La vida de Noa: ser gitana, trans y pobre en los márgenes de Barcelona
Noa siempre fue mujer, aunque parte de sus parientes insistieran en verla de otra manera. Nació en el seno de una familia gitana de Can Tunis, el antiguo barrio situado bajo el cementerio de Montjuïc, marcado durante décadas por la pobreza, la marginalidad y la droga. Su historia —atravesada por la violencia, la calle, la prostitución, la cárcel y la supervivencia— es uno de los ejes vertebradores de Corren las liebres, el documental de la fotoperiodista y cineasta Lorena Ros que se estrenó el viernes en el DocsBarcelona.
La película, construida durante cinco años, retrata también las vidas de Marikarmen, Luana y Nani, mujeres trans que crecieron y resistieron en los márgenes de Barcelona. Pero es Noa quien sostiene gran parte del relato con su testimonio.
“Yo puedo hacer esta película porque hay mucha gente que ya no está”, asegura.
Noa huyó de su casa siendo menor de edad. Ya no soportaba la violencia familiar ni la presión constante por su identidad. “Yo me escapé de casa y me vine a trabajar de puta en el barrio chino, que ahora llaman Raval. Me busqué la vida porque yo me tenía que ir de la familia. Mi padre era un homófobo a reventar, un machista y un maltratador. Mataba a palos a mi madre y a todos, nos crio a palos”, recuerda.
Ella y sus compañeras hablan de una violencia tan normalizada en sus vidas que nunca necesitaron ponerle nombre ni advertencias previas. La crudeza aparece en sus relatos con la naturalidad de quien ha tenido que aprender a sobrevivir demasiado pronto.
Noa fue desterrada de su familia por ser homosexual, aunque el vínculo con su madre nunca desapareció. “Ella es la heroína de nuestra familia, no tengo nada que hablar con ella y la quiero con locura. Ella me sacó de ahí”.
Un día, viendo cómo la trataba su padre, su madre le dio dos mil pesetas y un bocadillo de mortadela. “Me dijo: ‘Vete que tu padre te va a matar’”, recuerda.
Durante un tiempo, Noa regresaba a escondidas para verla. “Me escondía entre los sacos de patatas del patio”, recuerda. Pero aquellas visitas siempre terminaban igual: con el miedo de que su padre apareciera y descargara de nuevo la violencia sobre ella o sobre su madre. “Era muy joven y necesitaba de mi familia, necesitaba de mi gente”, sostiene.
Con el paso de los años y viviendo en la calle, la distancia se agrandó. “Tardaba como un mes en ir a casa, pero luego iba cada tres. Y como veía que no era querida ni bien recibida, pues al final pasé de ir año en año a ir cada dos años o no ver a mi madre en tres años. Pero claro, hay una edad en la que tienes que ver a tus padres”.
Durante ese tiempo comenzó a hormonarse para su transición. Cuando intentaba volver a casa, trataba de esconder su identidad para evitar problemas. “Me ponía ropa de tío”, cuenta entre risas, aunque reconoce que el disfraz nunca funcionaba. “Tenía pinta de niña con barba, lo que sería un chico trans aún sin hormonarse, y aunque yo pensara que parecía un chico, nada, era como un bollerón turco”, espeta riéndose.
La vida en la calle
La conversación transcurre en el Ágora, uno de los pocos jardines del Raval que siguen funcionando como refugio improvisado para las comunidades “despojadas y marginadas” del barrio. Allí, Noa recuerda cómo empezó a vivir en la calle siendo apenas una adolescente.
“No te faltará ningún sitio, porque siempre habrá algún mayor que quiera acogerte, pero claro, a cambio de algo”, rememora.
Durmió muchas veces al raso. Además de la violencia, su contexto familiar estaba también marcado por la droga: Can Tunis fue durante años uno de los grandes símbolos de la marginalidad barcelonesa y del tráfico de heroína.
“Se consumía mucho y había muchas peleas entre mis hermanos y mi padre”, explica.
La droga, la delincuencia y la prostitución terminaron formando parte de su vida cotidiana. Noa trabajó en Robadors, el antiguo “callejón del travesti”, en el Camp del Barça, la Bolera o los alrededores del Arc de Triomf. “En el descampado las mayores trans no me dejaban”, recuerda.
“Yo no sabía nada del respeto porque a mí nadie nunca me respetó. No sabía nada de los derechos de la infancia. Empecé siendo una chica de calle muy joven con todo lo que eso conlleva y la verdad es que trabajaba mucho. Era un momento en que la prostitución estaba en auge y yo empecé a montar mi personaje, mi vida de delincuente, de prostituta, de todo un poco para no tener que depender de nadie y poder ser lo más autosuficiente”, explica durante la entrevista con elDiario.es.
Lorena Ros, la directora del documental, asegura que uno de los grandes desafíos de la cinta fue evitar la mirada morbosa que suele acompañar relatos como este.
“Corren las liebres es una película hecha con mucho amor y admiración. No se trata de un documental observacional, sino de un documental subjetivo”, explica la directora, reconocida internacionalmente con tres premios World Press Photo y una larga trayectoria vinculada a los derechos humanos y la representación del trauma.
Ros asegura que durante el proceso sintió presión para enfatizar los aspectos más sórdidos de las protagonistas. “Me negué a utilizar palabras como exprostituta, exconvicta o exdrogadicta. La historia de Noa es la de una lucha de corazón y que tiene un mensaje muy potente y muy humano que es el de una madre que quiere recuperar la custodia de sus hijos”, señala.
Porque más allá de la marginalidad, el documental intenta mostrar algo menos habitual: la posibilidad del cambio. “Desde pequeña sufrí fatiga, violaciones, maltrato y acoso. Y cuesta mucho que la gente vea que a lo mejor has tenido un pasado y ahora tienes otro”, señala Noa. “La gente se cree que una no puede cambiar, pero claro que sí, y yo soy un ejemplo de ello, como el resto. Ya no soy la persona que era antes”.
La cárcel, punto de inflexión
Noa habla de su paso por prisión como un punto de inflexión inesperado. “Yo puedo decir que la cárcel me salvó la vida”, afirma.
En aquel momento dormía en la calle, robaba, consumía y se prostituía mientras enlazaba días enteros sin dormir. “Caballo, coca, crack, de todo”, enumera. Cuando ingresó en la prisión Modelo para cumplir condena, un análisis médico detectó una sífilis avanzada. “Me dijeron que estaba a punto de morir, porque si te llega al cerebro, te mata”, asegura.
Recuerda todavía el momento en que los enfermeros la retuvieron en la enfermería para administrarle penicilina. Cree que, de no haber entrado en prisión, probablemente habría muerto pocos días después en alguna calle del antiguo barrio chino. Ahora está limpia y puede contar su historia.
El título del documental nace de un poema de Eduardo Galeano dedicado a “Las Nadie”, aquellas personas invisibles para la sociedad.
“Son estas personas que son tratadas o vistas por la sociedad como Las Nadie. Esas personas que exactamente como dice Galeano en su momento también valen menos que la bala que las mata”, explica Marikarmen, prima de Noa, también gitana e intersex.
Marikarmen comparte buena parte de esa historia de supervivencia. Creció en el chabolismo y pasó la infancia entre pequeños robos para poder comer y la precariedad extrema. A los ocho años, su madre se la llevó a Mallorca para trabajar en el turismo.
“Ahí claro, tuve que aprender que todo lo que hacía en mi vida anterior estaba mal”, sostiene.Nunca terminó de adaptarse. A los 15 años escapó de casa y comenzó otra vida atravesada por la calle, la música y el activismo.
“Yo trampeo. Me refiero a que hago de DJ, doy charlas, trabajo con personas con discapacidad y casi siempre en una situación en la que muy pocas veces consigo cotizar”, resume.
Para Lorena Ros, todas las mujeres que aparecen en el documental funcionan como espejos de Noa. Distintas vidas atravesadas por una misma experiencia de exclusión.
“Al final la película sirve para que la gente vea una realidad que no está relacionada con el llanto y la desgracia, sino con la vida, el día a día real y humano de personas como nosotras”, concluye Marikarmen.
Noa insiste en que la película busca precisamente ampliar el relato habitual sobre las personas trans. “El número de mujeres como nosotras es muy grande. Con las que salimos damos visibilidad a personas de la calle que viven en los márgenes de la sociedad”, afirma.
“Hoy en día hay mucha visibilidad de algunas personas del colectivo LGTBI: chicas trans que han recibido apoyo familiar, que han sido hormonadas desde pequeñas, que han podido ir a Trànsit [la oficina de atención a las personas trans de Catalunya] pronto y que hoy pueden ser arquitectas o ingenieras”, concluye Noa. “Pero hay otras que no han tenido nada de eso, a ellas les damos visibilidad”.