Y (Aznar) López nos dejó sin postre
Me dice Cristina que no le han gustado nada las memorias de Patti Smith. Me devuelve el libro, Pan de ángeles se titula, yo se lo he prestado, y eso cierra una semana de convivencia intempestiva y fuera de lugar. Quizás por eso no le han gustado las memorias: a mí sí, y mucho, y por muchas cosas. Pero le ahorro todo, son mis secretos. Por ejemplo, en aquella cafetería de Santiago de Compostela en las galerías comerciales Viacambre, ¿cómo se llamaba? Era de pretensiones coruñesas, es decir, decoración aparentemente inglesa, buen vino y buenas tapas. Allí se apareció per la premiere fois Patti con aquel sublime disco Horses, y las canciones subsiguientes y siguientes, Gloria y Redondo Beach. Allí cambió bruscamente mi incipiente poética porque, sin saberlo, intuí que Patti lo era, poeta. Éramos unos adolescentes recién estrenados, universitarios recién estrenados aussi, en attedant la muerte del dictador. Todas las palabras en francés pueden estar muy mal escritas, todas, pero no el tono y la atmósfera inencontrable de aquella cafetería y aquella primera vez con Patti.
Cristina da un sonoro portazo y me recuerda que estamos en guerra, será por mi culpa, y eso que no me llamo Pedro ni me apellido Sánchez. Otra vez estuvimos en guerra, con algo más de educación, quizás, pero con igual número de mentiras, gracias también a un amigo americano de Texas, a un laborista reconvertido que dejó patas arriba a su partido y a sus partidarios, y nuestro icónico López, presidente del gobierno de este país. La broma nos costó nueve muertos, espías del CNI asesinados sobre el terreno, y lo que vino después con los trenes de cercanías en Madrid, casi doscientos. Un año antes, el 12 de marzo de 2003 en el hotel Salinas de Lanzarote, se celebró una cumbre hispano-alemana: López a solas con Gerhard Schröeder, a la sazón caniller alemán. En el medio, el presidente del gobierno de Canarias, e intérpretes a los lados, todo eso en una cena que acabó con estrépito, sin postre, porque López se quería fumar a solas un puro, o algo así. Podría contar más pero me dan escalofríos: en mayo, los atentados contra intereses españoles en Casablanca, y en 2004 el maldito 11-M de hace veintidós años: un corte irreparable en la historia política y social de este país.
Casi todo cabe en un folio, decía mi padre que le exigía un catedrático de retórica en el seminario mayor de Ourense. Incluso en una cuartilla. Cristina vuelve, retorna con la lluvia, como en un cuento de Mutis, y me insiste en lo de la guerra, como pidiéndome explicaciones. Le conecto una tertulia de la tele y me espeta que esa esta comprada, el otro manipulado y la de más allá fue del PC en su juventud y quizá lo siga siendo.
Me cuesta considerar todo esto como realidad. Por eso, me pongo en pie, con el libro de Patti abierto, y leo, con mucho énfasis, la última frase del prólogo: “Por mi parte, me arrojaría desde el borde de un radiante montículo iluminado por los rayos de un sol castigador, una viajera singular en busca del jardín de la hora infantil”.
Acto que le sirve como pretexto, a Cristina, para amenazar con una semana más de estancia, ¿no se había acabado la guerra, según el monstruo pelirrojo? Vale.
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