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Tres obras maestras y tres Guarnerius

València —

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El violinista israelí Pinchas Zukerman (Tel-Aviv, 1948) y el japonés Fumiaki Miura (Tokio, 1994), ambos bien conocidos del público valenciano, han vuelto al Palau de la Música para interpretar juntos dos obras centrales del repertorio: el Concierto para dos violines de Bach y la Sinfonía concertante de Mozart. El hecho de que Zukerman doble la edad de Miura no fue inconveniente para que constituyeran un dúo perfectamente integrado. Además, los violines de ambos son obra de uno de los más célebres constructores, el cremonense Antonio Guarneri “del Gesù”. Miura toca el Kaston, de 1732, y Zuckerman el Dushkin, de 1742. El músico israelí, que tiene una impresionante trayectoria musical y numerosas grabaciones fonográficas, es uno de los pocos violinistas que toca indistintamente el violín y la viola. Interpretó la parte de este instrumento en la obra de Mozart con una viola de 1670 construida por Andrea Guarneri, padre de Giuseppe. De la producción fonográfica de Zukerman recuerdo con particular estima las dos Sonatas para viola y piano de Brahms que tiene grabadas con Barenboim (DGG) y los Tríos de Beethoven con el citado pianista y la chelista Jacqueline du Pré.

Entre las obras de Bach y Mozart, fue interpretada Orawa, del compositor polaco Wojciech Kilar, para cuerda. En la segunda parte, una de las más célebres sinfonías de Beethoven, la n.º 7. El concierto estaba planteado como un recorrido coherente desde el lenguaje barroco de Bach hasta el marcado prerromanticismo del Beethoven sinfónico, pasando por una obra de Mozart, influida por la escuela de Mannheim. La obra de Kilar fue una especie de eslabón extraño en esa cadena lógica. La orquesta era la Sinfonia Varsovia, heredera de la Orquesta de Cámara Polaca, ampliada en 1984 con ese nuevo nombre.

El Concierto para dos violines fue compuesto por Bach en la época en que era maestro de capilla en la corte de Köthen (1717-1723). La orquesta presentaba una formación barroca de cuerda, más el clave para el bajo continuo. El discurso musical respondió a criterios tradicionales, sin asomo de historicismo. Los dos violinistas hicieron gala desde el primer momento de un muy bello sonido, en su diálogo con la orquesta, que tiene un gran protagonismo al estilo de los concerti grossi.

Para la siguiente obra se redujo la orquesta a los límites de un grupo de cámara, que interpretó sin director, siguiendo las indicaciones del concertino, la obra Orawa, de carácter minimalista, con aires de danza popular y muy basada en la repetición, como destaca en las notas al programa Jerahy García.

La cuerda adquirió proporciones de orquesta clásica, más dos oboes y otras tantas trompas, para la Sinfonía concertante, compuesta por Mozart en 1779. Ya desde el principio las síncopas en la cuerda y más adelante el largo crescendo, perfectamente administrado, dieron la medida de la alta calidad del conjunto. El violín y la viola construyen con sus diferentes timbres un diálogo de singular intensidad musical, que fue conducido con sabia maestría por Miura y Zukerman. Bellísimo el melancólico Andante, con las dobles cuerdas en el violín y la viola. Ambos solistas brillaron especialmente en esta obra y recibieron grandes aplausos del público, aunque no hubo bis.

En la segunda parte la orquesta creció hasta unas proporciones sinfónicas medias, con una cuerda de cuarenta profesores (12/10/8/6/4), maderas sencillas, tres trompas, dos trompetas y timbales, para interpretar la Séptima de Beethoven. Compuesta en 1812. Fue denominada por Wagner Apoteosis de la danza por sus ritmos marcados. Tiene una introducción lenta en el primer movimiento y su tiempo más lento es el Allegretto que figura en segundo lugar.

Zukerman se puso al frente de la orquesta para ofrecer una versión de tempi animados, enérgica y contrastada. Repitió la exposición del primer movimiento, en la que brillaron las maderas, especialmente el solista de flauta. El Allegretto fue tal y no un movimiento más lento, como ocurre en algunas versiones. En el tercer movimiento los metales brillaron en el trío, con una ligera pifia en una trompeta, que no eclipsó el buen resultado del conjunto. El enérgico Allegro con brio final mostró el alto grado de conjunción de la orquesta y cerró un largo concierto muy aplaudido, pero sin bises.