El Papa, Canarias y los colores que faltaron
Junio de 2026 quedará escrito en la historia de Canarias. Lo recordaremos por muchas razones, pero una de ellas será imborrable: fue el mes en que un Papa visitó por primera vez nuestro archipiélago.
Como comunicador, he tenido el privilegio de vivir este acontecimiento desde dentro. El pasado jueves trabajé junto al equipo de Radiotelevisión Canaria, todo un honor contarlo para los espectadores de Televisión Canaria. Fue una jornada intensa, emocionante y profesionalmente inolvidable. No todos los días se narra una página de la historia.
Más allá de las imágenes, de los protocolos y de las enormes medidas de seguridad, me quedo con algo mucho más importante: los mensajes. He escuchado con atención cada discurso del Papa. Y debo reconocer que muchas de sus palabras me han gustado profundamente. Especialmente aquellas que han puesto el foco en los derechos humanos, en la dignidad de las personas migrantes, en la necesidad de construir una sociedad más justa y en la obligación moral de no mirar hacia otro lado ante el sufrimiento ajeno.
Canarias sabe mucho de fronteras, de acogida y de esperanza. Por eso, cuando el Papa habló de humanidad, de solidaridad y de respeto a la dignidad de cada persona, sus palabras encontraron aquí un eco especial.
Sin embargo, precisamente porque esperaba mucho de esta visita, también me acompañó una cierta tristeza.
Me dolió comprobar que se perdió una oportunidad histórica para acercarse de manera clara y valiente a la comunidad LGTBIQ+. No lo digo por mí. Lo digo pensando en tantas personas creyentes que viven su fe con autenticidad y que, al mismo tiempo, siguen esperando un gesto inequívoco de reconocimiento, de cariño y de inclusión.
Hay católicos gays, lesbianas, bisexuales y trans que aman a su Iglesia. Personas que rezan, que participan en sus comunidades y que siguen sintiéndose parte de ella a pesar de las dificultades. Esta visita pudo haber sido una ocasión extraordinaria para tender puentes. Un pequeño gesto habría significado muchísimo para muchos corazones.
Y si hubo una oportunidad perdida que me produjo aún más dolor fue la de no reunirse con las víctimas canarias de abusos sexuales cometidos por miembros de la Iglesia. Ninguna institución que aspire a predicar el amor puede olvidar a quienes han sufrido dentro de ella. Ninguna agenda, por importante que sea, debería dejar fuera a quienes llevan años esperando una palabra de escucha, una mirada de reconocimiento o un gesto de reparación.
Porque la reparación no borra el daño, pero ayuda a dignificar a quienes lo padecieron.
Escuchar a las víctimas no habría sido un acto político. Habría sido un acto profundamente evangélico. Una forma de hacer Iglesia. Una forma de hacer comunidad. Una forma de demostrar que el dolor de esas personas importa.
Por eso me quedo con sentimientos encontrados.
Por un lado, la alegría inmensa de haber contado un acontecimiento histórico. La satisfacción profesional de formar parte de una cobertura que permanecerá en la memoria colectiva de Canarias. El orgullo de haber visto a miles de personas emocionarse ante una visita que jamás imaginaron vivir.
Por otro, la sensación de que algunos silencios pesaron demasiado.
Junio seguirá siendo el mes del Orgullo. El mes de los colores que reivindican la diversidad, la igualdad y el derecho a ser uno mismo. Y en Canarias también será, para siempre, el mes en que un Papa nos visitó por primera vez.
Qué hermoso habría sido que ambas realidades se hubieran encontrado un poco más. Porque el arcoíris no le quita nada al blanco.
Al contrario. Con lo bien que le sienta.
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