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Sobre la espera

Parece que las fechas que señalamos quedan unidas a nosotros con una cinta elástica, no permanecen estáticas sino que, misteriosamente, se alejan o se acercan.

'El pescador', de Emilio González Sainz.

'El pescador', de Emilio González Sainz.

¿A quién no le ha ocurrido alguna vez? Nos ponen una fecha o la ponemos nosotros. Cogemos entonces el calendario y se rodea con un bolígrafo, cuidadosamente, ese día, como para que no se escape. A partir de ese momento se espera con urgencia, si la fecha es deseada, o con inquietud, si el momento que hemos marcado está rodeado de incertidumbres, a que ese día llegue. Parece que las fechas que señalamos quedan unidas a nosotros con una cinta elástica, no permanecen estáticas sino que,  misteriosamente, se alejan o se acercan. En unas ocasiones parece que las podemos tocar casi con la punta de los dedos, en otras nos parece que no llegaremos nunca a alcanzarlas. Es como si al marcar la fecha en el calendario atáramos la fecha a un anzuelo y lo lanzásemos al mar, desde ese instante nos sentimos unidos por un fino sedal, casi invisible, a lo que enganchado a ese anzuelo nos espera. La caña, desde ese momento, está viva y nos dice cosas de lo que aguardamos, bien porque se tensa o vibra, bien porque no se percibe nada tirando del sedal en el lado que no vemos.

De cuando en cuando uno va al calendario y mira ese día que ha señalado, como si al mirarlo ese círculo que lo rodea se convirtiera en una mirilla por la que pudiéramos asomarnos a lo que va a pasar. Hay personas que mientras esperan tachan, como si fuesen presos, los días que ya han vivido. Quizás porque la espera se vive a veces como una condena. Se tachan los días que van pasando y el tiempo que aún tenemos que esperar parece, con ese efecto óptico, algo más liviano.

Mientras tanto, los días se suceden. Porque vivir es, inevitablemente, eso que pasa mientras esperamos que algo ocurra. En cualquier caso, esperar no es un vacío. Las esperas pueden estar llenas de sentido y uno las alimenta como el que da de comer a un animal muy pequeño que acaricia secretamente. Algunas de las cosas mejores requieren de paciencia para que germinen y echen raíces de formas que, durante un tiempo, nos parecerán imperceptibles. A veces esperar es dar permiso a las cosas para que sucedan. Es difícil cultivar el arte de la espera en los tiempos de la inmediatez y de la urgencia. A las urgencias uno se arroja o cae en ellas, por lo inmediato uno se deja arrastrar. Las esperas, en cambio, se cultivan. El arte de la espera implica una elección, un querer ir, una decisión de aguardar con paciencia, como los buenos pescadores, sabiendo que no hay ninguna garantía de que, al otro lado, algo o alguien nos espere. Ni siquiera nosotros mismos.

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