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Bailando nuestras raíces: cuando la escuela rural une generaciones a través del movimiento

Natalia María Arias Palencia

Profesora titular en la Facultad de Educación de Cuenca (UCLM) —

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Vivimos en una sociedad en la que la infancia dispone de numerosas oportunidades de entretenimiento, pero no siempre de suficientes ocasiones para moverse. El aumento del tiempo dedicado a las pantallas y la reducción del juego activo están transformando la manera en que niños y niñas disfrutan de su tiempo libre.

Los datos científicos reflejan la magnitud de este problema. Guthold et al. (2020), en un estudio publicado en The Lancet Child & Adolescent Health con información de 1,6 millones de adolescentes, encontraron que aproximadamente el 81 % de los jóvenes de entre 11 y 17 años no alcanzaba los niveles recomendados de actividad física.

La Organización Mundial de la Salud (OMS, 2020) recomienda que niños, niñas y adolescentes de entre 5 y 17 años realicen una media de al menos 60 minutos diarios de actividad física de intensidad moderada a vigorosa a lo largo de la semana. Sus beneficios no se limitan a la condición física o a la prevención del sobrepeso, sino que también alcanzan la salud mental, el desarrollo cognitivo y el bienestar general.

Sin embargo, cuando hablamos de fomentar la actividad física infantil, solemos pensar en deportes organizados o actividades extraescolares. ¿Y si recuperásemos otras formas de movimiento que han formado parte de nuestra cultura durante generaciones?

La escuela rural: mucho más que un lugar de aprendizaje

Las escuelas rurales representan espacios educativos singulares. Sus aulas, frecuentemente multinivel, reúnen a escolares de diferentes edades y mantienen una estrecha vinculación con las familias y el entorno.

En la provincia de Cuenca, los Colegios Rurales Agrupados (CRA) desempeñan una labor fundamental, no solo garantizando el acceso a la educación, sino también contribuyendo a mantener vivos nuestros pueblos.

Moraleda-Ruano y Bernal-Romero (2025), en una revisión sistemática publicada en la Revista de Educación, destacan el papel de la escuela rural como espacio de innovación pedagógica y dinamización comunitaria, poniendo de manifiesto su potencial para desarrollar experiencias educativas vinculadas al territorio.

Desde esta perspectiva surge Bailando nuestras raíces, un proyecto de investigación educativa que plantea recuperar las danzas tradicionales como herramienta para promover la actividad física, fortalecer las relaciones intergeneracionales y conservar el patrimonio cultural de las comunidades rurales.

La iniciativa parte de una idea sencilla: el movimiento puede unir a las personas, independientemente de su edad, y la escuela puede convertirse en el lugar donde las tradiciones del pasado dialoguen con las necesidades del presente.

Bailar para aprender, convivir y mejorar nuestra condición física

Durante generaciones, las danzas populares han formado parte de las celebraciones de nuestros pueblos. Jotas, seguidillas y otros bailes tradicionales no eran únicamente manifestaciones artísticas: constituían espacios de convivencia, expresión emocional y participación comunitaria.

Nuestro proyecto pretende recuperar ese legado e introducirlo en la escuela desde una perspectiva educativa, participativa y saludable.

La propuesta contempla actividades en las que escolares de Educación Infantil y Primaria comparten experiencias de danza con sus familias y personas de otras generaciones. No se trata únicamente de aprender pasos o reproducir coreografías, sino de construir experiencias compartidas en las que cada participante pueda aportar algo. Los mayores transmiten conocimientos y tradiciones; los pequeños aportan espontaneidad y creatividad.

Además, la danza constituye una modalidad de actividad física que, dependiendo de su intensidad, duración y características, puede contribuir al desarrollo de componentes de la condición física como la resistencia cardiorrespiratoria, la fuerza y resistencia muscular, la flexibilidad, la velocidad de ejecución y la agilidad. Los desplazamientos, saltos, giros y cambios de dirección también estimulan capacidades motrices como el equilibrio, la coordinación y la orientación espacial.

La evidencia científica respalda su potencial. Tao et al. (2022), en una revisión sistemática centrada en niños y adolescentes, identificaron beneficios fisiológicos y psicológicos asociados a diferentes intervenciones basadas en la danza. Asimismo, Dos Santos et al. (2021) señalaron que determinadas modalidades de danza permiten alcanzar intensidades moderadas y vigorosas, aunque sus efectos dependen de cómo se organicen las sesiones.

Una investigación que mira más allá de la condición física

Uno de los aspectos centrales de Bailando nuestras raíces es su enfoque multidimensional.

La investigación pretende analizar cómo una intervención educativa basada en danzas folclóricas e intergeneracionales puede influir en diferentes dimensiones del desarrollo infantil y de la vida comunitaria.

Por un lado, se plantea estudiar los niveles de actividad física y distintos componentes de la condición física de los escolares. Por otro, se busca explorar aspectos que habitualmente reciben menos atención: la motivación hacia el movimiento, el sentimiento de pertenencia a la comunidad, las relaciones entre generaciones y la valoración de las tradiciones culturales.

Porque una actividad física verdaderamente educativa no debería medirse únicamente por las calorías que permite gastar, sino también por las experiencias, aprendizajes y relaciones que genera.

El papel de las familias: de espectadoras a protagonistas

Las familias desempeñan un papel fundamental en la adquisición y consolidación de hábitos saludables.

Su et al. (2022), en un metaanálisis que integró 112 estudios, encontraron una asociación positiva y estadísticamente significativa entre el apoyo familiar y los niveles de actividad física de niños y adolescentes.

Por ello, uno de los elementos diferenciadores del proyecto es la participación familiar. Padres, madres, abuelos y abuelas pueden convertirse en protagonistas de experiencias compartidas en las que el movimiento deja de ser una obligación individual para transformarse en una actividad social.

Asimismo, una revisión sistemática sobre programas intergeneracionales publicada en Archives of Gerontology and Geriatrics (2021) identificó beneficios potenciales de las actividades compartidas entre menores y personas mayores, aunque también señaló la necesidad de continuar investigando sus efectos.

Desde esta perspectiva, las danzas tradicionales ofrecen una oportunidad especialmente interesante para conectar generaciones, transmitir conocimientos culturales y favorecer una participación activa y compartida.

Investigar para transformar la realidad

La universidad tiene la responsabilidad de generar conocimiento científico, pero también de contribuir a mejorar los contextos en los que desarrolla su actividad.

Desde la Facultad de Educación de Cuenca, de la Universidad de Castilla-La Mancha, trabajamos en propuestas que conectan la investigación, la formación docente y las necesidades de los centros educativos.

Bailando nuestras raíces representa una oportunidad para estudiar nuevas estrategias de promoción de la actividad física desde un enfoque interdisciplinar, en el que confluyen la Educación Física, la educación para la salud, la expresión corporal y el patrimonio cultural.

El objetivo no es únicamente analizar los posibles efectos de una intervención, sino generar experiencias educativas que puedan adaptarse a otros centros escolares y comunidades rurales.

Recuperar el pasado para construir un futuro más activo

Las danzas tradicionales forman parte de nuestra identidad colectiva y ofrecen posibilidades educativas que van mucho más allá de su dimensión artística.

Recuperarlas desde la escuela puede contribuir a que la infancia conozca sus raíces, valore a las generaciones anteriores y descubra nuevas maneras de disfrutar del movimiento.

Bailando nuestras raíces parte de una convicción: promover la salud infantil no consiste únicamente en conseguir que los niños y niñas se muevan más, sino en ofrecerles experiencias significativas que les hagan querer seguir moviéndose a lo largo de su vida.

Y quizá una de las mejores maneras de avanzar hacia ese futuro sea hacerlo juntos, al ritmo de las tradiciones que nos han acompañado durante generaciones.