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En el mito de la sociedad perfecta y sus víctimas

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Nos asombramos con las catástrofes ajenas y lejanas, casi en otros mundos, hasta que aparecen las nuestras. Tan protectora, nuestra sociedad no admite defectos, pero los hay, y muchos. Ayer, sesenta y ocho familias lo comprobaron de manera cruenta. Cada accidente lleva a otros, al anterior, lo malo es que, en este caso, está muy cerca en nuestros trenes. La cacería mediática, política y esperpéntica que se va a montar así que pasen los días de luto, se la ve venir de lejos, tanto que nunca se sabe cuándo empieza, siempre está ahí. Porque nos creemos a cobijo de todos los males en unas sociedades sobreprotegidas de maldades, en apariencia, pero repletas de crueldades en realidad. De la madre naturaleza cuando se comporta como madrastra de cuento infantil. Los fracasos humanos que repercuten en catástrofes llevan más implícito el se podía haber evitado. No importa: el dolor se multiplica en los hogares y en las gentes con independencia del origen del siniestro. Estamos en ello. Y pronto en olvidar y repercutir nuestros anhelos en miradas torvas hacia los demás, como si tuvieran la culpa de algo.

De un accidente ferroviario como el ocurrido en los campos de La Mancha solo queda aprender para que no se repita. Aprender y consolar en el desconsuelo infinito de las víctimas. Pero habrá mucho ruido, ya se verá, pocas nueces y odios en exceso.

Nadie quiere sentirse en el desamparo cuando no pasa nada. Cuando pasa, quiere cobijo, como es natural. No podemos creer lo que ha ocurrido porque no somos conscientes de nuestra inanidad ni de nuestra condición miserable y mortal de seres humanos. Consideramos de manera inconsciente, que nuestro entorno es casi perfecto, invulnerable, un paraíso de la modernidad postrera y de la sociedad a cubierto. Por eso lo de ayer tiene la capacidad malévola de penetrar en el inconsciente colectivo y en el subconsciente individual como una cuchilla de mala conciencia, dolor aparte: de ahí las prisas con el olvido y con las culpas, con el paso de los rostros cariacontecidos a la sonrisa lúgubre de los que acabarán diciendo te pillé esta vez.

No sabemos casi nada y lo sabemos todo. Así se demuestra en cada exposición pública en los medios de comunicación, repletos de horas y horas de contenidos plagados de sí mismos que, salvo el recuerdo a los que sufren de manera directa y el reconocimiento a los que luchan con su trabajo por paliar tanto sufrimiento, no permanecerá casi nada. Responsabilidades y transparencias se reclaman: todavía se esperan sobre lo que ocurrió en Santiago de Compostela en 2013 en la maldita curva de Angrois.

Solo el cariño, la solidaridad y la memoria merecen la pena en estos casos. Todo lo demás, y lo que está por venir, sobran.

 

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