La Gorgona
El Cantábrico amanece con ese color de plomo fundido que precede a las grandes tormentas, un gris denso y acorazado que exige un respeto inmemorial a quienes lo contemplan desde la orilla. Frente a un ventanal inmenso, la mirada de una mujer de edad insondable se clava en el vaivén inagotable de la espuma que muerde los arrecifes de Biarritz.
Desde esa altura, la vista es un privilegio absoluto, un balcón suspendido sobre la furia del océano. Al fondo, desafiando la embestida de las olas, se alzan las rocas oscuras, testigos mudos de aquella leyenda que los viejos del Puerto Viejo aún susurran cuando la galerna aprieta contra los tejados. Cuentan las crónicas saladas que, hace ya muchos siglos, una tripulación regresaba eufórica remolcando el cadáver colosal de una ballena, embriagados de sal, de triunfo y de una soberbia temeraria.
En su arrogancia de hombres victoriosos, cometieron el error imperdonable de burlarse de una sirena que descansaba en la costa. Ignoraban, pobres diablos, que la vanidad es un pecado que el mar jamás perdona. La criatura, en un estallido de cólera divina y ancestral, se transformó en una Gorgona de cabellos reptantes y mirada letal. En un solo instante, bajo la luz espectral de la luna, la carne viva se hizo piedra: la ballena quedó petrificada para siempre en la inmensa mole del Boucalot, y los insolentes marineros fueron condenados a ser los peñascos del Cucurlon y el Gamaritz. Una geología pura del castigo.
Siempre resulta fascinante esa idea de la petrificación no como un final abrupto, sino como una condena a la permanencia, a ser espectador inamovible de un mundo que fluye mientras el propio cuerpo se queda clavado en el tiempo. La mirada de la mujer sigue el rastro de unas gaviotas que planean en círculos sobre el peñasco del Gamaritz, ajenas al castigo mitológico de aquellos hombres de piedra. Es fácil volar, parece pensar, cuando no se tiene arraigo, cuando el viento te sostiene en lugar de empujarte hacia el abismo.
Abajo, en el paseo marítimo, la vida sigue su curso con la ligereza impune y casi cómica de los sábados de invierno. Una pareja joven camina abrazada, luchando torpemente contra las ráfagas heladas que les enredan el pelo y amenazan con arrancarles las bufandas en una coreografía desordenada. Más allá, un perro color canela corretea enloquecido detrás de una pelota amarilla que acaba perdiéndose entre la arena húmeda y los restos de algas cobrizas. Todo ahí fuera es movimiento constante, fricción desmedida, sangre caliente latiendo bajo gruesos abrigos de lana y pasos apresurados que no dejan huella permanente. La mujer los observa desde su atalaya de silencio, como quien asiste a una obra de teatro en la que ya no le permiten participar, sintiendo una compasión teñida de melancolía por esa vulnerabilidad tan efímera ante el clima.
La mitología no solo castigó a aquellos marineros; a veces parece que su mirada se extendió, silenciosa, sutil y despiadada, sobre toda una generación de mujeres. Ellas también fueron endureciéndose poco a poco, milímetro a milímetro, en un proceso de erosión clandestina. Primero se le anclaron los pies al suelo, asumiendo el deber de sostener el peso abrumador de las casas, de los maridos ausentes o presentes, de los hijos que crecían despacio, de las crisis económicas y de los lutos guardados en cajones oscuros. Luego se les calcificó el pecho, para que los golpes imprevistos de la vida rebotaran sin llegar a romperles el frágil engranaje del corazón. Se hicieron de granito por pura supervivencia, levantando muros de carga invisibles, renunciando a sus propios anhelos para evitar que el techo cotidiano se desplomara sobre las cabezas de los suyos. El heroísmo anónimo de quienes sostienen el mundo a costa de volverse estatuas de sal y sacrificio.
El cristal de ese ventanal es grueso, tan perfecto en su ingeniería moderna que anula por completo el rugido salvaje del mar. Es un silencio absoluto, un vacío acústico que, en lugar de otorgar paz, zumba en los oídos con la terquedad de un insecto de verano atrapado en un frasco. La mujer apoya la yema del dedo índice, nudosa y temblorosa, en el vidrio. Está helado al tacto, pero en el interior la temperatura es de una calidez perenne, primaveral, casi opresiva. No hay corrientes de aire furtivas que inviten a la aventura, no hay olor a salitre, ni a bajamar, ni a tierra fértil mojada por la lluvia.
El aire que se respira en esa estancia tiene un matiz muy distinto, dulzón, químico, asépticamente triste. Huele a ropa de cama lavada a altas temperaturas por manos desconocidas, a jabón de lavanda industrial y a puré de verduras hervido sin una brizna de sal. Es un aroma diseñado en algún despacho para no alterar el pulso, para adormecer suavemente los sentidos de quienes aguardan en la antesala del olvido. A través del cristal, el sol de la tarde empieza a declinar, tiñendo el cielo de un violeta cansado que arranca destellos dorados a la espuma de las olas. La luz incide entonces de forma oblicua, y durante un segundo revelador y terrible, el espejismo del mundo exterior se desvanece. El ventanal deja de ser un mirador imperial y se convierte, implacablemente, en un espejo.
Y ahí está, expuesta bajo la crueldad de la luz, la verdadera Gorgona. La figura que devuelve la mirada no es la dueña altiva de una mansión costera que contempla la inmensidad de sus dominios. El reflejo muestra un rostro surcado por el cansancio de las décadas, un mapa topográfico de arrugas donde cada línea profunda es el testimonio de una batalla ganada a costa de la propia juventud. Detrás de ella, flotando sobre la imagen superpuesta del mar embravecido, se perfilan los contornos exactos de la habitación.
No hay maderas nobles ni grandes bibliotecas, sino un suelo inmaculado de linóleo antideslizante, una cama articulada con las barandillas metálicas subidas y un sillón geriátrico forrado de vinilo celeste. En la pared, un botón rojo de emergencias parpadea intermitentemente, recordando a cada segundo la humillante fragilidad de la dependencia. Las manos de la mujer reposan sobre el regazo, deformadas por una artrosis que avanza con la misma implacabilidad geológica que transformó a la ballena en roca. Sus articulaciones son ahora sus propios arrecifes, rígidos, doloridos; nudos que ya no sirven para tejer ilusiones ni para acariciar una mejilla infantil.
Está en la tercera planta de una residencia de ancianos, en un balcón hermético que la protege de la intemperie mientras la separa definitivamente de la vida. Los hijos, esos barquitos frágiles por los que ella se convirtió en faro y rompeolas, navegan ahora por sus propias mareas, enviando de vez en cuando fotografías sonrientes, ignorando que la piedra también sufre el frío en su núcleo más íntimo. La soledad allí no es un retiro poético, sino el zumbido eléctrico del fluorescente en el pasillo, el sonido rítmico de los zapatos de goma del personal sanitario y la melancolía asfixiante de esperar la bandeja de la cena. El mito cuenta que la Gorgona petrificaba a quienes la miraban, pero nadie explica el dolor inmenso, silencioso y humano de ser uno mismo la estatua, atrapado en un cuerpo que ya no responde, mirando un mar inmenso que promete fugas inalcanzables mientras la tarde, lenta e inexorable, se apaga.
Sobre este blog
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