ENTREVISTA Joan Manuel Soldevilla, profesor de Secundaria de Lengua y Literatura
Enseñar a amar la lectura en clase frente a la debacle de PISA: “Saben leer, pero la complejidad de una novela les desborda”
Joan Manuel Soldevilla (Barcelona, 1964), uno de los tintinólogos más referenciados de España, suele aparecer en entrevistas para hablar de las aventuras del flamante periodista ideado por Hergé. Esta vez, sin embargo, reflexiona sobre el que ha sido su trabajo durante 40 años y del que se jubila precisamente este curso: la enseñanza de Lengua y Literatura a adolescentes.
Desde el Instituto Ramón Muntaner de Figueres, y en su etapa en la Universitat de Girona (UdG), Soldevilla ha dedicado toda su vida a educar a sus pupilos en el uso de la lengua, comprensión lectora y el amor por la literatura. Con el reciente batacazo de España en PISA, especialmente en esta materia, tiene algunas cosas que decir.
Los que han sido alumnos suyos le recuerdan por sus lecturas en voz alta del Quijote, Juan Ramón Jiménez, Góngora... ¿Lo sigue haciendo?
Sí. Creo mucho en la lectura pública, en la lectura en voz alta. Cuando leemos La vida es sueño, les digo a los alumnos que abran el libro y ellos creen que tienen que repartirse los papeles. Pero yo les digo que no, que lo leo todo yo porque ellos lo van a destrozar [ríe]. Entonces me paso un par de días leyéndoselo de arriba abajo, con incisos explicativos. Esa lectura pública, que hemos perdido, les gusta y les interesa.
Usted mantiene esa estrategia desde hace 40 años, pero sus alumnos han cambiado.
Aquí hay diversos niveles. Si hablamos de comprensión oral, en general siempre se ha trabajado poco, porque se sobreentendía que el profesor hablaba y el alumno comprendía, y lo hemos ido descuidando. En lo que se refiere a la comprensión de un texto escrito, ha habido un desajuste grave en los últimos años. Entienden menos los textos en comparación con no hace tanto tiempo.
PISA 2025 concluye que la caída de la competencia de Lengua es de un curso escolar en solo tres años. ¿Le sorprende?
Lo más dramático de todo es que estos resultados eran absolutamente previsibles. Ha habido una mengua tremenda en esa comprensión. Hace diez años –o sea, no hace tanto–, leíamos en segundo de bachillerato Los Pazos de Ulloa, de Emilia Pardo Bazán. Los alumnos lo leyeron. Además, estaba mi hija entre ellos, que no era especialmente lectora. Este último curso lo volvimos a leer, y mis alumnos no pudieron. No entendían el texto. Saben leer, están alfabetizados, pero la complejidad que implica una novela les desbordaba. Realmente era como si a mí me pusiesen a leer un texto en holandés. Antes se entendía, quizás con algo de esfuerzo. Ahora ni con esfuerzo.
Lo más dramático de todo es que estos resultados eran absolutamente previsibles. Ha habido una mengua tremenda de la comprensión
Una de las conclusiones de la OCDE es que esto se debe a la pérdida de capacidad de atención y concentración debido al uso de pantallas.
¡Ya tenemos al culpable! Eliminemos las pantallas y todo se arreglará. Es evidente que dificultan la concentración, pero se puede corregir. Leer, esforzarse, concentrarse, es como una gimnasia. El primer día haces diez abdominales y al mes siguiente 50, mientras hablas con tu compañero. El mundo de las pantallas ha pervertido la concentración, pero ¿es una cuestión de atención, o también de lenguaje?
Las pantallas no son el único culpable, entonces.
Hay otro aspecto que es la dificultad de vocabulario, de léxico, de estructuras, que también está asociado a lo anterior. Al final aprendemos el vocabulario porque leemos. Si tus referentes léxicos son determinados comunicadores que a veces buscan un registro muy coloquial, tu bagaje, tu mochila de vocabulario, está muy poco cargada.
Otra hipótesis, al margen de las pantallas, es que a lo largo de la escolarización no hayan adquirido los conocimientos suficientes para contextualizar e interpretar un texto.
Claro. A veces se han exagerado determinados modelos formativos muy competenciales, muy organizados a través de proyectos, que al final son endebles, porque nos falta esa visión de la realidad cultural como un ecosistema donde todo está relacionado.
Yo uso la metáfora de una mochila con un agujero. Antaño, muchas veces aprendías algo, lo metías en la mochila, se caía por un agujero y lo olvidabas. Pero si a ti te explicaban quién era Newton en Ciencia, y el siglo XVII y la Ilustración en otras asignaturas, y conseguías conectarlo, entonces estabas tejiendo una red para tapar ese agujero. Quizás antes pecábamos de conocimientos muy dispersos, pero ahora pecamos de falta de conocimientos, y la mochila acaba vacía.
A veces se han exagerado determinados modelos formativos muy competenciales, muy organizados a través de proyectos, que al final son endebles
Una paradoja con la caída de la comprensión es que, según las encuestas, los jóvenes leen más que nunca.
La lectura entre los jóvenes, no nos engañemos, ha sido siempre minoritaria. En los 2000 no estaba todo el mundo leyendo a Lope de Vega. Yo, que fui un adolescente lector, ya era un bicho raro. No pasa nada. Con la Educación Secundaria Obligatoria, evidentemente tiene que haber subido el porcentaje de lectores. Es una noticia magnífica, pero hay que preguntarse qué leen. No voy a criticar a esos jóvenes que leen novelas banales y romanticoides, porque yo también leo a veces chorradas, pero leer mucho no significa tener una población muy instruida. Pero sí es un hábito bienvenido que se debe extender, porque a veces empiezan con novelas banales y acaban en la literatura.
¿En clase le cuesta transmitir el gusto por la literatura más que antes?
Es que ese es mi apostolado. Mi objetivo es convertirlos a mi pasión por la lectura. Para mí es fácil transmitir el gusto por la lectura, porque estoy hablando de algo que me parece importante. Es mágico. Fíjese que Garcilaso escribe un poema, en su alcoba, a mano… Y 500 años después, en Figueres, unos chicos lo leen y, si se lo explicamos bien, pueden entender que habla de algo que ellos conocen. Del paso del tiempo, de aprovechar la juventud... No es un discurso mío, ¡se lo está explicando Garcilaso!
Cuando habla de esa –y con esa– pasión, noto cierta crítica velada a aquellos docentes que no la tienen. ¿Es así?
Todo profesor de Lengua y Literatura –¡incluso todo profesor!– debería tener esta pasión por la lectura, y es verdad que no todo el mundo lee. No puedes promover el gusto por la lectura si tú no eres lector, es un discurso falso que estoy seguro de que los alumnos perciben como poco sincero. Y yo entiendo que haya a quien no le gusta leer, a mí no me gusta subir montañas, pero lo que quiero es que los jóvenes entiendan que leer merece la pena.
Otro indicio que señala el informe PISA para España, alertado por no pocos docentes, es que el uso excesivo de Inteligencia Artificial puede empeorar los aprendizajes.
Es que yo entiendo el drama de los jóvenes: que lo haga la Inteligencia Artificial es muy atractivo. Lo es tanto que nuestro discurso no puede ser que no la toque. Lo que hay que explicarles es que la construcción de un texto es la construcción de nuestras ideas, y que está bien utilizar la IA como fuente de información o como corrector, porque es un recurso maravilloso, pero que si no son capaces de gestionar, crear, y ordenar un texto, no lo serán de pensar. Ya es prácticamente imposible encargar un trabajo o una redacción. Los profesores no podemos ser policías de la IA.
Está bien utilizar la IA como fuente de información, o como corrector, porque es un recurso maravilloso, pero que si no son capaces de gestionar, crear, y ordenar un texto, no lo serán de pensar
Le pregunto otra capa de dificultad, visible también en su instituto: el aumento del alumnado de origen extranjero y el que tiene necesidades educativas especiales.
Aquí hay que diferenciar entre los alumnos de familias de fuera pero escolarizados aquí desde siempre, y los recién llegados. Me imagino ese pobre alumno chino que aterriza aquí con 11 años: ¡la experiencia debe ser espeluznante! Es muy complicado para ellos y para el centro, y no se ha sabido gestionar. Aquí la palabra clave es “recursos”. Requiere más profesores, pero ya hemos visto cómo se habilitaban otros recursos innecesarios, como repartir ordenadores para todos. Con más profesorado se pueden dividir grupos, atender de forma personalizada, y ahora estamos pagando también esas consecuencias.
Hay alumnos que entienden perfectamente un texto porque su bagaje, su formación, sus lecturas, y su entorno familiar ha ayudado; y hay alumnos que apenas entienden su significado más elemental. ¿Cómo gestionas esto en el aula? La tendencia es que los grupos sean heterogéneos, no hacer grupos separados, pero yo creo que ahí nadie sale beneficiado.
¿Cree que habría que volver a los grupos por niveles?
Creo que en algunos casos es imprescindible, porque el profesor queda desbordado al tener tres o cuatro niveles distintos. No estamos hablando de adaptar solo a un alumno con dislexia.
Cuando le propuse la entrevista me dijo que, pese a todo, veía brotes verdes. Llevamos media hora y no han aparecido.
[Ríe]. Le voy a decir algo que parece una evidencia algo simplona: los chavales son buena gente. La imagen de que solo están preocupados por el reguetón, las pantallas, el gimnasio, las drogas y el porno, no es para nada la del alumno en general. Ellos quieren aprender y son conscientes de que la formación va a ser esencial para su desarrollo. Esa base sigue existiendo. Otra cosa: para ellos el instituto es un mundo aparte, donde no pueden usar el móvil, no pueden saltarse clase, deben hablar con respeto, sentarse en su sitio… Es una burbuja de civilización que, en el fondo, agradecen. Cuando prohibimos el móvil hace tres años, todo el mundo se preguntaba qué iba a pasar.
¿Qué pasó?
¡Nada! Que dejaron de traerlo. La predisposición para aprender está ahí y con nuestra labor docente, y si tenemos los recursos, podemos conseguir alimentarla. La situación se puede reconducir, no hay que ser apocalípticos, que este era un país de analfabetos hace no tanto.
La imagen de que solo están preocupados por el reguetón, las pantallas y el porno, no es para nada la del alumno en general. Ellos quieren aprender
¿Cómo se reconduce entonces?
Administración, docentes, familias y alumnos debemos actuar. Dejar de hacer experimentos y mantener un plan de estudios lo más estable posible, recuperar algunos valores de antes como la lectura, el conocimiento o la memorización… Luego los profesores también tenemos nuestra cuota de cantamañanas, y la Administración debería expulsarlos claramente del cuerpo si no cumplen unos requisitos mínimos. En cuanto a los alumnos, también saben que si la dependencia del móvil es nociva, deben esforzarse y reconducir determinados hábitos. Y lo mismo para las familias. La conjura para mejorar debe ser de todos.