Illa pierde con Trapero a su fichaje estrella y suma otra crisis
Fue el 8 de mayo del 2024, en el debate de los candidatos a la presidencia de la Generalitat. Salvador Illa se llevó todos los titulares al anunciar por sorpresa que si llegaba al Palau de la Generalitat nombraría al major Josep Lluís Trapero como director general de los Mossos. Resarcía así al policía más famoso de Catalunya, apartado por el Govern de ERC y más que distanciado de Junts.
El fichaje estrella del president ha durado dos años en el Ejecutivo y se suma a la lista de bajas del Govern de Illa en ámbitos muy sensibles y por varios motivos: Educación (por el fiasco de la conselleria con el informe PISA), la dirección general de Infancia (por la crisis en la atención a menores tutelados) o las “razones personales” que ya llevaron a dejar el cargo a la consellera de Derechos Sociales, Mónica Martínez Bravo. Hace solo una semana, además, el número dos de Interior dejó el cargo para volver a su puesto de funcionario. Y este martes se conocía la renuncia del director general de Ejecución Penal y de Justicia Juvenil, Jesús del Cacho. Cinco salidas en 10 días.
Cuando Illa anunció el fichaje del major, llamó la atención que el cargo que se le reservaba era de carácter político: una dirección general que tradicionalmente había estado ocupada por perfiles poco conocidos y en ningún caso uniformados. Algo que con Trapero era imposible, dentro y fuera de la conselleria. No es lo mismo la jefatura operativa de los Mossos que una dirección general de una conselleria y pasar de un lado a otro no fue fácil para nadie.
Illa también había anunciado en campaña que si llegaba a presidente, elegiría a la entonces alcaldesa de Santa Coloma de Gramenet, Núria Parlon, como consellera de Interior. Así que tanto ella como Trapero sabían que deberían trabajar juntos. Se conocían, ambos son de la misma ciudad, y no parecía que tuviese que ser un problema. Pero al final lo ha sido.
A finales de agosto, el ya exdirector general comunicó a la consellera su decisión de dejar el cargo. Ahora regresará al despacho que ocupó en la pasada legislatura como jefe de la comisaría de Inspección y Evaluación.
Parlon desembarcó en el departamento con el equipo de confianza que tenía en el ayuntamiento y los desencuentros con Trapero empezaron pronto, ya fuese por los mensajes que querían transmitir en público, por decidir cuándo y quién lo hacía, hasta el último gran encontronazo, la elección del sustituto del comisario jefe, Miquel Esquius, cuando se jubilase. La consellera abogó por que fuese una mujer y, al final, la escogida ha sido Sílvia Catà, de quien Parlon destaca su capacidad de trabajar en equipo.
En público y en privado el Govern ha elogiado la labor de Trapero y ha quitado importancia a las discrepancias entre el exdirector general y la consellera. “Hemos tenido una muy buena relación y a veces ha habido cosas en las que no hemos estado de acuerdo, como todo el mundo que trabaja en equipo”, se limitó a señalar Parlon ante la insistencia de los periodistas.
La rueda de prensa de este miércoles estaba convocada para presentar a la nueva jefa de los Mossos y felicitarse de que, por primera vez, una mujer ocupe ese cargo, pero acabó monopolizada por la renuncia de Trapero. El major no acudió al Palau de la Generalitat, donde Illa recibió a Catà y al nuevo director general, el comisario Ferran López.
La impronta de Trapero se ha notado en la lucha del Govern contra la pequeña delincuencia. La seguridad se ha convertido en una de las banderas del Ejecutivo de Illa. La presión policial ha aumentado y el refuerzo judicial ha permitido reducir la espera para los juicios de hurtos y robos. Pero el apoyo para endurecer las penas a este tipo de delincuentes ya tiene sus efectos en el incremento, por primera vez en décadas, de la población penitenciaria catalana.
Los roces entre Trapero y Parlon también aparecieron a raíz de la infiltración policial en una asamblea de docentes que preparaba una huelga el pasado mayo. Tras cerrar filas sin matices con el cuerpo, el Govern terminó admitiendo el error y lo atribuyó a una “inercia operativa” de los servicios de información de los Mossos, pese a lo cual el caso, pendiente de sentencia, no ha comportado el cese de ningún mando.
Los grupos de izquierda celebraron la dimisión de Trapero (la habían pedido, sin éxito, por el espionaje). Además, recordaron su historial polémico en la dirección general, con la reintroducción del gas pimienta contra manifestantes o el fallido plan para que agentes de paisano acudieran de forma permanente a escuelas con conflictos.
Desde ERC, la diputada Ester Capella pidió “abrir una nueva etapa” en los Mossos y vio “necesaria” la marcha del director general “por los errores acumulados”. El portavoz de los Comuns, David Cid, consideró la salida de Trapero “una buena noticia”, mientras que el parlamentario de la CUP Xavier Pellicer la tildó de “victoria” de los movimientos sociales.
Más allá fue Junts, que reclamó el cese de Parlon y vinculó el “incremento de la inseguridad en la calle” con el “caos” del departamento de Interior, en palabras de su portavoz, Salvador Vergés. Mismo sustantivo —“caos”— empleó el diputado de Vox Joan Garriga, que también pidió el cese de la consellera.
Sin la relevancia pública de Trapero, el nuevo director general, Ferran López, vuelve a ser un uniformado en un puesto político. López, antigua mano derecha de major en el cuerpo, fue el jefe de los Mossos durante el 155, y tras un breve paso por el F.C. Barcelona como jefe de seguridad, se reincorporó en 2022 en la policía catalana. Sabe lo que es manejarse en situaciones extremas (fue miembro del cuerpo de élite de los Mossos, los GEI), pero ahora le toca enfrentarse a una dirección general.
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