Farga Beiby, la colonia textil ocupada que acoge a trans, migrantes y familias evangelistas: “Es nuestro espacio seguro”
En la Avenida Pocholo, justo en el punto en que desemboca en la Plaza Paquita, esperan Yoaline, Anto, Masha y Mantis, cuatro jóvenes habitantes de la Farga Beiby, una antigua colonia textil situada en el corazón de Catalunya y que hoy alberga la mayor comunidad trans de España. Son unas 50 personas, pero se apresuran a matizar que no sólo son trans. “Somos un grupo migrante, neurodivergente, queer... Y hasta hay familias evangelistas”, explica Mantis.
La Farga Beiby es un conjunto de cuatro edificios de la colonia originalmente bautizada como la Farga de Bebié, que acogía a los trabajadores de la fábrica de Los Suizos, inaugurada en 1899 y que cerró en 2008. Tras casi dos décadas de abandono, hace dos años y medio que un grupo de jóvenes arribó a este pequeño pueblo para hacer de él su hogar. Las fachadas, que estaban a medio comer por la vegetación, ahora lucen pintadas a favor de la diversidad sexual y contra la propiedad privada, mientras las voces de Taylor Swift o Karol G salen de unos altavoces que amenizan la tarde.
Las hay que salen a tejer al pequeño porche de su casa; otras simplemente se fuman un cigarro mientras comparten un Monster. También hay quien va o viene del río para hacer la colada y algún otro hace el tonto con un descapotable rojo en miniatura. Este pueblo se ha convertido en un “espacio seguro” para colectivos que se sienten perseguidos, juzgados y expulsados.
“Somos una familia, una rara, pero familia. Y, si nos echan, no tenemos adónde ir”, dice Anto. Y no lo dice por decir, porque sobre la Farga pesa la sombra del desahucio. Por ahora tienen un desalojo autorizado por el juez pendiente de ejecutarse y un proceso judicial abierto y que afecta al edificio en el que vive casi la mitad de los habitantes de la comunidad, entre ellos cerca de una decena de menores.
“Todas venimos de historias complicadas. Que nos expulsen significa no sólo perder la casa, sino las redes que hemos construido”, explica Anto, que carga en su mochila con la violencia familiar. De origen rumano, sus padres renegaron de ella cuando supieron que era no binaria y pansexual. Masha también llegó a la Farga para refugiarse; llego huyendo de su Rusia natal, donde era activista contra el gobierno de Putin y tuvo que ir hasta donde no la encontraran.
“Todos buscamos una familia y nuestra única regla es no juzgar a nadie; ni su pasado, su cuerpo, profesión o adicciones”, añade Yoaline, un joven ecuatoriano ‘transmasc’ que compagina su carrera como cantante con su trabajo como paramédico. De hecho, tan diversa es esta comunidad, que hasta conviven con tres familias evangélicas que llegaron a la Farga tras sendos desahucios.
Son una quincena de personas, migrantes en su totalidad, que fueron derivadas a la Farga Beiby por el responsable de la comunidad evangélica de Ripoll. Los ecos de este grupo ocupa habían llegado a la ciudad y, en vista de que diversos fieles estaban a punto de quedarse en la calle, el predicador fue a pedirles ayuda. “Somos fácilmente identificables y nos encontró rápido”, bromea Yoaline, haciendo referencia a la particular estética del grupo, que tienen predilección por los colores chillones, el animal print, el brilli-brilli y las ristras de piercings.
A pesar de que al principio del proyecto la idea era ser una comunidad íntegramente queer, no dudaron en acoger a las familias. “¿Cómo íbamos a dejar a criaturas en la calle?”, se pregunta Anto. Ahora son una decena los menores que viven en la Farga. Cuatro son hijos de Danis, una madre soltera colombiana que llegó a la Farga hace siete meses. “Hace ocho años que llegué a España y es el primer sitio en el que me siento en familia”, dice esta mujer que vive en La Internada, el edificio que la propiedad quiere desalojar y que, además de vivienda, funciona como Centro Social en el que se imparten talleres de catalán, lengua de signos o pole dance.
Reside en una de las habitaciones más grandes del barrio, al lado de la cual los jóvenes han habilitado un parque de juegos. Han conseguido peluches, tiendas de campaña y hasta un tatami de goma eva. “Son nuestres niñes. ¡Qué menos!”, presume Yoaline mientras carga a una de las criaturas en brazos. “Sería muy triste si esto sólo fuera una comunidad de gente joven trans; habría sido muy poco anarquista por nuestra parte sólo pensar en nosotros”, añade.
La sombra del desahucio
La propiedad recae en Edmundo Bebié S.L., empresa que creó la fábrica ‘Los Suizos’, llamada así por el origen de la familia que instaló esta planta textil que funcionaba con la energía del Ter. El conjunto ocupa 488,3 hectáreas, la mayor parte de las cuales es bosque. En lo referente a las edificaciones, cuenta con siete masías, aparte de las fincas que conformaban la colonia, de 18 edificios a ambos lados del río. La comunidad de la Farga Beiby ha ocupado cuatro de ellos, en el barrio del Solell.
Un año después de que la fábrica cerrara, la empresa se quiso adherir al Plan Urbanístico del Parque Patrimonial del Río Ter con un proyecto para “incrementar el número de viviendas, rejuvenecer la población y mantener la estructura urbana”, pero nunca llegó a llevarse a cabo. “Es justo lo que estamos haciendo”, precisa Yoaline, que explica que han ofrecido a la propiedad pactar un usufructo para habitar el barrio a cambio de adecentarlo. Pero lamentan que la propiedad no ha respondido y, por el contrario, ha optado por la vía judicial.
Hasta el momento, ha habido dos procesos penales: uno quedó archivado, entendiendo el juez que los ocupantes actúan “en precario” y desestimando la urgencia de expulsarlos, dado que la propiedad, que es gran tenedora, no estaba haciendo uso de la finca ni de los edificios desde hacía dos décadas. El segundo proceso sí tuvo recorrido y se decretó el desahucio con fecha y hora acordadas, pero -inexplicablemente- los Mossos nunca llegaron a aparecer.
Además, actualmente hay un proceso civil abierto para La Internada, llamado así porque antaño funcionó como orfanato para niñas que, de mayores, iban a trabajar en la fábrica. Hoy alberga a unas 20 personas, la mitad de las cuales menores de edad, que corren el riesgo de quedarse en la calle.
La propiedad sostiene que la finca se ha “ocupado de forma clandestina por personas de identidad completamente desconocida”, pero las habitantes de la Farga están empadronadas y sostienen que se han identificado ante la policía en diversas ocasiones. Además, según consta en la demanda -a la que ha tenido acceso elDiario.es-, los denunciantes alertan del “riesgo evidente para la seguridad y el orden público” que suponen para el entorno.
Pero a excepción de cuatro casas de vecinos a unos cinco minutos en coche, la Farga está totalmente aislada. Sita sobre la frontera entre las provincias de Girona y Barcelona, está rodeada de bosque, flanqueada por el río Ter y a unos 10km de Ripoll, el núcleo de población más cercano. “Nos quieren joder porque nos odian”, esa es la explicación de Yoaline, que afea a la propiedad que quiera expulsar a niños y niñas de unas fincas que llevaban años en desuso.
Ahora la Farga está gestionando certificados de vulnerabilidad para intentar evitar la expulsión e Incluso ha abierto un crowdfunding para sufragar los gastos legales, así como la regularización de las personas migrantes y las reparaciones que necesita el espacio y de las que la propiedad no se ha hecho cargo. Este medio ha intentado ponerse en contacto sin éxito y por diversas vías con la empresa; por su parte, el abogado de Edmundo Bebié S.L. ha rechazado hacer declaraciones.
La propiedad sostiene también que el barrio supone una molestia para los vecinos, pero ellas aseguran que no han tenido quejas; al contrario. Explican que diversas familias que habitaban en la colonia, hace 20 años, han vuelto para ver cómo están las que fueron sus casas a día de hoy. “Vienen muchos domingos mientras dan un paseo. Nos dan las gracias por mantener el espacio y no dejar que muera”, explica Yoaline. Los únicos problemas que han tenido han sido aislados y en forma, de hecho, de ataques tránsfobos: en una ocasión, un grupo de adolescentes les tiró piedras a las ventanas de madrugada, profiriendo insultos LGTBIfóbicos, y en otra, un hombre apareció con una hacha lamentando que aquello se hubiera convertido en “Sodoma y Gomorra”. Ahora, esos son los nombres con los que han bautizado a dos de los edificios de la Farga.
Sin agua, luz ni techos
Aunque quienes habitan la Farga estén haciendo lo posible para quedarse, reconocen que su vida no es fácil. “Que nadie idealice esto. Las relaciones son muy intensas porque somos gente que viene de historias durísimas, pero es que además las condiciones no son buenas”, cuenta Anto mientras enseña su casa. Ella vive en Sodoma, que es el edificio que está peor. Los techos están cayéndose, lo que provoca goteras, humedades, y corrientes de aire. “Nos llueve encima”, resume Anto mientras muestra su cuarto, una estancia pensada hasta el milímetro con una estética kitsch en la que predominan el rosa y el leopardo. La delicadeza de la cama con dosel contrasta con el agujero en el techo que deja expuestas unas tejas que también se están deshaciendo. “Me levanto con los ojos rojos del polvo”, reconoce.
Si bien la Internada tiene unas condiciones más decentes, el resto de edificios están en un estado tan precario que algunas personas han tenido que irse por problemas de salud. “Aguantar el invierno es muy duro”, expone Yoaline, que es el manitas del grupo. Aunque con los techos no se ha atrevido, sí es el responsable de un sistema de tuberías casero que llevaba el agua de un pozo hasta las estancias.
Funcionó hasta que la propiedad tapió dicho pozo. Una decisión que tomó semanas después de cortar también la luz. Desde entonces, solucionan lo segundo con placas solares que, aunque pueden no llegar a ser suficientes en invierno, durante los meses de más sol permiten ciertos caprichos como alguna partida a la Wii que compró Yoaline y que comparte con la comunidad.
El problema real está, además de en los techos, en el sistema de agua. Sin acceso al pozo, sólo les queda ir a Ripoll a llenar garrafas en las fuentes para el agua potable. Y para el resto tienen el río, donde van a hacer la colada y a recolectar agua para el aseo o la limpieza. Su intención es idear un sistema para bombear agua del Ter hasta las casas y para ello cuentan con la ayuda de un ingeniero suizo, Michael, que acabó de casualidad en una de las fiestas que organizan para recaudar fondos y quedó prendado de la comunidad. Tanto, que pidió a su universidad financiación para convertir la causa de Farga en su proyecto de final de máster y ahora hace meses que vive allí, estudiando el terreno y las posibilidades de devolver el agua corriente a sus habitantes.
“Sólo intentamos dar vida a unas casas que estaban abandonadas. Y es una vida muy bonita”, explica Anto, sentada en un banco de la Plaza Paquita. Allí ha citado a diversas vecinas para hacer la fotografía que encabeza este texto. Mientras aguarda, reconoce que han cometido fallos, pero que la comunidad es fuerte. “Lo hemos pasado muy mal, hemos perdido a amigues y cada día es un reto. Pero vale la pena”, añade Yoaline.
Estas palabras fueron pronunciadas justo una semana antes de que una de las personas que acudieron al llamado para salir en la fotografía falleciera. Las vecinas de la Farga recibieron la noticia con dolor, pero se han unido para sobrellevarlo y deciden quedarse con el recuerdo de la lucha compartida. “Un besito desde la Farga, hasta el cielo”, es el recordatorio que han pedido que aparezca en las últimas líneas de este reportaje, en homenaje a su compañera.