De inventar el fútbol en Albacete al exilio: la historia olvidada del republicano Franklin Albricias
El deporte apenas existía en Albacete cuando Franklin Albricias Goetz llegó a la ciudad, allá por 1917. Y el fútbol, mucho menos. Quien lo diría, sabiendo ahora que la Selección Española de Fútbol se ha proclamado campeona del mundo. Por segunda vez, hace ahora una semana. Y en la primera ocasión gracias al gol de un albaceteño, Andrés Iniesta.
Franklin Albricias, profesor de Francés, nacido en Alicante en 1892, aprobó las oposiciones y tomó posesión de su plaza en la Escuela Normal de Maestros de Albacete. Convencido de que la formación del profesorado debía equilibrar la preparación teórica con la práctica física, se involucró de inmediato en el desarrollo de las actividades deportivas. Y no fue fácil ya que, según confesó años después. “Ni uno solo de los muchachos tenía idea de lo que era el Lawn-Tennis (tenis sobre hierba) o cualquier otra manifestación atlética”, explicó. Ciclismo, tiro de pichón, caza y pesca y poco más se practicaban en aquel momento en este cruce de caminos de la Mancha.
Sin embargo, Albricias hizo mucho más que introducir el balompié en la capital durante el escaso lustro que residió en ella, impulsando la creación del primer club, antecedente del Albacete Balompié.
Su activa participación en la vida cultural, deportiva, religiosa, política y social de Albacete le convirtió en una de las figuras más destacadas de la transición entre la década de 1910 y los primeros años veinte del siglo pasado. Y a pesar de que una calle de la ciudad cercana al estadio municipal Carlos Belmonte lleva su nombre desde enero de 1981, su labor para que Albacete evolucionara hacia una ciudad más moderna y de progreso, no ha alcanzado el reconocimiento necesario, en especial, en materia deportiva.
“No creo que haya recibido el reconocimiento suficiente como fundador del fútbol y de los otros deportes que impulsó en Albacete”, explica su nieto, Franklin Mario Salazar Albricias, una vez conocida la trayectoria albaceteña de su abuelo.
De ideas claras, su carrera como educador fue fruto de su vocación y de la influencia de su entorno. Su padre, Francisco Albricias Baca, catalán afincado en Madrid, se trasladó a Alicante a finales del siglo XIX junto a su esposa, Julia Goetz Maurer, de familia protestante y origen suizo; y lo hizo por consejo médico, pero también para iniciar una nueva etapa vital tras graves pérdidas familiares y, además, después de enfrentarse a un destierro por mor de su condición de evangelista.
Una vez en tierras alicantinas, Albricias Baca, además de dirigir el semanario El Clarín, fundó en 1897 la Escuela Modelo de Alicante, referente cultural y educativo de esa ciudad. Y fue en esas aulas donde se formaron como docentes sus hijos, Lincoln y Franklin.
De hecho, el padre del fútbol albaceteño acabó siendo el último director de ese centro educativo protestante en el que se apostaba por métodos pedagógicos europeos, gracias a los que los alumnos aprendían más viendo y experimentando que memorizando.
Un deportista total
El deporte siempre estuvo en la vida de Franklin Albricias. Su nombre aparece en la prensa alicantina desde los primeros años del pasado siglo ligado especialmente al fútbol, pero no en exclusiva. También formó parte del Club Ciclista Crevillente, realizando diversas rutas.
En 1913 ya era un popular futbolista que fue seleccionado junto a otros deportistas de Alicante, Valencia, Murcia y Cartagena para medirse a un equipo de Barcelona. La prensa registró el evento porque causó cierto revuelo. Así aparece en la revista Oro y Azul de Alicante, en su número del 5 de mayo de aquel año. El equipo levantino seleccionado -en el que aparecían otros apellidos como Terradillos, Mayor y Pareja- no fue del gusto de «algunos deportistas alicantinos», y todo porque “no se les ha ofrecido un puesto en el team”. Pues el resultado dio la razón a los jugadores críticos, ya que el equipo levantino perdió ante el club barcelonés por 6-2.
Pero más allá de jugador de campo, a Franklin Albricias le iba también la organización interna de los equipos. Y según El Eco de Levante, en diciembre de 1913, con apenas 21 años, pasó a formar parte de la directiva del Lucentum Foot-Ball Club como vocal, bajo la presidencia de Marcelo Agudo.
No creo que haya recibido el reconocimiento suficiente como fundador del fútbol y de los otros deportes que impulsó en Albacete
Un par de años después fue admitido como aspirante a las oposiciones convocadas para profesores especiales de Francés en las Escuelas Normales de Maestros y Maestras de varias provincias de España, entre ellas, Álava, Alicante, Badajoz, Barcelona o Burgos. Y paralelamente, Franklin Albricias seguía desarrollando su carrera deportiva; en enero de 1917, el diario republicano alicantino El Luchador destacó su papel como jugador del Lucentum en un partido contra el Don Bosco de Valencia.
La crónica firmada por Valentín Carratalá subrayaba que el encuentro se había disputado dentro de un convento salesiano a beneficio de la orden. A pesar del entorno, el Lucentum empató y el protestante Albricias -que fue convocado junto a su hermano, Lincoln, entre otros- fue ovacionado por el público católico, culminando la jornada con un banquete costeado por los religiosos. La crónica ponía sobre el tapete el conflicto religioso de la época a través del fútbol.
Profesor en Albacete
Y fue en esos días cuando, mediante una Real Orden, se confirmaba su nombramiento oficial para la Escuela Normal de Maestros de Albacete como profesor especial de Francés y se le asignaba una remuneración anual de 1.500 pesetas. Unos meses después, fue designado secretario de ese centro educativo, creado en 1841 al albur de la formación moderna que marcaba la Ley de Instrucción Primaria del 21 de julio de 1838.
En ese 1917 decidió poner en práctica en la ciudad sus conocimientos sobre el balompié e impulsar los primeros equipos locales. En mayo ya estaban en marcha, al menos, dos conjuntos: uno, conocido como Normal, que reunía a alumnos de la Escuela Normal de Maestros y el otro, llamado Liga, representante de la Liga de Dependientes del Comercio y la Banca, asociación de carácter mutualista y sindical que agrupaba a los empleados de los comercios y entidades bancarias de la ciudad.
Entre los jugadores del equipo de la Escuela Normal estaban Mombredo, Molina, Fuentes, Valero, Llorca, Descalzo, Gregorio, Sainz Pardo, Bello y Patoy; mientras que en el equipo de la Liga militaban Serrano, Cullell, Tapia, Ángel, Sancho, Jubany, Jimeno y Legorburo. Por cierto, tanto Cullell como Tapia eran los apellidos de varios de los futbolistas convocados para el encuentro que se disputó el domingo, 27 de mayo, de ese 1917 en un campo habilitado a la espalda del Recinto Ferial, según reseñó Defensor de Albacete, periódico que, en la previa del partido, recordó que comenzaría a las cinco de la tarde, que duraría 90 minutos divididos en dos partes de 45 minutos, y con un descanso de 10 minutos.
También contemplaba 20 minutos de prórroga en caso de empate, tiempo que se ampliaría hasta que alguno de los dos equipos se hiñera con la victoria. Y se advertía al público que respetara las líneas que delimitaban el campo, que el periódico llamaba 'rayas'.
La crónica del encuentro apareció en el mismo periódico el miércoles, 30 de mayo, firmada por Roque Font, un seudónimo del periodista que optó por no colocar su nombre, algo muy habitual en aquellos años. “La primera parte del primer tiempo estuvo algo desanimada”, pero en los minutos finales se marcaron dos goles, no sin cierta polémica arbitral. Y en la segunda parte, los jugadores, mucho más activos, despertaron al público en un encuentro que finalmente ganó el equipo de la Liga por dos goles a uno. El cronista resaltaba que los jugadores eran unos «“aestros consumados”.
Con el paso de las semanas, el deporte cuya invención se atribuye a los ingleses en 1863 fue ganando adeptos. Por eso, este maestro de Francés y hombre de mil disciplinas decidió crear el primer club, que debutaría en plena Feria de septiembre. Según publicó el historiador y cronista oficial de la ciudad Francisco del Campo Aguilar en su Albacete Contemporáneo 1925-1958, sus jugadores “vestían camiseta encarnada y pantalón blanco, llevando como escudo una estrella blanca de cinco puntas, al modo de los Exploradores de aquella época (los considerados boy-scouts españoles), simbolizando el Siempre Adelante que los caracterizaba”. Se da la circunstancia que ese emblema era muy similar al que utilizaba la Escuela Modelo alicantina que fundó su padre en Alicante.
Ese primer equipo local se denominaba Sporting Foot-Ball Club y su debut se fijó para el 16 de septiembre, domingo, en el ocaso de la Feria. Defensor de Albacete anunció la noticia indicando que el encuentro enfrentaría a los albaceteños con la segunda plantilla del Lucentum F.C., equipo con el que Albricias mantenía unos estrechos lazos tras haber sido jugador y directivo. Y se apuntaba que este “espectáculo deportivo que tanto interés despierta en el extranjero y en muchas regiones de España, podrá presenciarse mañana por primera vez en Albacete», por lo que, «para mayor comodidad, los espectadores se colocarán sillas alrededor de la pista”, el campo que se había habilitado detrás del Recinto Ferial. Esa misma Feria se inauguró la nueva Plaza de Toros y el Gran Hotel.
Al parecer, no fue del agrado del público que se denominara al equipo local con un término anglosajón, de ahí que fuera rebautizado como Club Deportivo Albacete, antecedente, sin duda alguna, del actual Albacete Balompié. “Es un orgullo que se reconozca a Franklin Albricias como uno de los fundadores del Albacete Balompié. Uno de mis primeros viajes tras llegar a España fue a Albacete para fotografiar la placa de la calle que lleva el nombre de mi abuelo”, rememora su nieto, que en la actualidad reside en Alicante tras pasar décadas en Estados Unidos. Y remata añadiendo que años atrás, trató de contactar con la directiva del club manchego, “nos decepcionó mucho que nunca respondieran, además, cuando visitamos la tienda de artículos deportivos en Albacete, no había nada en su interior que hiciera referencia a la historia del club”.
Según recogió Del Campo Aguilar, tras ese primer equipo se formó su primer rival local, Hispania F.C., al que siguió con el tiempo el Real Ritz. Y el auge que fue tomando el balompié llevó a la puesta en marcha de una sociedad federada, la Unión Deportiva Albacete, que dispuso de su propio campo de fútbol en el paseo de la Cuba, disputando tan solo encuentros amistosos. Con el paso del tiempo, la práctica del deporte rey se convirtió en un problema y llegó a generar debates en el Ayuntamiento. En una sesión ordinaria municipal se advirtió que los balonazos estaban causando estragos al arbolado del actual Parque de Abelardo Sánchez, por lo que la Corporación instó a los aficionados a practicarlo en los Ejidos de la Feria o en espacios libres de vegetación.
No obstante, la historia del fútbol albaceteño podría haber sido muy diferente, ya que Albricias no se quedó de brazos cruzados tras su llegada a Albacete y optó en ese 1917 a las oposiciones por turno libre para cubrir la plaza de la Cátedra de Lengua Francesa en el Instituto General y Técnico de Mahón. O no se presentó o no aprobó, porque permaneció en la ciudad manchega, donde le incrementaron el salario a 2.000 pesetas unos meses después.
Educación, compromiso y tensiones políticas
Una de las polémicas más sonadas de las que participó llegó en abril de 1919, y apareció en periódicos como el gallego El Eco de Santiago bajo el título Desde Albacete. Notas desconsoladoras. Según aparecía en una amplia crónica, el Ministerio de Instrucción Pública había destituido de forma fulminante al director de la Escuela Normal, José María Lozano, un docente respetado y de gestión intachable. Y todo porque se negó a despedir al conserje del centro. Esa crisis estaba más que ligada al caciquismo local. Y es que ese ordenanza era socialista -ocupaba un alto cargo en la Casa del Pueblo-, y de forma paralela colaboraba con el semanario progresista El 13, desde el que se combatían las intrigas de políticos locales y la gestión de un antiguo director, Prudencio Vidal, lo que desató una venganza política contra él y contra el profesorado de la Normal.
El cese del director provocó una ola inmediata de reacciones en la Escuela Normal y en Albacete. Los estudiantes iniciaron protestas, la Liga de Dependientes se movilizó y se celebraron mítines en diversos establecimientos y en la Casa del Pueblo exigiendo la restitución de Lozano. Y en esa crisis, y por entender que se estaba cometiendo una injusticia, el nuevo director, Félix Alonso, dimitió inmediatamente en señal de protesta, y fue secundado por Franklin Albricias, que dejó de ser secretario, acompañado de otros profesionales. Una vez superada la crisis, Félix Alonso retomó su responsabilidad.
Ese mismo año de 1919, el nombre de Franklin Albricias aparece ligado a otro proyecto. El periódico El Sol publicó una crónica el 18 de junio recogiendo una iniciativa social e intelectual impulsada por un grupo de profesionales en Albacete.
El rotativo alababa la propuesta y señalaba que Franklin Albricias y otros vecinos de Albacete habían constituido el Grupo Libre de Cultura.
A través del manifiesto fundacional que dirigieron a sus conciudadanos, Albricias y los demás firmantes explicaban que sus objetivos eran “encauzar y enardecer las aspiraciones sentidas por los elementos sanos de nuestra ciudad. No nos une sino un propósito generoso, compenetrado con nuestros deberes de ciudadanía”, destacando que detrás no había pretensiones ideológicas, ·y para ello, en nuestras filas podrán agruparse las personas de opuestas políticas y credos de creencias más diferentes, siempre que pongan buena voluntad al servicio de una labor de purificación de las viejas costumbres públicas, harta para nadie provechosas“.
Educación, progreso social y concienciación ciudadana contra la corrupción eran algunas de sus metas.
Directivo de la Federación Levantina
Pero el hecho de que Albricias se involucrara en movimientos sociales no hizo que se olvidara de su faceta deportiva. Desde finales de 1920 pasó a ser directivo de la Federación Levantina de Fútbol como contador de su Junta Directiva como representante del Club Deportivo Albacetense. En esta entidad compartía reuniones con dirigentes murcianos, cartageneros y alicantinos, una labor que compatibilizaba con su profesión de maestro de Francés en la Escuela Normal, pero con un sueldo de 4.000 pesetas a partir de 1920, y 500 pesetas más por antigüedad desde 1922, cuando todavía permanecía en Albacete.
Precisamente, en esos meses, Franklin Albricias explicó en el diario Alicante la situación en la que se encontró el deporte a su llegada a Albacete en 1917. “La actividad deportiva se inició en Albacete en el seno de la Asociación de Alumnos de las Normales”, señalaba, una labor que calificaba de “penosísima”, ya que “ni uno solo de los muchachos tenía idea” de deporte alguno.
Para ese momento, narraba, el Club Deportivo Albacetense nada tenía que ver con el equipo que nació en la Escuela Normal, que se dedicaba “por ahora, exclusivamente a practicar el balompié” y que “tras un largo período de casi fallecimiento”, había retomado su actividad, haciendo gestiones “para adquirir un magnífico terreno vallado y se preparan concursos atléticos para cuya organización se cuenta con el apoyo de importantes personalidades de la capital. Hasta ahora, poca labor deportiva se ha hecho en Albacete”. En ese tiempo también actuaba como árbitro de fútbol, como hizo en abril de 1921, en un encuentro entre el Club Natación Alicante y el Grupo Deportivo del Círculo de Bellas Artes.
En 1923, Albricias se incorporó como redactor de Deportes de la Revista Ilustrada Alicante, comprometiéndose a ofrecer una información local completa y a mantener el desapasionamiento y la serenidad por encima de las rivalidades entre los clubs, con el firme propósito de ocuparse únicamente del deporte “en el sentido más amplio y más noble de la palabra”.
Y es en esa época cuando su presencia en la prensa alicantina aumenta notablemente, momento en el que se incorporó como profesor a la Escuela Modelo y comenzó a desarrollar una intensa actividad social y cultural, formando parte de las directivas del Ateneo de Alicante y de la Liga de los Derechos del Hombre, además de músico de la Orquesta de Cámara. También fue masón, conocido bajo el nombre de Teófilo, en la Logia Numancia 417 de Alicante.
Fe, política y el doloroso camino del exilio
Su faceta religiosa fue otra de las herencias familiares. Su padre fue pastor de la Iglesia Evangélica Española, y según ha recogido Lucía González González en el libro La capilla protestante. Origen y Desarrollo del Movimiento Protestante en Albacete, Franklin Albricias, además de pastor, era colportor, misionero dedicado a la distribución y venta puerta a puerta de libros, folletos o publicaciones religiosas. También fue masón, conocido como Teófilo, dentro de la Logia Numancia número 417 de Alicante.
Políticamente, estuvo afiliado inicialmente al Partido Republicano Radical Socialista y luego a Acción Republicana. Fue elegido concejal de Alicante en 1931, llegando a ocupar simultáneamente los cargos de primer teniente de alcalde y presidente de la Diputación Provincial, gestión bajo la cual se inauguró el Museo Arqueológico Provincial alicantino en 1932. Su implicación en la huelga e insurrección de octubre de 1934 le costó la destitución de sus cargos y un breve encarcelamiento, aunque fue restituido con la llegada del Frente Popular, permaneciendo en el Consistorio hasta el golpe de estado franquista.
Fue el 29 de marzo de 1939, cuando faltaban solo dos días para el fin oficial de la Guerra Civil, cuando Franklin Albricias buscaba una vía de escape en el puerto de Alicante, que en esos días era un hervidero de desesperación. Entonces, dejó su casa, sus pertenencias y la vida que había construido para proteger su vida y la de su familia y preservar su libertad en una época incierta.
Terminó marchándose con su esposa a Bélgica, país donde ya se encontraban sus hijos. La posterior invasión alemana durante la Segunda Guerra Mundial lo forzó a trasladarse a Argel, donde vivió exiliado durante años, para finalmente mudarse a Suiza. En este último destino desarrolló una notable trayectoria religiosa, alcanzando el cargo de obispo y miembro del consejo mundial de la Iglesia Metodista antes de fallecer a los 79 años, habiendo perdido la visión en la última etapa de su vida, dejando tras de sí una historia que requiere ser contada.
El retorno y el significado de la memoria
Hoy, casi nueve décadas después, su apellido ha vuelto a casa. Su nieto, Franklin Mario Salazar Albricias, tras una larga etapa viviendo en Estados Unidos, reside actualmente en Alicante. Un regreso que es mucho más que un cambio de dirección; es una reconciliación con el pasado. “Mi familia se siente muy orgullosa de los numerosos logros de la ilustre vida de mi abuelo”, señala su nieto, quien afirma que le encanta el fútbol, “es el deporte de mi juventud, sigo con gran interés al Albacete Balompié, La Liga, la Champions League y la Premier League”.
Ochenta y siete años después de que el histórico Franklin Albricias se viera obligado a huir de España para salvar su vida, su nieto recorre las mismas calles del Alicante de hoy en día, cerrando un círculo de generaciones marcado por el desarraigo, la pérdida y la búsqueda de justicia. “El miedo y la pérdida que sufrió mi abuelo marcaron a nuestra familia durante generaciones, y su decisión de marcharse fue un acto de supervivencia que aún nos persigue y define nuestra identidad”, explica.
Por eso, afirma que la Ley de Memoria Democrática viene a reconocer “las consecuencias humanas de la represión: las rupturas en las historias familiares, el dolor del exilio y las preguntas sin respuesta sobre los seres queridos desaparecidos. Sus disposiciones -el reconocimiento de las víctimas, la facilitación de exhumaciones y la oferta de vías legales para los descendientes- transforman principios abstractos de justicia en un apoyo concreto para las familias que buscan cerrar un ciclo”.
Para este alicantino retornado, que trata de reconstruir todos los episodios de la vida de su abuelo, el mayor logro de la normativa ha sido su capacidad para convertir la reparación moral en un derecho administrativo y político real. La ley le ha permitido obtener la nacionalidad española, uniendo legalmente los pedazos de un cristal que la guerra rompió en 1939. “Agradezco especialmente que el reconocimiento que otorga la ley se haya traducido en una vía legal real para que yo pueda recuperar mi vínculo formal con España a través de la ciudadanía”, concluye Franklin Mario Salazar Albricias.
“Ese resultado práctico hizo tangible el reconocimiento histórico: validó la historia de mi familia ante el Estado y me permitió participar plenamente en el país del que huyó mi abuelo. Esta combinación de reconocimiento y reparación tangible es lo que hace que la ley sea tan significativa para mí: honra la memoria a la vez que abre las puertas a una reconciliación”, apunta quien ahora camina por la misma ciudad que lo hicieron sus antepasados hace décadas, donde una plaza lleva el nombre de su abuelo y que espera con paciencia reencontrarse en Albacete con la historia deportiva que comenzó a construir el padre del fútbol local en 1917.
Como apuntó el cronista oficial de la ciudad, José Sánchez de la Roda, “su apellido iba a ser un indicio de la feliz implantación de un juego de irresistible atractivo”. Y vaya que lo fue.