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Viento del Norte es el contenedor de opinión de elDiario.es/Euskadi. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.

El zoco

Costaleros en una procesión de Semana Santa

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El zoco de Fez se despliega bajo la luz tamizada de los cañizos como un laberinto inmemorial donde el aire pesa y la sombra, siempre escurridiza, nos engaña. Se avanza entre montañas cónicas de azafrán y de comino, bajo el destello cobrizo de las lámparas de latón que tintinean, apenas movidas por una brisa invisible y secreta. Allí, en el bullicio denso de los callejones, en el trajín interminable de la medina, todo es sometido al escrutinio del ojo experto y de la lengua afilada.

Se acaricia la seda para descubrir su trampa, se evalúa el trenzado meticuloso de las alfombras, se sopesa la calidad del cuero y se discute el precio de la plata con una vehemencia que parece tan antigua como la propia arena del desierto. En este mercado fascinante, nada ni nadie escapa al veredicto. Y es precisamente al observar esta danza milenaria del regateo, este juicio incesante sobre el valor exacto de las cosas, cuando se comprende con un escalofrío que el mundo civilizado no es más que una vasta y sofisticada réplica de este zoco. Un inmenso bazar donde la mercancía ya no es el tapiz ni la especia, sino la frágil, insondable y desnuda vida ajena.

Porque todos somos mercaderes en la plaza pública de las certidumbres, opinadores incansables que tasamos la existencia del otro con la misma ligereza con la que se rechaza un pañuelo. Lanzamos las palabras al aire como quien arroja un puñado de grava, sin calcular la fuerza del viento, sin medir el impacto ni el daño en los ojos de quien las recibe. Nos hemos erigido en jueces de guardia, en magistrados del asfalto que dictaminan sobre la ropa que viste el transeúnte, sobre la textura de su abrigo y sobre la compañía que elige para engañar a su propia tristeza. Sentenciamos, con la arrogancia ciega de quien se cree a salvo de todo naufragio, sobre el cuerpo ajeno; sobre los cortes, los rellenos y las suturas con las que alguien intenta, a duras penas, reconciliarse con el espejo. Juzgamos el carro de la compra, la marca del cereal, el capricho efímero del estante y la prisa injustificada. No hay rincón de la rutina, por mínimo que sea, que quede a salvo de esta lupa pública, de este tribunal precipitado que no admite apelación ni clemencia.

Convertidos en oráculos de un destino que no nos pertenece, nos arrogamos el dudoso derecho de ofrecer el antídoto perfecto para el veneno que jamás hemos tragado. Si el otro tiene un problema, trazamos el mapa exacto de su salvación desde la mullida comodidad de nuestra orilla; si padece un dolor, le recetamos el alivio con la suficiencia del que nunca ha sentido esa misma punzada en el centro exacto de la nuca. Opinamos sobre lo que sería mejor y sobre lo que constituiría un fracaso, sobre cómo se debe soportar el peso de una traición o un infortunio en el trabajo, sobre la manera correcta de enderezar a los hijos que no acunamos en la madrugada, sobre cómo amar, tolerar o abandonar a la pareja que a nosotros no nos duele. Dictamos sentencias implacables sobre el amigo que se aleja de nuestra órbita, sobre el hermano que tropieza y cae, tasando el mérito de lo que tienen y reprochando amargamente lo que les falta. Todo se corrige, todo se comenta, como si la biografía del otro fuera un borrador lleno de erratas que nosotros tenemos el solemne deber de enmendar con tinta roja, ignorando que cada paso ajeno responde a un compás que no logramos escuchar.

Y en esta espiral de sentencias gratuitas, el atrevimiento humano cruza las últimas e inviolables fronteras de la intimidad. Llegamos a la desoladora insolencia de opinar sobre el abismo ajeno, decidiendo desde nuestra luz prestada cómo de oscura es la noche del que sufre. Se opina sobre la agonía, sobre el límite exacto del aguante, sobre el derecho supremo y final a cerrar los ojos y reclamar la eutanasia cuando el cuerpo es ya una jaula en llamas y el futuro un pasillo sin puertas. Como si se pudiera medir el frío polar desde un salón con chimenea, dictaminamos qué siente y qué no siente el otro, cuánto padece en realidad, cuánto resiste y cuánto simplemente exagera para llamar nuestra atención. Olvidamos, con una ceguera imperdonable y en muchos casos, con crueldad, que el dolor es siempre un idioma intraducible, un país extranjero y en ruinas al que nadie puede viajar sin pagar el altísimo peaje de su propia carne.

Todo depende, al fin y al cabo, de la perspectiva, del ángulo de la mirada, del latido ciego y compasivo del sentir. En este inmenso zoco de la opinión incesante, donde las palabras se regalan con insolencia pero las cicatrices se quedan a vivir para siempre, convendría recordar que cada individuo es un continente rodeado de niebla. Que detrás de cada decisión en apariencia equivocada, de cada atuendo, de cada renuncia y de cada despedida, hay una contienda secreta y solitaria que no precisa de consejos de saldo, ni de valoraciones de mercado. Porque la vida, con sus luces, sus grietas y sus fragilidades, nunca fue un escaparate dispuesto para el escrutinio, ni un tapiz que se deba regatear, sino un misterio… y vulnerable ante el cual la respuesta digna, humana y luminosa, es el abrazo de un silencio respetuoso.

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