Incendios: del pensamiento mágico a la conspiranoia
Hubo un tiempo en el que los incendios forestales se cebaban especialmente con Galicia, y allí gobernaba un político que no solía rendir cuentas en el Parlamento gallego y sí a través de medios ampliamente subvencionados por su partido: la explicación a que cada verano ardiera el monte gallego se basaba en “éche o que hai”, un pensamiento mágico que estaba tan incrustado en Galicia que todas las desgracias parecían sobrenaturales, de origen divino, y desde luego no se podían atribuir a la Xunta de Feijóo. Buscar explicaciones y causas era cosa de rojos alborotadores porque el monte ha ardido siempre, siempre ha hecho calor y exigir responsabilidades al PP gallego era un sucio intento de politizar la desgracia. Aquellos años coincidieron con la caída del presupuesto público dedicado a la prevención de incendios y gestión forestal: de los 1.742 millones de euros de 2009 a los 1.295 de 2022, sumando partidas estatales y autonómicas. Las comunidades autónomas tienen la competencia de la gestión forestal desde la desaparición de ICONA en 1995 pero nadie parece darse por enterado, especialmente en el partido de Alberto Núñez Feijóo. Sin embargo, las excusas han evolucionado al ritmo de los incendios incontrolables y las salvajes olas de calor: el pensamiento mágico ha derivado en conspiranoia. Es esa disonancia cognitiva que, según las circunstancias y países, te impide creer en cambios climáticos o en la posibilidad de perder unas elecciones o una Copa del Mundo.
Todos podemos estar de acuerdo en que el cambio climático no prende los incendios forestales —el 55% son intencionados y el 23% se deben a negligencias o accidentes ocasionados por una mano humana— pero contribuye a convertir cualquier fuego en devastación. Los veranos cada vez son más cálidos y eso crea las condiciones para que se produzcan incendios de sexta generación, explosivos, impredecibles y para los que no tenemos medios materiales ni humanos de extinción. El diagnóstico está hecho desde hace muchos años: el abandono del medio rural ha provocado que el monte no se gestione de forma tradicional ni se aproveche la biomasa, que se convierte en combustible cada verano. Esa gestión debería ser asumida por las CCAA y subsidiariamente por la administración central pero no se hace, porque invertir en prevención no luce ni da votos ni cuadra con los relatos populistas. En lugar de poner el foco (la palabra fuego viene del latín focus) en la prevención se inventan conspiraciones, muchas de ellas atribuidas a los malvados ecologistas (“ecolojetas”) o a Pedro Sánchez, o a ambos: que está prohibido limpiar el monte, que se quiere quemar el campo para instalar placas solares y centros de datos para la IA, que hay algo raro porque en África no hay incendios, que los coches eléctricos originan los fuegos o que Sánchez quiere ver arder los territorios en los que gobierna la derecha.
Cada año se constata que hay actualizar y financiar mejor las políticas de prevención, planificación territorial, gestión forestal, alerta y extinción pero nadie asume la responsabilidad, empezando por el individuo que utiliza maquinaria prohibida con altas temperaturas y acabando por los que creen que la UME es el servicio de extinción de incendios de toda España. Como este año huele a quemado también en Madrid DF, se han encendido todas las alarmas e Isabel Díaz Ayuso ha corrido presta a hacerse un book de fotos: está donde tiene que estar y procura que se note, cuando la buena gestión forestal consiste precisamente en no hacerse notar cada verano. Parafraseando a Borja Sémper, en octubre habrá que jurar que todo esto ha vuelto a pasar. Quizá el verano que viene, si Feijóo y Abascal han conseguido llegar a La Moncloa, la culpa de los incendios vuelva ser del destino y la fatalidad. “Éche o que hai”.
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