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El que murió cuando lo de Arévalo

1 de junio de 2026 10:28 h

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Hay recuerdos que no sabes muy bien qué hacen ahí, no parecen tener ningún valor, pero son persistentes, como verrugas en la memoria. Y hay otros que tememos que se desvanezcan porque parece que aumentan el valor de nuestra hucha mnemónica. Como aquella vez, hace ya un porrón de años, que, tarjeta de empresa mediante, te invitaron a comer en el Maxim’s de Nueva York (no el de París) y te encontraste un par de mesas más allá a Charles Aznavour, con aquel parpadeo suyo tan extraño, un tic compulsivo que le obligaba a cerrar sus cejudos ojos violentamente. O cuando, en esa misma ciudad, en el Novotel en el que te hospedabas, se abrieron las puertas del ascensor que estabas esperando y se te apareció José Luis López Vázquez acompañado de una señora de muy buen ver (así se decía entonces), como salido de una de sus películas de destape, pero fuera de contexto y revestido de un banal aburrimiento. Guardas esos momentos como oro en paño porque te hacen parecer mundano, aunque en realidad son bisutería y tu figura es la del paleto del cuento. Como aquella otra vez, en aquella misma ciudad, cuando reservaste mesa en el Michael’s Pub para oír tocar a Woody Allen. Llegaste un poco antes de la hora —daban de cenar en dos tandas— y te hicieron esperar en la barra. Desde allí no se veía el interior del local, pero se oía a Allen tocar el clarinete y a la gente aplaudir y gritar entusiasmada —demasiado entusiasmo, entusiasmo paleto—. Te separaba de él un simple biombo, era emocionante. Cuando te llegó la vez, te sentaste en la mesa y esperaste y esperaste a tu ídolo con una mosca cada vez más grande detrás de la oreja. Resultó que Woody no tocaba en el segundo turno. Justo antes de que tú entraras había metido el instrumento en su maletín y se había ido a dormir. Ocurre con esos recuerdos como con esos objetos que uno quiere vender en Wallapop a un precio ilusoriamente elevado porque tienen un valor sentimental que solo tú percibes. Y a medida que envejecen, o envejeces tú, te vas dando cuenta de que lo único que puedes hacer con ellos para tratar de que valgan lo que crees que valen o para que simplemente valgan algo es presumir de ellos cuando vas cocido en alguna reunión de amigos. No solo tú; lo has visto hacer a otros. Dime de lo que presumes y te diré cuan cerca estás de ser una mierda debajo del plato. La ecuación es infalible, aunque no sé muy bien si es directa o inversamente proporcional.

Pretendía escribir unas líneas en torno a un negocio y unos oficios ahora mismo boyantes, con tanta oferta como demanda, los relativos a ese cajón de sastre denominado «generación de contenidos». Quería hablar de toda esa gente que, con la sana intención de mejorarlo, supongo, aspiran a fabricar ellos mismos el rancho con el que los ceban día y noche. Especialmente quería referirme a todos esos que han encontrado su vocación y su ocasión generando material de relleno para la plétora de contenedores digitales que actúan como reclamo y trampa cazaratones de una masa creciente de población aquejada de una alarmante fragilidad identitaria, soledad, tedio, ansia insaciable de novedades y relatos reconfortantes. Y, no sé muy bien por qué, no por casualidad, quiero suponer, aquellos retales de mi memoria, los que he mencionado y unos cuantos más de la misma índole, han empezado a parpadear dentro de mi cabeza como neones de club de carretera. Tengo la sensación de que invaden un espacio que tendrían que ocupar recuerdos impregnados de una luz más vívida. Después de oír con insistencia ese recurso conversacional de moda según el cual somos lo que recordamos, prescindiría de ellos muy a gusto. Porque si somos eso, uno es muy poca cosa. Aun sin ser fetichistas ni coleccionistas de autógrafos, hay que ver cómo nos apresurábamos a hacer sitio en nuestra biografía a aquellos episodios. Era como si todo lo demás no valiera nada, como si nuestra alma fuera un almacén vacío o lleno de trastos y de repente, por fin, entrara en ella algo valioso. Durante una época, parte de nosotros se estuvo alimentado de una mitología de dimensiones domésticas que se revela ahora como la precursora del actual alud de entretenimiento rápido, provisional, desechable y siempre insatisfactorio que, más que llenar, anestesia.

Ahora la fama ya no es, ni de coña, lo que era. Y con eso no quiero decir que fuera mejor ni peor. Durante los breves instantes que duraba la irrupción de alguno de aquellos personajes idealizados en el reino de lo profano, se producía un prodigioso trasvase de energía. Ellos te transmitían parte de su sacralidad, de su relevancia, te contagiaban algo de su nitidez existencial y tú la absorbías como un vampiro sediento. Después, tal como habían aparecido se desvanecían, el abismo que os separaba volvía a abrirse, él o ella volvía a su esfera inalcanzable y tú te quedabas solo contigo mismo, viviendo una vida que todavía parecía tangible y era tuya de manera inequívoca. No estaban infiltrados en cada uno de nosotros como ocurre ahora con cientos, miles de personajes más o menos públicos que van y vienen ocupando todas nuestras horas. Eran menos y menos accesibles, pero parecían más sólidos y eran más duraderos. Ahora se les vería rápidamente el cartón, ninguna plataforma podría hacernos creer hoy que Humphrey Bogart midiera más que Ingrid Bergman, o que Rock Hudson estuviera locamente enamorado de su secretaria (ni ellos habrían tenido que fingirlo, una cosa por la otra). Pero, paradójicamente, las figuras mediáticas, ahora que valen menos, parecen más necesarias que nunca para que la vida parezca tener sentido. El mecanismo se ha sofisticado y se ha vuelto más perverso. Pienso en todos los que se unen a la recua de seguidores de algún famoso y a través de una red social o un espacio de comentarios se dirigen a él o ella por su nombre de pila, como si fueran primos, le ríen las gracias o le amonestan, le dan consejos en uno u otro sentido o le muestran su animadversión, porque followers y haters comparten la misma órbita gravitatoria. Ahora el trasvase parece ser bidireccional, pero de ninguna manera lo es. A ti te parece que lo conoces, pero él no tiene puñetera idea de quién eres. Eso no es nuevo. «Un famoso es alguien a quien conocen muchas personas que él se alegra de no conocer», dijo Henry-Louis Mencken (A Little Book in C Major, 1916). La empatía juega esas malas pasadas. El que está en el lado de la irrelevancia se ve reflejado en ese otro que goza de reconocimiento social y acaba convencido de que conversa con él de tú a tú. No se da cuenta de que habla con el personaje que tiene en su cabeza, es decir, consigo mismo.

En la era analógica no existía esa apariencia de interacción, ese simulacro mediático bidireccional que nos ofrece la maquinaria digital. Si las distancias se acortaban demasiado, el famoso perdía su capacidad de fascinar y el admirador se quedaba sin santo al que adorar o era enviado estentóreamente a la mierda. Quien, por razones de trabajo o vecindad ha convivido con alguna de aquellas estrellas del famoseo analógico, por enana que fuera, lo sabe bien. En esas circunstancias la celebridad perdía rápidamente su carisma, se volvía tan insustancialmente humana como uno mismo. Entre ambos dejaba de haber esa mágica transferencia de gracia, dejaba de darse ese trasunto del milagro de la Anunciación que ocurría cuando se te aparecía inesperadamente un famoso en un entorno banal. No importaba cuan insigne consideraras al aparecido, bastaba con que lo revistiera el aura de la celebridad y que la colisión fuera lo suficientemente breve y superficial como para que ambas esferas, la de la fama y la de la irrelevancia pública no se mezclaran. Es de ese modo como se ha encastrado en tu memoria, con carácter de fenómeno paranormal, aquella vez que viste a Jaime Morey (espero que aparte de mí alguien más se acuerde de él) soplándose un cubata en un bar de El Viso; o el día que te cruzaste con Kiko Ledgard, uno que está aún más perdido que el otro en el pozo de la desmemoria popular, tan risueño como solía vérsele en televisión, paseando Gran Vía de Madrid abajo; o aquel otro día que, en los tiempos de Canal+, en un parking solitario pasó por tu lado Ana García-Siñeriz con sus andares de vestal romana y tú hiciste como que la ignorabas; o aquella vez que coincidiste en una estación de tren con Tip, el de Coll, o en el aeropuerto de Son Santjoan con Lluís Llach, el de la estaca; o aquella otra en que viste que Arévalo, el de los chistes de gangosos, iba en el mismo avión que tú y pensaste: «Si este cacharro se estrella, la noticia será la muerte de ese tipo, tú serás tan solo uno de los restantes setenta anónimos pasajeros, y los pocos que se acuerden de ti, cuando intenten explicar quién eras, dirán mientras chasquean los dedos: “Sí, hombre, aquel que murió cuando lo de Arévalo, ¿no te acuerdas…?, ¿cómo se llamaba…?”». Y ahora que lo pienso, si eso hubiera pasado ninguno de nosotros estaríamos aquí; yo no estaría en ningún sitio y el lector en alguna otra parte. Sic transit.