Palabras Clave es el espacio de opinión, análisis y reflexión de eldiario.es Castilla-La Mancha, un punto de encuentro y participación colectiva.
Las opiniones vertidas en este espacio son responsabilidad de sus autores.
No está siendo una edición normal en FITUR, la Feria Internacional de Turismo de Madrid, una de las más importantes de su sector a nivel mundial. Los stands precintados y solitarios de Iryo, Ouigo y RENFE. Lógicamente cancelaron su presencia tras el trágico accidente ferroviario de Adamuz.
También el pabellón 5 de la feria, ocupado en su integridad por Andalucía y normalmente uno de los más animados, suspendió toda la agenda institucional y eliminó la música ambiente. El bullicio habitual se redujo a un murmullo constante. Era otro punto en el que la realidad exterior seguía filtrándose en este mundo de cartón piedra, recordando el shock de los últimos días.
La hoguera de vanidades políticas en la que se transforma FITUR todos los años, con políticos acompañados de séquitos de acólitos, esta vez fue de llama liviana. Presencia escasa o perfil bajo. No parecía el mejor momento para lucir plumaje de colores.
Aun así, FITUR sigue siendo FITUR, con todas las transformaciones que ha ido incorporando en los últimos años al compás de un sector que ha mutado de forma radical. Los stands han cambiado y parecen cada vez más orientados al público profesional y a las reuniones de negocios, manteniendo sus secciones dirigidas al público general, aunque estas ya no parecen ser el objetivo principal de muchos de ellos.
Parafraseando a Yuval Noah Harari, en FITUR “París no es una ciudad, ni la India un país”: ambos se convierten en stands que reparten folletos, bolsas de tela o caramelos, objetos intercambiables destinados a satisfacer la necesidad de llenar la mochila, como si el viaje comenzara acumulando pruebas materiales de haber estado allí. FITUR es un destino turístico por sí mismo, una exageración casi perfecta de lo pintoresco.
La feria también se ha transformado con la digitalización de los tiempos. Los tradicionales “recogefolletos” que acudían en masa a FITUR con carros, maletas y todo tipo de artificios para recoger merchandising turístico casi han desaparecido, desplazados por códigos QR, enlaces y follows en redes sociales, aunque aún se ven algunos vestigios de aquellas épocas en manos que arramblan con un taco de folletos iguales.
Mientras pregunto algunos detalles sobre la exhibición de tejido de seda en el stand de Freixo de Espada à Cinta, una mano rápida atrapa el folleto donde me están explicando la ubicación de esta población y desaparece entre la multitud. Seguimos teniendo el instinto en los genes, aunque en lugar de servirnos para sobrevivir, nos dedicamos a recolectar merchandising con eficacia.
FITUR es ese lugar del mundo ideal donde casi todo es posible. La Manchega de Honor y su séquito posan sonrientes con un grupo de mariachis, celebrando que este año es el año de México y este día está dedicado a Albacete. Más adelante, unos monjes guerreros templarios posan sonrientes con sus armaduras y espadas junto a un grupo de peruanos que visten ropas más cercanas al disfraz que a la tradición. Aquí no hay tiempo, ni espacio, ni coherencia. Viva la cultura pop. Puro carnaval.
FITUR es ese planeta donde todo es posible. Desde el stand de Israel, bien protegido, se ve el de Palestina, con Irán en medio, todos ellos haciendo referencia a ser los elegidos por su Dios. Todos muestran destinos idílicos. No son los únicos. En esta edición eran numerosos los territorios que hacían referencia a predicciones divinas convertidas en reclamos turísticos.
En este gran pastiche que es FITUR, donde todos presumen de autenticidad, triunfa el cartón piedra y los tópicos más radicales. La autenticidad se representa, se actúa y se vende. Un mundo digno de Disney donde todos pueden convivir, al menos durante unas horas, y donde hay mucho que leer entre líneas sobre cómo piensa cada cual debajo de la máscara, especialmente observando qué tipos de personas atienden en los stands, cómo se comportan quienes atienden a los clientes comerciales o en sus demostraciones artísticas.
Como diría Juan Goytisolo, “cuanto más insólito, impresionante y abigarrado sea, mayor será su incentivo”. En FITUR esa lógica se multiplica a la enésima potencia. Aunque no es difícil imaginar que cuando cae la noche y se apagan los focos, con el recinto vacío surge la gran batalla. Bailarinas puertorriqueñas contra mariachis mexicanos, pastores portugueses a garrotazos con sadhus de túnica naranja, adolescentes bailarinas de Benín ahogando con sus propias corbatas a hombres de negocios. Los grandes dátiles convertidos en proyectiles, los bolígrafos en dagas, los folletos en cuchillas lanzadas al cuello. Así parece ser el mundo que habita fuera de los focos. Un mundo donde el decorado desaparece y rige la ley del más fuerte. Bienvenidos a la realidad.