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Juan Miguel Baquero: "Un gran triunfo del franquismo ha sido construir su propio relato y que se prolongue hasta hoy”

El periodista y autor del ensayo 'El país de la desmemoria' habla en esta entrevista del régimen dictatorial de Franco y de sus víctimas, a la vez que analiza el surgimiento con fuerza de la ultraderecha en España

"Todos los gobiernos que se han ido sucediendo en el país han ido a rastras con esa memoria del franquismo, sin querer romper todos los lazos"

"Una de las claves [de que no se quiera hurgar en el pasado] es el robo sistemático durante el franquismo. Si se abre ese melón, se verían comprometidas tantas fortunas en este país…"

Juan Miguel Baquero, periodista y escritor de 'El país de la desmemoria'

Juan Miguel Baquero, periodista y escritor de 'El país de la desmemoria' FACEBOOK DEL AUTOR

El periodista Juan Miguel Baquero presentó en la tarde del pasado jueves (7 de marzo), en el Instituto de Estudios Canarios (IEC) de La Laguna (Tenerife), su último libro: El país de la desmemoria. Del genocidio franquista al silencio interminable. Este ensayo cuenta con el prólogo de Baltasar Garzón. Tras el acto celebrado en esa ciudad tinerfeña, el periodista respondió a algunas preguntas formuladas por Tenerife Ahora.

¿Cómo cree usted que ha afectado a la sociedad española actual la desmemoria sobre el franquismo?

En muchos aspectos. Al no existir un relato común que todos podamos entender, surgen, por ejemplo, los denominados historiadores revisionistas, que cuentan la historia como quieren, incluso con mentiras y falsedades. Creo que nadie actuaría con equidistancia entre nazis y judíos, por ejemplo. En cambio, aquí vemos cómo todavía hay gente que pone en tela de juicio que ocurrieran ciertas barbaridades que sí ocurrieron.

Este es uno de los grandes triunfos del franquismo: construir su propio relato, construir su propia memoria histórica y que esta se prolongue a lo largo de los años hasta el día de hoy. Y eso es muy peligroso y muy grave, más en estos tiempos que vivimos con la mundialización del odio, que tienen ciertas similitudes y conexiones con el auge del nazismo y del fascismo de los años treinta del siglo pasado: una gran crisis a escala mundial; la desesperación por no tener un futuro, y el hecho de agarrarse a esos discursos del odio. Los de Donald Trump en EEUU, Jair Bolsonaro en Brasil, Matteo Salvini en Italia… son discursos del odio y la gente los está comprando.

Uno de los ejemplos hoy lo encontramos en Andalucía, donde la ultraderecha acaba de entrar en el Parlamento regional. Aunque ahí sí que hago una lectura un poco más calmada de los datos, porque no llegan a 400.000 votos. Además, si se hace una lectura fina de dónde han cosechado los mejores resultados, nos damos cuenta de que son antiguos caladeros del Partido Popular, es decir, son votantes del PP a los que este se les ha quedado corto porque reclaman más contundencia, un discurso más fuerte, más potente.

El problema en Andalucía es que ha habido una desmovilización por la otra parte. Entonces, esos 400.000 votos han pesado muchísimo debido a que en el otro lado también se han perdido muchos votos. El peligro sería que este discurso cale además entre la clase obrera. Entonces sí habría que hablar de un problema más grave. Si no se conoce la historia, mal vamos.

¿No cree que la desmemoria se puede deber, en parte, a cómo se hizo la transición, al hecho de que no hubiera una ruptura radical con el anterior régimen, sino solo un pacto?

Sí. En el Congreso, además, se hablaba del pacto del olvido, es decir, se aparcó el pasado. Con la perspectiva de los años, se puede entender que había, como se dice, ruido de sables -de hecho, en 1981 hubo un intento de golpe de Estado-. Pero ¿y luego qué? En los años ochenta, hubo gobiernos progresistas que tenían mayoría absoluta y tenían la posibilidad de hacerlo. Ese, probablemente, era el momento de haberlo hecho y así en este momento ya todo estuviese solucionado: todos los desaparecidos contados, todas las fosas abiertas y todo el daño reparado.

Lo que ha ocurrido es que todos los gobiernos posteriores han ido a rastras con esa memoria del franquismo, sin querer romper todos los lazos. Recordemos que la Ley de Memoria Histórica es de 2007. Tantísimos decenios después hubo un gobierno que se atrevió a hacer una ley [el del socialista José Luis Zapatero] y que, además, esta se queda corta, no solo porque lo dijeran las asociaciones en defensa de los derechos humanos o de víctimas del franquismo, sino porque incluso el Gobierno actual -que está en manos del mismo partido- en el Parlamento ha metido una reforma. No llega hasta donde tenía que llegar. Este país ha ido continuamente dejándolo pasar. Y esto va desde ese pacto del olvido hasta ahora, que con la Ley de Memoria Histórica ha empezado a hacerse algo. Pero si eso ha sido posible es gracias a las víctimas, que son las que han tirado de este carro.

El Estado no ha tenido la iniciativa. Luego, algunos partidos se han ido sumando. Y yo tengo una teoría: que las víctimas van a conseguir que esto se solucione. He conocido a muchas, y la lucha tan humana que tienen. Ese deseo tan profundo de recuperar la memoria de los suyos es algo tan potente que no se ha podido apagar durante ochenta años y no se va a apagar ahora. Ningún gobierno va a acabar con las víctimas eliminando la dotación presupuestaria destinada al cumplimiento de aquella ley. Ellas seguirán yendo a contracorriente del país hasta que haya una solución. Queda camino por andar y seguro que lo seguirán haciendo.

¿Por qué cree que, pese a que han pasado muchos años y gobiernos, se sigue sin querer profundizar en el asunto, sin esclarecer todo lo sucedido durante esa etapa de la historia más reciente de España?

Hay una clave, y es el robo sistemático. Desde una señora a la que le robaron una máquina de coser que suponía la herramienta que le proporcionaba el sustento hasta la familia de Franco, que sigue conservando el pazo de Meirás en Galicia. Lo que ocurre es que, si se abre ese melón ¿cuántas familias pueden reclamar?

Esa es una de las grandes claves para que este país siga sin tocar este asunto. Se verían comprometidas tantas fortunas de este país, fueron tantas las tierras y las casas que se robaron en tantísimos pueblos… A los partidos políticos y a los sindicatos sí se les devolvieron en un momento dado. Esa fue una manera de calmar las aguas. La Iglesia -también lo cuento en el libro- es otra de las claves del golpe y de la represión. ¿Cuántos curas no tenían listados de la gente que había que llevarse por delante? 

Usted incluso ha hablado del auge de la ultraderecha en España. ¿Cómo cree que deben tratar los medios de comunicación todo este asunto?

Hay que tratarlo con mucho cuidado. Y desde luego, no hacerles la campaña. Ellos se basan mucho en las redes sociales, en crear conflictos. Básicamente, están copiando la estrategia de Donald Trump. Quieren que hablen de ellos, aunque sea mal. En Andalucía, por ejemplo, dijeron que la Junta tenía que expulsar a 52.000 inmigrantes ilegales.

Para empezar, la Junta de Andalucía no puede expulsar a nadie. Los expulsaría en todo caso el Estado, después de un procedimiento administrativo. Otra cosa: ¿ilegal? Aquí no hay nadie ilegal, en cualquier caso, no tendrán la documentación reglada. Pero soltaron la cifra y eso trajo consigo muchos titulares de prensa: "Vox -no me gusta ni pronunciar el nombre para no hacerles el juego- dice que hay que expulsar a 52.000 inmigrantes ilegales de Andalucía". A la gente, al leer esa cifra, ya se le queda grabada.

Han conseguido sembrar en la sociedad lo que pretendían. Por eso, hay que tener mucho cuidado con cómo contamos las cosas -porque al final sí que hay que contarlo- para no caer en su juego. Hay que contrastar lo que dicen y poner en evidencia sus mentiras, porque al final tienen un discurso muy peligroso.

¿Se ha encontrado con algún problema a la hora de escribir el libro? ¿Algún tipo de cortapisa al hacer su labor?

Después de estas navidades, conseguí, a través de un senador de Compromís, las memorias económicas de todas las fundaciones fascistas -yo llevaba años pidiéndolas al Ministerio de Justicia del Gobierno de Mariano Rajoy y no me las daban-, y conté toda esa información de estas organizaciones, como la Fundación Francisco Franco, la de Primo de Rivera, la de Serrano Súñer… Todos. Y saqué también la de Queipo de Llano. Yo llevo años detrás de los nietos de este señor, que es quien provocó las matanzas en Andalucía. Ellos siguen teniendo las prebendas que consiguió su abuelo.

El caso es que, cuando publiqué las cuentas de la fundación, mandaron un burofax a la sede de eldiario.es, en Madrid, amenazando con denunciar. Una de las cosas que más le molestaba es que yo en el reportaje hablase de Queipo de Llano como un criminal de guerra y un genocida, y eso no es un calificativo, sino una aseveración histórica.

La verdad es que sí... Hay dificultades en el día a día, desde amistades hasta amenazas como esas, pasando por la clásica llamada a las puertas de ciertos archivos que nunca se abren.

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