Reivindicar la bellota, un fruto fundamental en la alimentación y enraizado en la tradición, el arte y la cultura

Reivindicar la bellota como un fruto que ha estado íntimamente ligado a los devenires de los habitantes de amplias zonas de la península ibérica y de la provincia de Toledo es el objetivo del libro ‘Las bellotas y el ser humano. Avatares de un símbolo en la península ibérica’, obra del Doctor en Medio Ambiente e ingeniero técnico forestal, Enrique García Gómez, y del profesor de la Facultad de Humanidades de la UCLM en Toledo, Juan Pereira Sieso.

Ambos se autotitulan ‘belloteros’, un apelativo que comenzó a gestarse hace veinte años cuando comenzó la relación profesional entre ambos y que ha culminado en este libro que repasa la importancia de la bellota en la vida de las distintas comunidades desde la prehistoria hasta la actualidad, y no solo como alimento sino también como inspiradora de utensilios, tradiciones populares, tratamientos de medicina popular y con un claro reflejo en refranes y en el arte no sólo en el popular sino también como motivo en artículos suntuosos en oro o marfil o ricos capiteles de calustros e iglesias.

Como alimento, el papel de este fruto no sólo de las encinas sino también de otros árboles del género Quercus como robles, alcornoques, quejigos o coscojas, todos ellos muy presentes en la penísula ibérica, ha sido fundamental para las poblaciones sobre todo en las épocas de mayor necesidad.

“El papel de este fruto es básico porque desde la Prehistoria tenemos datos de que gracias a la bellota de diferentes especies ha habido colectividades que han podido vivir en épocas de necesidad producidas por enfermedades, pandemias, guerras, granizadas, catástrofes naturales o sequías que son cíclicas en este país. Ha habido momentos en que las cosechas desaparecían, no había cereales, no había leguminosas, los frutales se habían quedado maltrechos por heladas o por diferentes circunstancias y gracias a este recurso natural y cercano, porque las encinas, los robles, están dispersos por toda la península ibérica, el ser humano ha podido vivir y sobrevivir a esas épocas, tanto por no morirse hambre como por no tener que emigrar a otros sitios donde tuvieses alimentación para poder vivir”, afirma Enrique García Gómez.

Así, fruto de esa necesidad de alimentarse de estos frutos abundantes en el entorno, se desarrollaron toda una serie de utensilios para el vareo de los árboles como el zurriago, y unas técnicas de recogida y conservación, además de una cierta gastronomía popular en torno a este fruto tantas veces denostado.

Los autores de este libro no sólo han investigado en fuentes históricas, en yacimientos arqueológicos que atestiguan la presencia del consumo de las bellotas en las diferentes comunidades prehistóricas, sino que han ido a fuentes de primera mano que todavía recuerdan como durante el siglo XX recogían las bellotas, como las conservaban y las tradiciones y refranes unidos a ellas.

En comunidades de la zona más occidental de la provincia de Toledo, donde son frecuentes las dehesas, los encinares, los vecinos de más edad de Parrillas o Navalcán han relatado como salían al campo a recoger las bellotas con utensilios que aún guardaban en los baúles, han contado cómo las conservaban y cómo las consumían, e incluso para muchos niños eran una golosina.

Tradiciones y recetas

Al ser la bellota una semilla recalcitrante (fácilmente pierde la viabilidad) las poblaciones idearon sistemas de conservación. Principalmente se desecaban, se tostaban o se conservaban cubiertas de agua lo que permitía consumirlas a los largo de los meses de mayor escasez.

Según Juan Pereira, básicamente se consumía en forma de harina con la que se hacía un pan. “En el mundo antiguo el formato habitual de consumo de cereales y también de la harina de bellota es en formato de hogazas de pan de diferentes tamaños, aunque también se consumían asadas. De hecho tenemos algunas referencias de algunos autores latinos que señalan que la bellota asada entre brasas es más dulce porque probablemente al tostarla se eliminan parte de los elementos amargos como los glucósidos y los taninos”, señala.

También se comían en crudo como se hace con los frutos secos. “De hecho hay algunas referencias, algunos de los refranes que tenemos ‘pan y bellota con agua después, saben a miel’”.

Además, la bellota es un fruto con gran poder calórico que se utilizaba para obtener energía entre aquellos que tenían que llevar a cabo las tareas del campo. “En ocasiones las bellotas formaban un complementos para los vareadores de aceituna que consumían lo que llamaban el turrón del pobre, que era un higo seco con una bellota. Eso es una bomba calórica. Estás recogiendo aceituna en diciembre, enero y febrero, el frío es brutal, necesitas meter una alimento que tenga una enorme cantidad de calorías y que te permita soportar el gasto energético que están haciendo”.

Incluso el consumo de bellotas generaba tradiciones. Así cuenta Juan Pereira que “antes de la aparición de la televisión cuando llegaba el invierno, que era cuando llegaba la época de la bellota, en octubre, noviembre, diciembre, después de cenar se juntaban alrededor de la lumbre y hacían un ‘calvote’. El ‘calvote’ era cuando que habían acabado la faena y se hacía una tertulia y en las brasa echaban unas bellotas y según iban hablando iban comiendo unas bellotas asadas hasta la hora de acostarse”, señala.

En torno a todo ello, hay también una cocina, unas recetas populares algunas de las cuales también se han recogido en el libro. “Una de las fuentes de documentación para encontrar recetas elaboradas con bellotas son libros antiguos de cocina porque en todos los libros antiguos de cocina de zonas rurales o de comarcas con riqueza de encinas aparece siempre la bellota como uno de los elementos platos tradicionales”, asegura Enrique García Gómez.

Entre las recetas del libro algunas como las bellotas cocidas con naranja y canela de Juan Mari Arzak, el bizcocho de bellotas, crema o dulce de bellotas o las lentejas con bellotas, receta de la Sierra de Alcaraz en Albacete y que Enrique García confiesa que cocina habitualmente.

Pero además a lo largo de los últimos siglos, la bellota se ha utilizado para hacer un sucedáneo de café e incluso una especie de chocolate que mezclaba cacao con bellotas.

En torno a estos frutos también se ha tejido una serie de utilidades dentro de la medicina popular que le atribuyen propiedades para combatir las diarreas, la debilidad de estómago, el reumatismo, para producir mejor leche en las mujeres que estaban amamantando y en cataplasmas para las úlceras y las llagas.

Simbología

De la importancia que la bellota ha tenido en la vida de los pueblos nos habla también la cantidad de iconografía y de representaciones que hay en el arte, la arquitectura, la rejería, incluso en la cultura de los ornamentos e incluso en relación contextos rituales o funerarios.

Precisamente ahondar en el simbolismo de la bellota es uno de los temas en los que los autores de este libro quieren abordar en trabajos posteriores.  

La simbología en la pintura es una de las líneas. Destaca Juan Pereira Sieso que, por ejemplo, Juan Fernández el Labrador, un pintor barroco español del siglo XVII y especializado en la pintura de naturalezas muertas, registra una cantidad importante de bodegones con frutos secos de la cosecha que se recogía entre septiembre y diciembre había nueces, avellanas, y espectaculares racimos de uvas. “En algunos casos lo que están viendo es solo una representación del otoño, en otros casos son muy naturales, tradicionales, es decir, estoy haciendo un bodegón de fruto secos, de los que consumo; en otros casos, sin embargo, no sabemos qué simbología tiene, por ejemplo, como la bellota que aparece en el cuadro del Bosco, en la coronación de espinas, uno de los sayones lleva una bellota”, recuerda  aunque “se pueden hacer todo tipo de especulaciones pero no queremos especular”. Además, también hay que tener en cuenta que “un mismo símbolo en una época significa una cosa y 200 años más tarde significa otra cosa distinta”.

En literatura también se ha utilizado la bellota como emblema de la “Edad de Oro, un tema que aparecen en el siglo VII antes de Cristo, con el poeta griego Hesíodo que habla de las diferentes edades que la Humanidad y la Edad del Paraíso es la Edad de Oro”, un pasado idílico en el que la Humanidad no tiene que trabajar porque la naturaleza le ofrece el alimento. “Estos alimentos son las bellotas y la miel, y esa dos cosas son el símbolo. La Edad de Oro aparece, por ejemplo, en el Quijote: Y el hombre no tiene por qué someterse a trabajar para poder alimentarse porque la bellota ya le da él alimento suficiente”, señala. Cree que probablemente esto “tenga que ver en parte con la simbología”.

En otros casos, las representación tienen que ver con la función de la bellota como un amuleto. “En muchas rejas y balcones se ponen bellotas porque actúan como una especie de amuleto de buena suerte. Inconscientemente la gente lo pone porque sí, pero no sabe que probablemente la primera vez que se pusieron era una especie de elemento protector de la casa”, apunta.

Pero probar estas teorías y ahondar en la simbología de este fruto que ha acompañado a la Humanidad durante toda su historia se queda para el siguiente libro.