La extranjera
Fluye algo profundamente ridículo en perder la cabeza, o en perder tu propia vida, mientras intentas decidir qué marca de papel higiénico vas a comprar. Una siempre se imagina que la demolición del alma sucederá al borde de un acantilado, bajo una tormenta perfecta, y resulta que no. Resulta que el colapso te pilla un martes cualquiera, bajo la luz clínica del pasillo tres del supermercado, empujando un carro con una rueda coja. Es ahí, mirando una lata de atún, cuando comprendes con una nitidez que hiela la sangre que la mujer que respira dentro de tu abrigo ya no eres tú. Que te han desalojado de tu propio cuerpo.
Nos pasamos los años creyendo que nuestra identidad es de piedra maciza. Qué mentira tan tierna. La verdad es que somos un material asustadizo, una arcilla blanda que cede y se deforma según las manos que nos tocan. Somos, queramos o no, la forma exacta que nos dejan tener. Si nos hablan con dulzura, nos expandimos, ocupamos nuestro espacio con la alegría ingenua de quien se sabe a salvo; pero si nos someten al goteo diario del desprecio, nos vamos encogiendo, doblando y replegando, hasta casi desaparecer, amoldándonos, no se sabe muy bien a qué. .
Y después llega el colapso. Una guerra sin ruido, de las que se libran en la cocina, mientras el agua de la pasta empieza a hervir.
Llega la ansiedad, zumbando en la nuca como un fluorescente roto. Llega el estrés de tener que serlo todo para todos, como esa mujer que corre por la ciudad resolviendo el mundo mientras por dentro se desangra en silencio. Llega la depresión, que no es estar triste, sino notar que tu propio cerebro ha cambiado las cerraduras y te ha dejado en la calle. Y llega la violencia o el acoso, no como un golpe de teatro, sino como un veneno lento que te bebes con el café. El que te hiere no solo te lastima la carne; te hace algo infinitamente peor. Te convence de que tú eres la culpable de la herida. Te obliga a dudar de lo que vieron tus propios ojos, a pedir perdón por el aire que respiras y a traducir cada silencio del otro como si fuera una amenaza.
Y bajo ese peso constante, bajo esa crueldad metódica, te rompes. Dejas de ser tú.
Eres otra persona. Eres una extraña muy eficiente que sabe el código de la alarma y recuerda las fechas de los cumpleaños infantiles, pero por dentro eres una ciudad en ruinas. Te miras en el espejo del baño, mientras te quitas el maquillaje con la inercia de los náufragos, y te preguntas en qué momento exacto esa mirada acobardada sustituyó a la tuya. Ya no sabes quién te habita. Ya no sabes si esa cara es la tuya, o es simplemente el molde de la persona que te hizo daño.
El alma no soporta el vacío. Al dejar de ser la que eras, irremediablemente, te ves forzada a ser otra. El incendio te quemó hasta los cimientos, sí, barrió con la antigua inocencia, pero en el solar despejado que dejan las cenizas, empieza a levantarse alguien nuevo.
Y resulta que esa nueva inquilina es mucho mejor. A veces no es una sola, sino muchas. Te conviertes en una legión entera de personas que han aprendido a distinguir la paz del simple agotamiento. Dejas de ser tú, para ser, por fin, la que siempre debiste ser.
La nueva habitante de tus huesos ya no tiene miedo al frío, porque está forjada en él. Tiene cicatrices, desde luego, marcas invisibles que a veces tiran cuando llueve, pero su mirada es de una lucidez feroz, innegociable. Sabe que la verdad, por fea e insoportable que sea, siempre abrigará más que el silencio.
Y es que la salvación, si es que existe una palabra tan inmensa para algo tan pequeño, nunca llega con redoble de tambores. Desciende como un murmullo manso frente a los estantes de cristal, en el momento en que notas, con una extraña y dulce ligereza, que el pecho ya no pesa. Es una tregua blanda, un compás que rima con el frío de las neveras, donde comprendes que el miedo se ha cansado de morder y se ha rendido. Es una poesía entera, en el solo hecho de seguir de pie; en saber que, aunque intentaron borrar la persona que eras, tú sigues guardando memoria para la sal, para la risa y para el hambre. Que la sombra ya pasó. Que la grieta es tuya, sí, pero la vida, irrevocablemente, también.
Al final del día, metes la lata de atún en el carro. Empujas la rueda coja. Pagas, sales a la calle y sientes el aire frío en la cara. Ya no eres la misma. Y menos mal. Eres otra. Eres todas. Eres la dueña absoluta de tus ruinas…
Sobre este blog
Viento del Norte es el contenedor de opinión de elDiario.es/Euskadi. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.
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