Hilvanes de la Bajada de la Virgen
Fui Luisito, Luis y don Luis para las personas que intervinieron en sucesivas Bajadas (tengo más de 15 lustros, según cómputo de las Fiestas) y admiro a historiadores y cronistas porque apenas podría decir más de pasadas Lustrales: tal es la miseria de memoria que vegeta en un servidor de ustedes. Aprovecho este amable rincón para salvar menudas circunstancias, inevitablemente personales, donde aparecen ciertos nombres que no debieran ser olvidados.
Los Santos, desde el ilustre médico y entomólogo Elías Santos Abréu, que compuso partituras para la Bajada de la Virgen. Su hijo, Elías Santos Rodríguez, me distinguió con una amistad profunda pese a la diferencia de años. Compuso numerosos “Carros” para la Bajada de la Virgen, entre ellos uno de texto mío (“Paz de María”, 1950); los Carros de don Elías eran de factura musical superior a los hasta entonces habituales; los números corales revelaron su experiencia de fundador y director de la “Masa Coral de La Palma”; sus melodías eran fáciles, muy gratas, bellas en todo caso. Hermano de este Don Elías fue Domingo Santos Rodríguez, autor de muchos coros de “Enanos” y, sobre todo, de la célebre e inmarchitable polca; su hijo, Domingo Santos García, continúa la creación musical de su padre relativa a los “Enanos”. Nieta de Elías Santos Rodríguez, María Nieves Santos Gómez ha intervenido en Bajadas como Directora de la Masa Coral de La Palma; es hija de mi hermano-amigo Elías.
Elías Santos Pinto, Manuel Henríquez Pérez y yo fuimos, desde pequeños, hermanados por la música y, en especial, por la música de las Bajadas de la Virgen, en la que nos introdujo Manolo porque su padre, Emiliano Henríquez, tocaba flauta en las entonces pequeñas orquestas de las Bajadas: me refiero a la de 1940, que presentó un Carro compuesto por Elías y Domingo Santos Rodríguez, cuyo estilo y cuya letra sintonizaban con la circunstancia triunfal y militar del momento. Manolo era descendiente de “los Henríquez”, célebres músicos palmeros, el más importante de ellos Alejandro Henríquez, autor de la “Loa” que aún se interpreta a la llegada de la Virgen a la Plaza, tras la cual ingresa en el sacro templo; escribió Manolo numerosas letras de Enanos, y colaboró desde el Ayuntamiento o desde la Ciudadanía, de una manera tenaz, honesta,constante y desinteresada, en sucesivas celebraciones lustrales. Elías compuso un Carro (1970), en el que colaboré, con texto de Gabriel Duque y Luis Ortega; la música de Elías supuso un nuevo avance: dada esta circunstancia y la categoría del texto, es una pena que no se reponga este Carro. Elías Santos Pinto murió prematuramente en 1983 y Manolo diez años después. En la presente Bajada (Semana Grande) se estrena la segunda parte de la Elegía que compuse para Elías (audición de entonces en el Circo de Marte, dirigida por su hija María Nieves); esta segunda parte, a la memoria de Manolo, será interpretada por la Orquesta Sinfónica de la Bajada de la Virgen dirigida por Isabel Costes.
Ya como autor de música o texto, y siempre por el irreductible empecinamiento en la Bajada, tuve relación con Don Félix Martín Pérez (maestro Castilla) diseñador y constructor durante varios lustros de un tipo de “carro” muy personal, con base en madera, cartón y yeso, acertada iluminación y curiosos mecanismos de aparición de personajes o imágenes; el trato con don Félix era ameno, instructivo (de él aprendí que el sosiego estaba antes que la Bajada de la Virgen), con notas del humor palmero hoy difícil de encontrar; no se apuraba por nada y por nada dejaba el puro.
Mi quehacer lustral me relacionó con un sacerdote, don Victor Cardin, discreto, también impenitente fumador de puros, perteneciente a la curia del Obispado lagunero en un departamento que estaría relacionado con “la doctrina de la fe”. Por aquel entonces (1955) yo había acudido al concurso de texto de carro que, por única vez en la historia lustral, había convocado el Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma. A poco de ganar el concurso fui denunciado ante el Obispado por supuestos errores de fe; recuerdo apenas la relación de “herejías”, pero sí que nada más empezar aparecían las acusaciones:
“Dios es Dios. Dios es quien es.
De su letargo profundo
surgí yo, Piedra, después.“
Dios no estuvo nunca aletargado. Tenían razón. Pero no fui condenado (¡hubiera sido una extemporaneidad preciosa!): don Víctor era un sacerdote con buen sentido y no hubo manera de continuar el juicio; las sesiones donde me “inquiría” tenían lugar en “El Refugio”, un café de La Laguna donde él tomaba solo, yo cortado y, ambos, puros. La corporación municipal llegó a un acuerdo conmigo: me darían el importe del premio y no se representaría mi carro “Asieta”.
Allá por 1944 vivía en Madrid y recibí el encargo de componer texto y música de un ballet ambientado en jardines versallescos para representar el miércoles de la Semana Grande de la próxima Bajada (1945). La idea era de un grupo de amigos, hoy fallecidos: Alberto Fernández García, Argelio Pérez Algarrada, Álvaro Rodríguez Fernández, Celestino Cabrera, Celio Díaz. Yo vivía de pensión (16 pesetas diarias, pensión completa sin derecho a piano). Sí tenía piano en Madrid el amigo de casa y melómano don Francisco Aciego de Mendoza; allí di la lata hasta que nació el primer “Minué”, que titulé “Minué, Romanza y Coro”; envié la partitura de piano y voces a La Palma y, con poco tiempo, creo que encargaron su instrumentación según existencia en plaza: flauta, 2 clarinetes, saxo si bemol, 2 trompetas, trompa, 2 trombones, 2 violines y contrabajo (cito esto porque hubiera sido buen precedente condicionar los instrumentos a “la existencia en plaza”; condición que sólo se sigue en el caso de los Enanos, gracias a Dios).
Reajusté el título según el deseo de sus creadores cuando compuse el segundo minué (1955): “Festival del Siglo XVIII”. Lo instrumenté para una orquesta ligeramente más amplia. Compuse el resto de minués en 1980 (“Minué de los Aires en Re”), para orquesta sinfónica completa, coro mixto, cuarteto solista y coro de niños, y en 1990 (“Minué del Santo Domingo”) para orquesta sinfónica completa, coro mixto y coro de niños.
Muchas han sido las personas que, a lo largo de lustros, han colaborado desinteresadamente en la coreografía, vestuario y escena del minué; todos recordamos a Maica Lerín, que dirigió por algunos lustros el baile, ya fallecida: su saber, su bondad, su educación exquisita constituyó seguro fundamento de un número que, poco a poco, va cobrando carácter tradicional. Al llegar al punto donde es prudente concluir me doy cuenta de que estos hilvanes quedan incompletos. Surgen, incluso en mi pobre memoria, otros nombres, todos ellos dignos de ser recordados y de ser reconocidos como colaboradores desinteresados de las Bajadas. Tal vez no debiera haber intentado estos hilvanes. O, a pesar de la desabridez de lo incompleto, tal vez sí.
Luis Cobiella (1925-2013)
Junio 2000
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