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Por qué la izquierda lo tenía todo para ganar en Catalunya tras el franquismo y perdió: “Pujol fue el voto útil de la patronal”

Oriol Solé Altimira

Barcelona —
11 de septiembre de 2026 23:22 h

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Catalunya era un problema para las élites de la transición. Y no solo por la cuestión nacional. Era el territorio del Estado donde más fuerza tenían los partidos de izquierda y donde más crudo se mostraba el conflicto social amordazado por la dictadura. ¿Cómo es posible que el primer president de la Generalitat salido de las urnas tras el franquismo fuera un banquero conservador como Jordi Pujol? Eloi Gummà contesta a esta pregunta en De l'antifranquisme al pujolisme (Akal).

Como buen historiador, Gummà anticipa una respuesta de varios factores, empezando por los errores de la propia izquierda (esa variable constante de la historia). En la obra, sin embargo, emerge uno de los aspectos menos destacados en las biografías oficiales sobre el ascenso al poder de Pujol: el apoyo decisivo que recibió de la patronal Foment del Treball y de los sectores económicos que tenían miedo a una Generalitat con consellers del PSC y el PSUC.

“El pujolismo fue una reacción empresarial que reagrupó a todas las fuerzas conservadoras, los poderes económicos y la patronal para evitar que las izquierdas ganaran la Generalitat. Pujol fue su voto útil”, explica Gummà en conversación con elDiario.es.

Pujol fue el dirigente más hábil, estratégicamente, del tardofranquismo y la transición

La obra de Gummà, muy documentada y abundante en citas de los personajes que marcaron la transición en Catalunya, desmonta el mito de Pujol (que sus 23 años de hegemonía contribuyeron a edificar) como personaje nacido para ser president. Gummà aporta una nueva mirada y sitúa al expresident en la dinámica española y en el contexto internacional de la época: el fin de la paz social de posguerra y el inicio del neoliberalismo.

“Pujol fue el dirigente más hábil, estratégicamente, del tardofranquismo y la transición”, destaca Gummà, para quien la mirada crítica al pujolismo no es incompatible con constatar que el expresident fue un animal político.

El historiador cuenta que, en sus inicios políticos en el antifranquismo, Pujol sabe que la hegemonía es de las izquierdas y que no tiene la suficiente fuerza para contrarrestarlas. Y acepta muchos de los consensos de socialistas y comunistas, para irritación de Josep Tarradellas o Adolfo Suárez. Los resultados electorales de las generales y las municipales de 1977 y 1979 lo confirmarían: la izquierda arrasó en Catalunya y Convergència obtuvo resultados modestos.

Gummà rescata los documentos fundacionales de Convergència, que incluso hablan de socializar partes de la economía y abogan por una transformación social. “Son un síntoma de hasta qué punto la sociedad catalana de la época estaba escorada a la izquierda”.

Todo cambió antes de las elecciones al Parlament de 1980, cuando el fundador de Convergència se sube al carro del anticomunismo. “Pujol cogió a la izquierda con el pie cambiado”, remarca Gummà. El futuro president leyó bien la decepción con los resultados de la transición que llevó a la primera de varias desafecciones de la izquierda.

Además de romper la, hasta entonces, alianza del antifranquismo catalán, Pujol empieza a ser autocrítico con los opositores a la dictadura y culpa a sindicatos y partidos progresistas de haber lanzado expectativas inalcanzables.

“A Pujol no le gustaba el compromesso storico [la alianza entre comunistas y democracia cristiana impulsada por el PCI en Italia] y mantuvo que era un riesgo muy grande que la fuerza más importante de la izquierda en Catalunya fuera el PSUC”, recuerda Gummà.

Pujol no era el primer nombre que manejaron las élites. “Desconfiaban de él por su anterior relación con los comunistas, pero termina siendo el único hombre posible para derrotar a la izquierda. La patronal apuesta por Pujol porque no puede apostar por nadie más”, relata el historiador.

La “Operación Foment”, explica Gummà, consistió en que la patronal financió directamente a Convergència y Esquerra y el resto de fuerzas conservadoras a cambio de la moderación de sus programas electorales. Además, en una acción inédita, Foment hizo una campaña propia antes de los comicios con publicidad en los periódicos, folletos y revistas.

“En total, Foment del Treball se gastó 700 millones de pesetas en la campaña de las catalanas de 1980”, resalta Gummà. Al otro lado, los esfuerzos fueron más modestos: socialistas y comunistas apenas pudieron destinar 100 millones a la campaña. No fueron unas elecciones en igualdad de condiciones.

“Fue una campaña del miedo, dirigida a instalar el mensaje de que si ganaba la izquierda, Catalunya iba a caer en la ruina y los empresarios se marcharían. Hasta el propio presidente de Foment dijo que había sido la mayor intervención de una patronal europea en unas elecciones democráticas”, asevera el historiador.

Hay dos nombres a recordar en esta historia: Carlos Ferrer Salat y Ramon Trias Fargas. El primero, empresario farmacéutico y gran reorganizador de la élite económica en España tras el franquismo, presidió Foment, fundó la CEOE y contactó con Pujol en los 60 “para formar una nueva clase de dirigentes catalanes burgueses, pero alejados del servilismo de muchos de ellos con el régimen”, cuenta Gummà.

Trias Fargas fue un intelectual y el principal importador a España de las tesis neoliberales de la escuela de Chicago. Estuvo alineado con Ferrer Salat en la necesidad de crear una nueva clase dirigente afín. “En su artículo 'Empresarios de España, uníos', Trias Fargas resalta la importancia de que los empresarios se reagrupen alrededor de líderes sin vinculación con la dictadura porque si no la izquierda arrasaría en la transición”, detalla Gummà.

Para muestra de la hegemonía de la izquierda y su posterior derrota, el partido que fundó alguien tan de derechas como Trias Fargas en la transición: Esquerra Democràtica de Catalunya. “Si no decías que eras de izquierda, no pintabas nada”, remacha Gummà. Trias Fargas fue el primer conseller de Economía de la Generalitat de Pujol.

Pujol dejó escrito su alejamiento de los comunistas en su histórico artículo en La Vanguardia de diciembre de 1979 'Sant Pancraç, doneu-nos feina i salut' [San Pancracio, dadnos trabajo y salud]. Al tiempo que admitía haber sido “el más importante de los banqueros catalanes”, se presentaba heredero de “la pequeña burguesía catalana adicta al trabajo” y empezaba a dibujar la línea roja de quién era o no catalán, una de las señas de sus 23 años en la Generalitat: “El catalanismo político es el que no supedita el país a la lucha de clases”.

El antifranquismo en Catalunya no solo quería conseguir la autonomía, sino terminar con las élites económicas del franquismo

Para Gummà, el paso de Pujol por el poder fue la implantación del neoliberalismo en Catalunya. Es una tesis provocadora, que enfadará a los convergentes de todos los partidos a los que dedica el libro, pero interesante.

No es que Pujol desmantelara un Estado del Bienestar (inexistente, por otro lado, en la España posfranquista) como hizo Margaret Thatcher en el Reino Unido, sino que su presidencia enterró la hegemonía progresista del catalanismo y logró que calara en buena parte de la ciudadanía el mensaje de que los valores de la izquierda eran incompatibles con Catalunya.

Gummà cuenta cómo el expresident “redefinió desde el poder que la esencia de la catalanidad son los valores de orden, sentido común y propiedad privada, es decir, valores conservadores, y que, en cambio, los valores de la izquierda eran sucursalistas”. En otras palabras, con Pujol se crea el mito de la Catalunya harmónica donde todo el mundo acepta su clase social sin rechistar.

“Se ha acabado imponiendo un relato que consiste en que Pujol era una persona predestinada a presidir Catalunya, que tenía una visión de reconstruir el país y que solo siguió este camino, pero la historia no es así”, lamenta Gummà. La construcción del mito pujolista, agrega el historiador, ha marginado el “componente social del antifranquismo” en Catalunya, en especial la Assemblea de Catalunya, así como la tensión social y la lucha de clases de la época.

“El antifranquismo en Catalunya no solo quería conseguir la autonomía, sino terminar con las élites económicas del franquismo e instaurar una democracia real y participativa”, apostilla Gummà. El libro del historiador permite conocer la Catalunya que pudo ser, pero no fue, y los poderosos movimientos que lo impidieron.