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La potencia de una tristeza feminista y comunitaria

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Tanta batalla tras batalla, tanto exigirnos a nosotras mismas alegría combativa, tantos 25N y 8M, con su rebeldía y su insumisión salvajes sumadas a la lucha cotidiana, tanto denunciar y luchar, y construir y despatriarcalizar… pasan factura. De cuando en cuanto hay que parar, respirar lo que ocurre, sentir lo que bulle dentro y alrededor, y dar espacio también a lo que duele, que ni es poco, ni menor, ni carece de valor ético-político, ni, desde luego, es menos comunitario que individual. Guerra, fascismo, imperialismo, colonialismo desatado, saqueo ecológico… el mundo está enfermo y los feminismos nunca hemos luchado ni nos ha afectado únicamente lo que atañe estrictamente a la desigualdad patriarcal. Y decía la gran Emma Goldman que si no se puede bailar, no nos interesa la revolución; pero tampoco admitiremos una revolución inhumana, sin espacio ni tiempo para los sentimientos como la tristeza que, ajenos a criterios economicistas, el sistema aparta porque no producen.

Sin quitarle la razón a Baruch Spinoza cuando decía que la tristeza es una pasión triste, que disminuye la potencia de obrar y pensar de una persona, también es cierto que el patriarcado capitalista nos ha tratado de vender que hay que vivir sin parar, que nuestro destino ha de ser producir y producir, y que la interrupción del imperativo de producir o de ser feliz resulta inadmisible. Pero son, precisamente, la “inoperosidad”, como la llama Giorgio Agamben, que detiene la máquina productiva, el no hacer, la pasividad y la paciencia, las semillas de una receptividad que deja espacio para que llegue la novedad, hospitalaria con esa otredad que nunca brotará si te la pasas repitiendo al infinito el bucle de la cotidianidad en que te encierra el sistema productivo. Nada bueno puede venir de perpetuar las dinámicas del patriarcado capitalista, racista y colonial. La tristeza, en ese sentido, es, de entrada, una interrupción.

Marha Craven Nussbaum, estudiosa feminista perteneciente al muy interesante “giro emocional o afectivo”, corriente teórica contemporánea que sitúa los afectos y emociones en el centro del análisis filosófico, sociológico y político, entiende la tristeza como una emoción cognitiva de gran complejidad que revela información crucial sobre lo que valoramos y sobre nuestra vulnerabilidad. Por un lado, reconoce que un mal ha ocurrido y que ese objeto perdido era inmensamente valioso para nosotres: no sentir tristeza implicaría que el objeto carecía de verdadero valor a nuestro juicio, y en este sentido la tristeza funciona como un indicador de prioridades y compromisos éticos profundos. Por otro, nos muestra que no somos autosuficientes y da cuenta de nuestra vulnerabilidad, nos recuerda que nuestras vidas están entrelazadas con las de otros, que dependemos de vínculos y cuidados: nuestra capacidad de sentir tristeza refleja tanto la fragilidad como la riqueza de nuestras relaciones. Así, ya no es únicamente un sentimiento privado, sino un acceso al conocimiento sobre lo que importa en nuestra existencia y una guía para la acción ética y la sensibilidad hacia la comunidad.

Judith Butler, feminista también, aunque desde otro marco filosófico, coincide en que la comunidad se forma en la experiencia compartida de la vulnerabilidad y puede producir una apertura ética, pues podemos reconocer mediante su vivencia que los otros también están expuestos al daño. Esta conciencia puede generar formas de solidaridad que no se basan en la identidad o la afinidad, sino en el reconocimiento de una condición común de fragilidad, porque la pérdida rompe la ilusión de autosuficiencia y nos expone a algo que ya estaba ahí: nuestra dependencia de otros. El problema político estriba, señala Butler, en que algunas vidas son lloradas —dignas de tristeza— pero otras ni siquiera son consideradas llorables.

Desde este marco, nuestra tristeza por las violentadas, las explotadas, las abusadas, las controladas, las asesinadas, física o simbólicamente… es una forma de dar cuerpo al lema “lo personal es político”, otorgándoles al duelo y a la propia tristeza una dimensión transformadora. Ambos nos conectan y hacen conscientes de la fragilidad humana, elementos esenciales, a juicio de Nussbaum, para una sociedad compasiva, con la inteligencia emocional necesaria para valorar la vida aceptando que la vulnerabilidad la atraviesa.

Por eso este 8 de marzo, ante un mundo inundado de ideología de guerra y fascismo, de racismo e intolerancia, de mentiras y desregulación político-moral, parece cuando menos lógico dar espacio a la tristeza, y acordarnos de las que han sufrido, han perdido o pierden, de las que han quedado por el camino, de las que tal vez no acudirán a la manifestación por motivos que van desde la responsabilidad hasta la enfermedad, pasando por la misma muerte. Aquellas que todas o casi todas somos alguna vez, aquellas que pese a todo lo avanzado sufren lo mucho por conseguir y siguen en uno o varios de los múltiples arcenes de esa autopista a la “igualdad entre” —que nada tiene que ver con la “igualdad a” los varones que tanta confusión sigue generando— que se supone son ya los feminismos. Queda mucha caminata a la igualdad: algo que sabemos desde el cuerpo quienes amamos la diversidad y la diferencia pero no la falta de equivalencia.

Sara Ahmed, otra de las teóricas claves en el giro afectivo, resalta cómo las emociones circulan socialmente, pues no son privadas, sino que crean orientaciones colectivas. El miedo, por ejemplo, organiza la política del racismo; el odio cohesiona la lacra del fascismo; y, en las sociedades contemporáneas, la tristeza está proscrita, porque la felicidad es una exigencia normativa: debemos ser felices, optimistas, positivas. Cuando se expresa malestar, tristeza o enfado frente a determinadas estructuras sociales, con frecuencia se te acusa de ser negativo, de arruinar el ambiente, de resultar “aguafiestas” (killjoys). Y este es el sino de una feminista. Porque señalar una injusticia es introducir una incomodidad que interrumpe el mandato o imposición neoliberal de ser feliz. Sianne Ngai habla de “afectos feos”, así juzgados porque no producen acción inmediata ni explosión política, pero producen algo muy importante: percepción crítica, conciencia de un malestar estructural.

Así que sí, este domingo marcharemos con alegría, sí, pero sin avergonzarnos de nuestra tristeza. Cargadas de emociones y razones. Porque los feminismos son memoria y no olvidaremos a las que están muriendo en Palestina o Irán, a las que llegan por travesías imposibles a una Europa poco hospitalaria y muy racista, a las que luchan por vivir como se sienten ni a las que viven para sentir como luchan, a quienes se dejan la vida criando o a quienes cuidan en silencio a otros seres vulnerables y heridos, a las derrotadas, las cansadas, las tristes, las enfermas, a todas y cada una de las víctimas de las normas patriarcales, neoliberales, racistas y coloniales…  porque somos vulnerables y no podemos ni queremos ocultarlo. Y que tiemble el patriarcado ante la fuerza de la nuestra consciente fragilidad.