Las cicatrices del expediente: la deuda histórica del sistema de protección con los orígenes de la infancia protegida
Hay algo profundamente revelador en el hecho de leer un programa técnico, con sus puntos esquemáticos, sus objetivos docentes y sus credenciales impecables, y sentir que cada uno de esos apartados tiene el grosor de una cicatriz propia. Cuando vi anunciada la acción formativa organizada por la Dirección General de Infancia sobre la búsqueda de orígenes e historia de vida, mi primera reacción no fue la de la profesional que analiza una propuesta metodológica para el sistema de protección. Fue la respuesta visceral e ineludible de alguien que lleva esa materia prima grabada en la propia trayectoria. Alberto Rodríguez, un referente indiscutible desde su trabajo como psicólogo en Adoptia, sintetiza en un temario lo que para muchas personas ha sido, y sigue siendo, una labor de reconstrucción a ciegas, un puzle al que le faltaban piezas esenciales o cuyas piezas estaban guardadas bajo llave en despachos religiosos o institucionales.
Durante años, la narrativa oficial sobre la adopción y el acogimiento se instaló en un lugar confortablemente luminoso. Se hablaba del “nuevo comienzo”, de la oportunidad, de la página en blanco. Pero la realidad de quienes hemos crecido bajo la figura de la protección o la adopción es que nadie nace como una hoja en blanco. Nacemos con capítulos previos, a veces fragmentados, a veces dolorosos o empañados por la negligencia y la adversidad temprana, pero inevitablemente nuestros. Pretender que la historia comienza el día de la resolución judicial o la llegada al hogar adoptivo no solo es una ficción piadosa, es una negligencia técnica que genera un vacío identitario de consecuencias devastadoras a medio y largo plazo.
El temario de las jornadas acierta de lleno al marcar una distinción crucial que muchas veces se pasa por alto en la práctica cotidiana: la historia de vida no es el libro de vida. El libro de vida es la herramienta, el soporte gráfico, la manualidad donde se pegan fotos y se anotan fechas significativamente neutras. La historia de vida es el proceso psicosocial, dinámico y a menudo turbulento, mediante el cual una persona integra sus fracturas, comprende las razones de la separación de su familia biológica y logra dar sentido a su narrativa personal sin sentirse dividida entre dos mundos, a veces, irreconciliables. Para quien somos adoptadas o adoptados, la búsqueda de orígenes no empieza cuando se cumple la mayoría de edad y se acude a un registro o se solicita la apertura de un expediente. Empieza mucho antes, en la infancia, en las preguntas no formuladas por miedo a herir la lealtad de la familia adoptiva, en los silencios piadosos de los profesionales o en la falta de herramientas de un sistema que durante décadas prefirió el borrón y cuenta nueva.
Es incuestionable el avance técnico que supone situar estas jornadas en la agenda pública de nuestro archipiélago. Que la administración competente promueva un espacio para clarificar conceptos como expediente, orígenes o historia de vida, y para abordar el trabajo según la fase del ciclo vital, demuestra que la intervención protectora está empezando a madurar. Sin embargo, no puedo evitar observar esta iniciativa con cierta ambivalencia reflexiva. Por un lado, me satisface ver que la técnica se sofistica y que se dota a los equipos técnicos de herramientas metodológicas sólidas. Por otro lado, me pregunto cuántas veces hemos llegado tarde. Cuántos adolescentes han transitado por recursos de protección cargando con la etiqueta de “conductas disruptivas” cuando lo que padecían era el dolor sordo y sin nombre de no saber de dónde venían ni por qué estaban allí.
El trabajo sobre los orígenes requiere de una delicadeza técnica que roza el arte, pero sobre todo exige despojar a los profesionales de la tentación del control. La búsqueda de orígenes no es un trámite administrativo ni una concesión que el sistema otorga a la persona adoptada cuando considera que está “preparada”. Es un derecho inalienable vinculado a la identidad. A menudo se observa en la práctica institucional un sesgo hiperprotector que retrasa o burocratiza el acceso a la propia información bajo el pretexto de proteger al menor de un sufrimiento inevitable. La paradoja es desgarradora: la falta de verdad genera infinitamente más trauma que la verdad por dura que esta sea, siempre que vaya acompañada del sostén profesional y afectivo adecuado.
Ahí reside uno de los puntos clave del programa: quién debe participar y cómo implicar a las familias. Las familias adoptivas y acogedoras suelen moverse entre el temor a la pérdida y el deseo de acompañar. Si los profesionales no han elaborado previamente sus propios prejuicios sobre la familia biológica, difícilmente podrán sostener a nadie en el proceso de mirar hacia su pasado. Se necesita mucha madurez profesional para entender que la familia de origen no compite con la familia que cuida; ocupa un lugar diferente pero irrenunciable en la arquitectura emocional de la persona.
Mirando el horizonte de la intervención en nuestras islas, estas jornadas en Las Palmas de Gran Canaria y en Santa Cruz de Tenerife no deberían quedarse en un mero evento formativo de dos días para cumplir el expediente de la capacitación continua. Tienen que ser el catalizador de un cambio estructural en los protocolos de los servicios de protección. No sirve de nada formar a los profesionales en la importancia de la historia de vida si luego los expedientes siguen acumulando polvo con datos incompletos, si la coordinación entre los equipos se fragmenta, o si el acompañamiento posterior a la búsqueda de orígenes se interrumpe justo cuando emergen los dilemas más complejos.
Integrar el pasado no es un lujo teórico ni un ejercicio de nostalgia; es la condición indispensable para habitar el presente con solvencia y proyectar un futuro con autonomía. Quienes hemos recorrido ese camino sabemos que la búsqueda de orígenes rara vez ofrece respuestas perfectas o finales de cuento. Muchas veces lo que se encuentra son sombras, vacíos o realidades complejas de asimilar. Pero incluso el hallazgo de un dato amargo es infinitamente más sano que la incertidumbre perenne. La verdad restaura la dignidad.
Es momento de que la administración pública asuma que el trabajo con la historia de vida forma parte del núcleo duro de la protección infantil, no como un apéndice optativo o una buena práctica reservada a técnicos especialmente sensibilizados, sino como un estándar exigible en cada expediente. Saludo la oportunidad de esta formación y la solidez de quien la imparte, con la convicción de que solo cuando el sistema sea capaz de mirar de frente la historia completa de los niños que tutela, podrá ofrecerles una verdadera oportunidad de reparación.
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