Un gran Brahms de la Orquesta de València con Khachatryan en Madrid
La Orquestra de València ha vuelto al Auditorio Nacional de Madrid 22 años después de su última visita. Lo ha hecho dentro del ciclo de Orquesta y Coro Nacionales de España, en virtud de un intercambio, ya que el conjunto con sede en Madrid, actualmente en gira internacional, también actuará en Valencia. La OV ha ofrecido tres conciertos, como es costumbre en el ciclo de la Nacional: viernes y sábado por la tarde y domingo por la mañana. La crítica corresponde al concierto del sábado. El Auditorio Nacional es, como el Palau de la Música de Valencia, obra de José María de Paredes. Su Sala Sinfónica es muy similar a la Iturbi valenciana, aunque con mayor aforo. También el órgano de Madrid fue construido por Gerhard Grenzing y es de mayores proporciones que el de Valencia.
El programa se abría con una breve obertura del valenciano Martín y Soler, contemporáneo de Mozart y triunfador en la Viena de finales del XVIII. Se trata de la correspondiente a La capricciosa corretta, ópera de 1795 con libreto de Lorenzo da Ponte. Precisamente en Don Giovanni de Mozart, con texto del mismo autor, se cita un fragmento de otra obra de Martín i Soler, Una cosa rara. Es uno de los fragmentos interpretados durante la cena de Don Giovanni. La obertura de La capricciosa corretta es una breve pieza, alegre y animada, que Liebreich dirigió en mangas de camisa y sin batuta. Bello solo de flauta de María Dolores Vivó.
Tras los aplausos, Liebreich volvió al escenario vistiendo su acostumbrada levita negra con forro rojo y empuñando la batuta con la mano derecha. El que vestía camisa negra sin prenda alguna encima era el violinista armenio Sergey Khachatryan (Ereván, 1985). El arco en su mano derecha y en la izquierda el violín Stradivarius Kiesewetter, de 1724, que toca cedido por la Stretton Society. Brahms compuso su único Concierto para violín y orquesta durante los veranos de 1877 y 1878 en Pörtschach, a orillas del Wörthersee, un lago situado junto a Klagenfurt, la capital de Carintia, en Austria. Se hizo asesorar por su amigo el violinista Joseph Joachim, ya que él no tocaba el violín. Fue estrenado el 1 de enero de 1879 en Leipzig, con dirección del propio Brahms y Joachim como solista.
El concierto de Brahms es de una gran dificultad técnica, al servicio de una profunda expresividad romántica. Khachatryan extrajo un bellísimo sonido de su espléndido instrumento. En el primer movimiento, de los arpegios y las dobles cuerdas del motivo repetido por el violín parecían brotar chispas (preciosas) en su apasionada interpretación. Especialmente lograda la cadenza de Joachim, ejecutada por el violinista armenio con afinación perfecta y expresiva elasticidad. Unos extemporáneos aplausos tras el primer movimiento hicieron suponer que una parte del público no era habitual de los conciertos sinfónicos. Tras el solo de oboe que introduce la bella melodía del segundo movimiento, muy bien interpretada por José Teruel, Khachatryan mimó su parte, en la que la repite variada y adornada. La calidad de las dobles cuerdas, la siempre perfecta afinación y la pasión brillaron en el sonido del armenio en el tiempo final, acompañado por una Orquestra de València muy bien conducida por Liebreich. El solista correspondió a los aplausos tocando una bella canción armenia en un pianissimo que era más bien un susurro.
La segunda parte estaba reservada al poema sinfónico Así habló Zaratustra de Richard Strauss. La OV presentaba una amplia formación, próxima al centenar de profesores, para interpretar esta partitura, de muchos matices y amplio espectro tímbrico. La obra se basa en el célebre y perturbador libro de Friedrich Nietzsche del mismo título y, según dijo, Strauss quiso “traducir en música una idea de la evolución de la humanidad, desde sus orígenes hasta la idea nietzscheana del superhombre”. Fue estrenada por el compositor en agosto de 1896 en Fráncfort. A su actual popularidad ha contribuido la utilización que Stanley Kubrick hace de la introducción en su película 2001, una odisea del espacio, de 1968.
Ese inicio, que se abre con el pedal del órgano y el trémolo de los contrabajos mientras las trompetas cantan las tres notas que representan la salida del sol, sonó espléndido, con Javier Eguillor en unos contundentes timbales. Por cierto, que en el programa de mano no figuraba el nombre del organista. Durante la obra, la OV hizo gala de su alto nivel técnico y artístico. Muy notables solos, entre ellos el muy destacado de violín, tocado por Anabel García del Castillo. No siempre, sin embargo, estuvo bien dosificado el volumen de los diferentes planos sonoros y hubo momentos algo emborronados. Tras el pianissimo final de tonalidad indefinida que deja abierta la obra de Strauss, Liebreich bajó las manos muy lentamente para mantener el silencio del público. Un espontáneo bravo desencadenó los aplausos antes de que el director acabase su gesto.