Desalación de “pozos playeros”
Hace tiempo que en el archipiélago canario se viene apostando por la desalación como forma preeminente de captación de recursos hídricos. La producción industrial del agua ya no se contempla como de tipo coyuntural y exclusivamente para las islas orientales, sino que se ha ido trasladando el modelo al conjunto del archipiélago. Irrumpiendo en otras islas donde históricamente la captación se ha llevado a cabo mediante otro tipo de infraestructuras asociadas a los recursos naturales subterráneos -galerías, pozos, minas- y a los recursos naturales superficiales, como las presas.
Esta apuesta decidida por alterar el ciclo hidrológico mediante la industrialización del agua sostenida en el tiempo plantea interrogantes relevantes sobre el modelo de gestión hídrica que se ha consolidado en Canarias. Y expongo:
Según datos del Instituto Tecnológico de Canarias (ITC), el ciclo industrial del agua en el archipiélago representa aproximadamente el 17,3% del consumo de electricidad total de la comunidad autónoma, muy por encima del valor medio del 3,5% estimado para los sectores del agua y aguas residuales en la Unión Europea. Esta diferencia evidencia hasta qué punto se ha hecho depender el modelo hídrico canario de procesos industriales que requieren de usos intensivos en energía.
Habitualmente, esta situación se justifica apelando a la escasez estructural de recursos hídricos naturales en las islas: las reducidas precipitaciones, las altas tasas de evaporación o el descenso del nivel freático. Sin embargo, esta explicación simplifica una realidad hidrogeológica considerablemente más compleja.
En Canarias existen acuíferos volcánicos capaces de almacenar importantes volúmenes de agua subterránea, cuya relación con el actual modelo industrial de producción de agua merece ser analizada con mayor profundidad. En condiciones naturales, el agua que recarga estos acuíferos en las zonas altas de las islas se desplaza lentamente por gravedad hacia cotas más bajas hasta alcanzar la costa. De este modo, el mar actúa como nivel de base del sistema hidrogeológico y constituye, en muchos casos, el principal punto de descarga natural del acuífero.
Un ejemplo claro de la relación entre los acuíferos canarios y las desaladoras se observa en el funcionamiento de las plantas. En muchos casos, estas instalaciones no toman agua directamente del mar, sino que recurren a pozos costeros —denominados “pozos playeros” por el ITC—, que proporcionan un agua con menor contenido en sales y permiten operar de manera más eficiente. Según datos del propio Instituto Tecnológico de Canarias, la mayoría de estas plantas se alimenta mediante este tipo de captaciones.
Desde el punto de vista técnico, este sistema de alimentación presenta ciertas ventajas. El agua que se obtiene a través de los pozos atraviesa previamente el terreno volcánico, lo que actúa como un filtrado natural y puede mejorar la calidad del agua de entrada a la planta. Esto permite, en algunos casos, simplificar o reducir los procesos de pretratamiento necesarios antes de la desalación.
Desde el punto de vista ambiental, tomar agua directamente del mar para la desalación genera salmueras más concentradas, con un porcentaje de iones principales superior al 99,95 %, y niveles más altos de carbono orgánico total. En cambio, las captaciones en tierra mediante pozos presentan un porcentaje ligeramente menor de sales (>99,85 %), pero contienen mayores concentraciones de otros elementos como sílice —proveniente del subsuelo volcánico del archipiélago—, así como nitratos, fosfatos y bario.
Estos parámetros reflejan que la captación mediante pozos costeros implica que existe una interacción directa con el acuífero y la composición natural del terreno. Cuando estas extracciones se intensifican, pueden favorecer procesos de intrusión marina, es decir, la penetración de agua salada en los acuíferos subterráneos. Este fenómeno provoca la salinización progresiva del agua dulce almacenada de forma natural y puede comprometer el uso de los pozos costeros. En casos extremos, la intrusión marina podría llegar a inutilizar pozos costeros para su explotación convencional, afectando tanto al abastecimiento local como a la gestión sostenible del recurso subterráneo.
En este contexto surge una cuestión importante: si muchas desaladoras se alimentan a través de captaciones subterráneas situadas en la franja costera, el sistema no depende exclusivamente del mar, sino que también interactúa con los acuíferos del archipiélago. Esto introduce un matiz relevante en el debate sobre la supuesta sustitución de los recursos naturales por soluciones puramente tecnológicas.
Además, cuando el agua captada presenta cierto grado de salinidad debido a su mezcla con agua marina en el acuífero, el proceso de tratamiento se aproxima más al de una planta de desalación de agua salobre (EDAS) que al de una desaladora marina propiamente dicha (EDAM).
Esta distinción no es meramente terminológica, sino que tiene implicaciones relevantes para la gestión hídrica del archipiélago. Si las plantas utilizan pozos costeros, el sistema continúa ejerciendo presión sobre los acuíferos, lo que puede contribuir al descenso del nivel freático y a su deterioro por la intensificación de los procesos de intrusión marina.
Desde esta perspectiva, lo coherente sería que las captaciones se realizasen directamente en el mar y no a través de sistemas que siguen extrayendo agua del subsuelo. Sin embargo, esto tendría consecuencias evidentes: aumentaría el coste de producción, empeoraría la eficiencia de las plantas y se incrementaría su huella energética y de carbono.
Por lo expuesto, el debate sobre el agua en Canarias no debería centrarse únicamente en la idea de escasez, sino también en la forma en que se gestionan e integran los distintos recursos disponibles. El desarrollo del ciclo industrial del agua ha permitido producir agua en un territorio complejo, pero también ha generado una elevada dependencia energética y una interacción todavía poco analizada con los acuíferos costeros y, por extensión, con los recursos naturales preexistentes.
Reflexionar sobre estas cuestiones no implica rechazar la tecnología, sino exigir un cambio en la gestión hídrica del archipiélago: un modelo que integre de manera sostenible la desalación industrial con la protección de los acuíferos, evitando que la solución tecnológica termine comprometiendo los recursos naturales que pretende sustituir.
El verdadero precio del agua desalada en Canarias no se limita al consumo energético y a la conocida dimensión ambiental —uso de combustibles fósiles y generación de salmuera— ahora pueden sumarle el precio oculto: el del impacto sobre los acuíferos costeros y sobre las formas tradicionales de captación de agua en las islas.
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