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Faro de colores

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En semanas informativamente tan sanitarias y políticas como las que estamos viviendo se agradecen noticias culturales más amables. Aunque algunas, como la intervención del faro de Ajo, provoquen controversia. Por si no conocen la historia, les pongo en antecedentes: hace unas semanas, el presidente Miguel Ángel Revilla anunció que el artista cántabro Okuda decoraría este faro de 1930, reconocido como patrimonio industrial de la comunidad. La construcción, de un blanco reluciente y setenta metros de altura, se transformaría en un lienzo de vivos colores, “ciento y pico”, apuntó el propio artista, que rompería la monocorde tonalidad cromática de la costa cantábrica, más dada a los azules y verdes en verano o a los grises en invierno. El propio Revilla habló de recuperar el entorno, pensando en que dicha intervención artística atraería el interés de un público ávido de símbolos a los que fotografiar para colgar en las redes sociales. El turismo implica dinero y es fácil imaginar que muchos turistas se acercarán a Ajo a ver la obra de Okuda y de paso a comer en la localidad —o aledañas—, a conocer la costa cántabra, a pernoctar... Es precisamente esa idea de “reclamo turístico” la que han denunciado muchos de los opositores al proyecto, al considerar que la intervención supone la “destrucción del entorno y del patrimonio material e inmaterial de Cantabria”. Otras voces contrarias han subrayado ese valor industrial y arquitectónico, que de noche a la mañana se convierte en un elemento decorativo y político. Arte contemporáneo vacío y colorista concebido no tanto para epatar como para llamar la atención.

Okuda es uno de los nombres más destacados del street art. Englobado en el llamado “surrealismo pop”, el artista empezó como grafitero en espacios abandonados para acabar poniendo color a localidades cántabras como Santander, Reinosa o Cuchía, y otras como Llanera (Asturias) —busquen imágenes de la Iglesia Skate—, Zaragoza, Madrid, Lieja, Youssoufia (Marruecos), Denver, París, Hong Kong... Estructuras geométricas, estampados multicolores, referencias a personajes de la cultura pop o versiones policromáticas de La Gioconda o Las Gracias pueden encontrarse en su obra que, a decir de los expertos, plantea las contradicciones del capitalismo y habla de la autodestrucción, la soledad, la falsa felicidad del ser humano y el constante conflicto entre modernidad y clasicismo.

Dejando a un lado el coste de la obra —40.000 euros— o su valor artístico, lo cierto es que la intervención en el faro de Ajo ha congregado a gran número de seguidores (miles en su perfil de Instagram) y de detractores. La polémica ha surgido en gran parte por la utilización como reclamo turístico de un bien patrimonial, sin tener en cuenta las infraestructuras o características de la zona donde se levanta. Una polémica a la que el propio artista ha preferido ser ajeno. Pero tiendo a la hipérbole cuando pienso en qué hubieran dicho los coruñeses si Francisco Vázquez hubiera contratado a un artista para intervenir sobre la Torre de Hércules. Y entonces me acuerdo de cuando los medios de comunicación anunciaron que se iba a levantar el Museo Guggenheim en Bilbao. Artistas, arquitectos, políticos y ciudadanos pusieron el grito en el cielo. El edificio de Frank Gehry no casaba con la idiosincrasia de la ciudad, suponía una invasión de lo americano, el arte local quedaba relegado a un discreto segundo plano. La diferencia con Ajo —más allá de las consideraciones artísticas o históricas entre Gerhy y Okuda— es que Bilbao era una capital en declive, sucia y gris, que se encontraba en proceso de rehabilitación y el Museo, junto a todo un programa de inversión más amplio, supuso un espaldarazo a la evolución de la ciudad. Lo que internacionalmente se denomina efecto Bilbao. Efecto que ha querido ser emulado por otras localidades sin éxito y al que muchos políticos se aferran cuando piensan en edificios arquitectónicos con proyección cultural como anzuelo para pescar visitantes.

No dudo de que el multicolor faro atraiga a miles de turistas en los próximos meses, cuando el coronavirus lo permita. En cualquier caso, el salitre y las condiciones climatológicas harán que la intervención pictórica necesite una periódica conservación, con lo que supone de gasto, una cuestión que desconozco si se ha planteado. Porque, de no hacerlo, los vivos colores que caracterizan la obra de Okuda acabarán apagándose y el faro de Ajo recordará al estado actual en que se encuentran Los cubos de la memoria, que pintó en Llanes Agustín Ibarrola, y que son hoy triste memoria —haciendo honor a su nombre— de lo que fueron en su inauguración.

En semanas informativamente tan sanitarias y políticas como las que estamos viviendo se agradecen noticias culturales más amables. Aunque algunas, como la intervención del faro de Ajo, provoquen controversia. Por si no conocen la historia, les pongo en antecedentes: hace unas semanas, el presidente Miguel Ángel Revilla anunció que el artista cántabro Okuda decoraría este faro de 1930, reconocido como patrimonio industrial de la comunidad. La construcción, de un blanco reluciente y setenta metros de altura, se transformaría en un lienzo de vivos colores, “ciento y pico”, apuntó el propio artista, que rompería la monocorde tonalidad cromática de la costa cantábrica, más dada a los azules y verdes en verano o a los grises en invierno. El propio Revilla habló de recuperar el entorno, pensando en que dicha intervención artística atraería el interés de un público ávido de símbolos a los que fotografiar para colgar en las redes sociales. El turismo implica dinero y es fácil imaginar que muchos turistas se acercarán a Ajo a ver la obra de Okuda y de paso a comer en la localidad —o aledañas—, a conocer la costa cántabra, a pernoctar... Es precisamente esa idea de “reclamo turístico” la que han denunciado muchos de los opositores al proyecto, al considerar que la intervención supone la “destrucción del entorno y del patrimonio material e inmaterial de Cantabria”. Otras voces contrarias han subrayado ese valor industrial y arquitectónico, que de noche a la mañana se convierte en un elemento decorativo y político. Arte contemporáneo vacío y colorista concebido no tanto para epatar como para llamar la atención.

Okuda es uno de los nombres más destacados del street art. Englobado en el llamado “surrealismo pop”, el artista empezó como grafitero en espacios abandonados para acabar poniendo color a localidades cántabras como Santander, Reinosa o Cuchía, y otras como Llanera (Asturias) —busquen imágenes de la Iglesia Skate—, Zaragoza, Madrid, Lieja, Youssoufia (Marruecos), Denver, París, Hong Kong... Estructuras geométricas, estampados multicolores, referencias a personajes de la cultura pop o versiones policromáticas de La Gioconda o Las Gracias pueden encontrarse en su obra que, a decir de los expertos, plantea las contradicciones del capitalismo y habla de la autodestrucción, la soledad, la falsa felicidad del ser humano y el constante conflicto entre modernidad y clasicismo.