ni extraña, y nada conmueve; lo marciano es desconexión y, por lo tanto, vacío sin hilo, náusea (O no, si aún en lo marciano queda algo de hilazón, que es la antigüedad de toda literatura).

Podríamos encontrarnos en ‘la era del postcuento’, pero dice uno que habría de ser, más que post, post post —doblemente o al cuadrado, o sea post²—, porque con un solo post aujor d'hui no basta. El cuento soporta mal nuestro dogma. Esa es su ambivalencia fuerte de género grande. Uno puede decantarse por un cuento último, futuro, pero el mero decantamiento resultará dogmático. Y todo dogma llama al dogma. Se multiplicarán acólitos y contrarios como en un milagro de panes y peces: total, para mantener el dogma a raya, para deshacerlo, licuarlo y hacerlo fluir hacia los ríos que van a dar a la mar. Toda religión crea sus propios ateos. El cuento español es uno, grande y libre en su provincianismo, que se pretende ajeno (sin decirlo y disimulando) a la amplitud del cuento en español. No es endogámico el cuento español, sino endogmático. A mí me gustan Jon Bilbao (que no es amigo ni “amigo” mío), Juan Bonilla y el Eloy Tizón de Parpadeos. Ricardo Menéndez Salmón y lo que tengo leído de Eduardo Halfon y Antonio Ortuño, por ejemplo. Sáez de Ibarra es una autoridad en esto del cuento español, porque en lo que dice del cuento no se confunde autoridad con autoritarismo.

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Café Comercial

Supe del cierre del café Comercial, el lunes pasado, poco antes de dirigirme a otro de los cafés de Madrid, el Gijón. Aunque se me había hecho tarde para acudir a “las lentejas” de ese día y ya había descartado ir a comer allí, en el último momento, me llamó Anelio Rodríguez Concepción, que estaba de paso por Madrid, para que nos viéramos esa tarde; le comenté que aún llegábamos al café (al puro, a la copa de la sobremesa) de “las lentejas”, que alguna de la gente que se da cita en el Gijón deseaba conocerlo, y quedamos allí a las 15.30h. Aplacé, pues, el impacto de la noticia del cierre del Comercial –el estupor—, y allí me fui con mi hija de 9 años, que es una santa y se dedica a leer (y los escritores se lo celebran y hasta se lo jalean, ¡lee, mi niña!) mientras en la mesa se parlotea durante horas; en esta ocasión y en algunas otras, hasta las 20.00. Ese lunes fue uno de los días concurridos de “las lentejas”, aunque echamos de menos a Pepe Esteban; estaban por supuesto Juancho Armas Marcelo y Juan Carlos Chirinos, y también Jorge Edwards y Carlos Franz, además de Anelio Rodríguez Concepción y yo (cito sólo a los escritores, pues había más gente); otras veces van Jorge Eduardo Benavides, Ignacio del Valle, Ernesto Pérez Zúñiga, Fernando Sánchez Dragó, Pedro Crenes, el traductor japonés Ryukichi Terao o Elsa López (estos dos cuando se encuentran en Madrid). He coincidido allí con José Luis Torres Vitolas, con Fernando Rodríguez Lafuente, con Juan Carlos Méndez Guédez, con Marcelo Luján, con Paula Izquierdo, con Raúl Tola, y un largo etc. El café, la tertulia, el encuentro de escritores goza de buena salud. Esa es la buena noticia, la mala es que ha cerrado el café Comercial.

Cuando llegué a Madrid en 1993, el Café Comercial se convirtió, muy pronto, en el lugar en el que quedábamos algunos alumnos de la Escuela TAI para proponernos guiones que realizar en las prácticas de rodaje, para planificar dichas prácticas o discutir los detalles nimios de producción o montaje. Por entonces, sentado en una de las mesas del centro de la pared lateral, solía encontrarse el filósofo Javier Sádaba. Yo había leído alguno de sus libros y, la presencia de un escritor al que has leído, aunque no lo trates, aunque apenas sí lo conozcas, hace más cálidos los lugares. Y eso era el Comercial, entre otras muchas cosas, un lugar en el que verse continuamente acompañado por personas que escriben, actúan, hacen periodismo, dirigen teatro, dirigen cine, fotografían, pintan, hacen música…

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El rapto de Europa (o Grecia)

Yo no creo que Europa sea inocente en la crisis griega.

Los líderes europeos podían haber dicho “no” a la incorporación de Grecia. Pero la querían dentro, a pesar de que sabían que era un desastre de país, mal gobernado por una élite irresponsable y muy corrupta. Quizá pensaron, ¿vamos a dejar fuera del “tren del capitalismo del futuro” a la “cuna de la cultura occidental”? Mal asunto. ¿Nosotros a una y Grecia a otra, a parte? No, Grecia tiene que entrar, y ya la meteremos en vereda.

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Ahora ya es ayer. Los fragmentos encontrados

3 de febrero de 2015

Si mencionamos la mutilación genital femenina en el Kurdistán, nos horrorizamos, ponemos el grito en el cielo y demonizamos a madres, hijas y toda la sociedad kurda; si esas mismas mujeres empuñan un arma, luchan y expulsan de su territorio al Estado Islámico, cantamos su hazaña de orgullo feminista (y es de sospechar que ni siquiera asociamos ambas informaciones).

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Los negros. Esto es Madrid

 El farolillo le danzaba la sombra.

Ignacio Aldecoa

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En la era del Islam Mcguffin

7 de enero de 2015. Día de los atentados:

El horror del fanatismo criminal. Y en medio un montón de gente inocente, víctimas. Pero no nos engañemos, no es religión, o no solo, es política. Lo que el terrorismo pretende es sembrar el odio y abonar el terreno para que se creen dos bandos bien enfrentados, que no nos quede más remedio que el enfrentamiento. Ese sería su poder, los haría mucho más poderosos. Son unos verdaderos malnacidos, y los que se les oponen con virulencia muchas veces también persiguen empoderarse, hacer política... para ganar adeptos y ser poderosos. Esta lucha política beneficia tanto a los radicales islamistas como a Marine Le Pen y un largo etcétera de grupos que hacen política islamófoba. Ninguno de ellos nos quiere bien, van a lo suyo. No hay problema, el problema es que ellos quieren el problema porque les conviene. La respuesta adecuada es con las leyes en la mano. Justicia.

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Sr. Profesor El Hadji Amadou Ndoye

Es extraño para mí hablar sobre El Hadji Amadou Ndoye. Comienzo a escribir esto sentado junto a un butacón en el que él se sentó alguna vez, en casa, en Madrid, y nunca pensé que me encontraría en esta tesitura, y menos tal día como hoy, en 2013, tan pronto. Como bien saben, el profesor Ndoye falleció –aún no se había jubilado de su trabajo del Departamento de Español en la Universidad Cheik Anta Diop de Dakar—, demasiado joven, a los 65 años de edad, aún no hace 1 año.

Cuando pienso en él y entrevero su gesto, su forma de hablar y estar, comprendo que El Hadji Amadou Ndoye era un hombre reflexivo, así como portador de una honorabilidad y una bonhomía que, tras haber conocido a muchos senegaleses, me resulta familiar, aunque en su caso estas llegasen algo más lejos debido a su educación y su claridad de principios. Hundía sus raíces, a conciencia, en su país, al mismo tiempo que se comportaba como avanzadilla de este que mira hacia fuera, y alcanzó a participar en el ámbito español hasta el punto de hacerse acreedor, por ejemplo, de este homenaje. Todo ello le convertía en un senegalés clásico en muchos aspectos, pero, también, en un senegalés tremendamente moderno, y, finalmente, en un ser excepcional.

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El ilusionismo escapista de Miguel Antonio Chávez

Sobre Conejo ciego en Surinam, de Miguel Antonio Chávez (Literatura Mondadori, Bogotá, Colombia, 2013)

Un conejo nos habla: hasta ahí, todo normal.

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