La soledad de María
Cuando la cultura es viva, está en los libros, en el teatro, en los conciertos, en el cine, de una manera libre y espontánea, sin necesidad de instancias, ni recomendaciones. En La Palma, por suerte, con la creación de escuelas de música, teatro y danza, tanto a nivel insular como municipal, se ha demostrado que no existe la sequedad creadora que apreciamos en otros lugares que presumen de su importancia en base a una mayor entidad poblacional. Cierto que en estos municipios utilizan el dinero destinado a la cultura para organizar conciertos, más de uno mediocre, con artistas foráneos, olvidando la identidad cultural propia. Luego, en tiempos de crisis y con una cultura agonizante, pretenden recurrir a lo que ya no tienen o, si lo tienen, carece de la calidad suficiente para contentar a un auditorio.
En Santa Cruz de La Palma, con algunos altibajos, todavía podemos jactarnos de ir contracorriente, y, cuando para temas culturales la burocracia crece, podemos alardear de que la imaginación no muere. El sábado estuve en la parroquia de El Salvador para asistir al estreno de la pieza teatral “La Soledad de María”, en el marco del XIV Concierto de Semana Santa de la Banda de Música San Miguel. No tengo interés alguno en hablarles del guión, basado en los cinco misterios dolorosos, a las puertas de la Semana de Pasión, sería un acto de presunción y engreimiento por mi parte, cuando mi cometido fue sólo engarzar versos ajenos y propios, orientados a crear una atmósfera inherente al tiempo religioso que vivimos. Pero ser el autor del guión me legitima para reconocer las cualidades de quienes lo interpretaron, logrando que un mensaje, aparentemente sencillo, alcanzara momentos dramáticos tan emotivos como los del último misterio.
La puesta en escena de la Escuela Municipal de Teatro, bajo la dirección de Carlos de León, engrandeció el texto, los personajes principales, María y Juan, interpretados por Alicia Fernández y Javier de León, sorprendieron gratamente a este amante apasionado del teatro, Alicia, con momentos conmovedores en que el rol de la madre nos ensombreció el alma y nos aceleró el pulso y los latidos del corazón. “Tengo, Hijo Mío, los sentidos presos / para siempre unidos a tu cuerpo Santo. / Quiero mojar tu rostro con mi llanto, / ya que no pude secar tu llanto con mis besos”.
Impecable y singular fue la participación del resto del elenco teatral y de la Escuela de Danza, seguros en el gesto y el ritmo, y conscientes también de la ambientación y el espacio. Algo extraordinario, milagroso tal vez, se palpaba en el aire. Las intervenciones de la Banda de Música, dirigida por Gabriel Rodríguez, fue reflejo fiel del espíritu que emana de la fecunda historia de esta agrupación. Marchas procesionales de Emilio Cebrián (Macarena), José Luis Peiró Roig (Al amigo entrañable), Pérez Ballester (Tan linda), José Vélez García (Jerusalén y El Evangelista) y Francisco González Ferrera (Recuerdo a los muertos). En algunas de ellas, la Banda de la Cofradía “La Pasión” fue el aditamento para un acabado perfecto. La coordinación general se debió a un tal Felipe Marante, un sobrino aventajado en labores organizativas y en esa tarea de unir a grupos y personas que, paradójicamente, siempre resultó harto difícil en comunidades pequeñas como la nuestra.
En resumen, que, aunque la tendencia actual de la cultura, ante la falta de subvenciones, es de empobrecimiento general, eso sí, un empobrecimiento bien repartido para que nadie se sienta injustamente tratado, el último fin de semana gente de nuestra cultura nos sorprendió gratamente. Siempre aparecen los osados vocacionales, capaces de agudizar el ingenio y hacer “el boca a boca” a un sector agonizante, para alentar y enriquecer durante hora y media, el espíritu de aquellos que llenaron la parroquia de El Salvador, Los “políticos de la cultura” que piensan en “dar para recibir”, han comprobado que, a veces, basta una “mínima generosidad”, para que ésta, nos sea devuelta con creces.
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