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Y no quedó nada

Algunas entendieron que las reformas cosméticas no serían suficiente y que, de no platear cambios abruptos en un sistema económico que devoraba vidas y amenazaba la supervivencia de generaciones presentes y futuras, cualquier otra iniciativa estaba abocada al fracaso.

"Queremos la vida", claman miles de jóvenes movilizados por el planeta

"Queremos la vida", claman miles de jóvenes movilizados por el planeta. EFE

Recuerdo cuando empezó todo. O por lo menos cuando lo hicimos consciente. Hacía años que expertos en la materia habían comenzado a lanzar señales de alarma: el mundo estaba cambiando y las responsables éramos nosotras. Los negacionistas, casualmente siempre asociados a los poderes económicos que gobernaban ese mundo pasado, invirtieron tiempo y capital en revertir el discurso en lugar de hacerlo con un modelo productivo que estaba abocando al planeta hacia el agotamiento de sus recursos naturales. Y les funcionó, durante un tiempo.

Los síntomas acabaron siendo tan evidentes que ni todos los relatos paralelos fueron capaces de acallar lo que la naturaleza nos estaba gritando. Los gobiernos del mundo, en  vez de implementar medidas drásticas que por lo menos frenasen en cierta forma lo que ya se revelaba como inevitable, anunciaban año tras años compromisos que nunca quisieron asumir. Hablaban de crecimiento sostenible, de medidas contra el cambio climático y de nuevos modelos energéticos. Nos hicieron pensar que todo dependía de que nosotras separásemos correctamente la basura o de que nuestros coches fueran eléctricos. Y de nuevo les funcionó, durante un tiempo.

Algunas entendieron que las reformas cosméticas no serían suficiente y que, de no platear cambios abruptos en un sistema económico que devoraba vidas y amenazaba la supervivencia de generaciones presentes y futuras, cualquier otra iniciativa estaba abocada al fracaso. Y se alzaron. Al principio tímidamente, como se gestionaban en aquel entonces todas las revoluciones, pidiendo por favor que se les escuchara. Hicieron suyas las palabras del jefe indio Noah Sealth: “Sólo cuando el último árbol esté muerto, el último río envenenado, y el último pez atrapado, te darás cuenta que no puedes comer dinero.” Pero no escucharon. La violencia contra el sistema, todo lo que no entrase dentro de los cauces establecidos por los mismos que apartaban de un plumazo cualquier cosa que supusiera un decrecimiento de la cuenta de beneficio de las grandes corporaciones, era estigmatizada y reprimida por medio de los poderes de los estados. Y de nuevo les funcionó, durante un tiempo.

La crisis climática continuó avanzando, imparable. Aquellos expertos nunca nos contaron todo. Nunca nos dijeron que la solución no pasaba por revertir las consecuencias; nunca nos dijeron que la solución estaba en gestionarlas ya que el cambio era imparable. Se había llegado a tal nivel de degradación de los ecosistemas que la única salida que le quedaba a la raza humana era buscar maneras de ralentizarla y de que su impacto fuera el mínimo posible. Aquellas que se alzaron tímidamente al principio decidieron que la fuerza era el único lenguaje que entendían quienes se seguían enriqueciendo a costa de su futuro. Caos, violencia y muerte. Pero los poderosos apagaban una revuelta en un punto del planeta y otra prendía en la otra esquina del mundo. Y de nuevo les funcionó, durante un tiempo.

Un día todo se detuvo. No consigo acordarme de la fecha exacta pero sé que ese día todas comprendimos que cualquier cosa que hiciéramos ya no serviría de nada: ni un decrecimiento salvaje, ni parar el consumo de combustibles, ni dejar de talar bosques para plantar soja o de comer carne animal. Puede que para cada una de nosotras esa fecha fuera diferente. Lo que no logro borrar de mi memoria fue la sensación. Salí al balcón de mi casa, un pequeño pueblo costero en otros tiempos, y solo había agua. No estaban los pastos que bordeaban la ría que desembocaba en el mar cantábrico, ni las casas que acompañaban al agua en su manso discurrir. Tampoco estaba la carretera que unía mi pueblo con el resto; la había engullido la crecida de un mar alimentado con el deshielo de tierras lejanas. Asomaban, tímidos, como esqueletos de aquello que tuvimos, los tendidos eléctricos de alta tensión y la torre de algún campanario. Supongo que fue entonces cuando les dejó de funcionar. Pero no ya quedaba nada.

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