Cuando Alfredo Bryce Echenique pasó por València

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Bryce pasó por València como una exhalación. Hablo de los años ochenta, finales, cuando lo conocí. Aunque tengo una foto con él, que observo mientras tecleo, no puedo considerarme amigo suyo. No por falta de ganas de serlo sino porque el destino posee sus caprichos y actúa a su aire. Dio una charla abierta al público, cenó y se fue. Lo recuerdo, en esta breve evocación tras su muerte, como un tipo muy educado, de cualidades lentas, pronunciaba la palabra ¨Camus¨ de una manera en extremo suave. Eso me llamó la atención. No decía ¨Camí¨, incidiendo en la vocal cerrada de la última sílaba, sino ¨Camu¨, conservando la grafía pero dulcificándola, sin la letra ese. Esa tarde aprendí, además de mimar a partir de entonces el apellido del Nobel francés, que en España a Bryce le castellanizábamos el apellido, ya que era un apellido de origen escocés, por lo que había que citarlo como ¨Brais¨. Con esto de los apellidos ajenos, es curioso. La primera vez que anduve por la Argentina me percaté de que si nombrada a Manuel Puig, pronunciado a la catalana, nadie sabía quién era, y eso que era nativo de allá, de General Villegas, al noroeste de la provincia de Buenos Aires. Me miraban con extrañeza, no fijaban esa referencia mía con el autor de Boquitas pintadas. ¿Por qué? Sencillamente porque había que modular su apellido tal como se escribe: ¨Puig¨.

Sin alzarme como portavoz de nadie, me atrevo, no obstante, a precisar que a mi grupo generacional le pilló de lleno, ya en el tardofranquismo, el impacto del Boom latinoamericano, y eso cuando aún estaba en vigor la llamada literatura social-realista española. A mí, al menos. Llámesele atrevimiento, rebeldía juvenil o cuestión de gustos, la novela y el cuento de posguerra españoles poco me seducían frente a Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes: cito solo los cuatro capos, como los categorizó, con gran cariño, José Donoso. Bryce no hay que insertarlo en esa nómina, que creció y creció como un merengue con ocho o diez o veinte narradores más, porque él es posterior, él pertenece al post-boom, pero retiene mucha de la energía de aquel y algunos, por eso, lo incluyen por comodidad en la misma promoción. No desprecio a la primera y segunda generaciones españolas de posguerra, ojo, solo digo que a mis quince o dieciséis años me sentía más identificado con la forma de contar la vida que proyectaban los de aquel hemisferio que ante la narración ideologizada, de un modo directo o indirecto, que practicaban los de acá.

Un mundo para Julius fue el primer título que nos llegó. Un relato delicioso, que no logró, por cierto, el icónico Premio Biblioteca Breve, en el que se traza, a través de la mirada de un niño, un recorrido por la feliz oligarquía limeña de los años cincuenta. La misma a la que pertenecía el propio Bryce (entre sus familiares había banqueros, un virrey y el vínculo con un presidente de la República, José Rufino Echenique). En aquel encuentro dijo, más o menos, que compró la libertad a su padre con la licenciatura en Derecho que obtuvo en la Universidad Nacional de San Marcos. Fue su pasaporte para Europa. Al poco circuló un volumen de cuentos, Huerto cerrado, que solo lo afianzó. Después es el grueso de títulos, de entre los que destaco el díptico La vida exagerada de Martín Romaña y El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz, o Reo de nocturnidad, también La amigdalitis de Tarzán. En todas esas novelas, con ironía y burla hacia sí mismo, con un acerado humor melancólico, hallamos a Bryce, se produce esa transmigración autofictiva que le asigna un toque personalísimo de antihéroe. Tres volúmenes más de memorias suyas, siendo los dos primeros, Permiso para vivir y Permiso para sentir, magníficos, cierran su ciclo vital. Bryce dio una vuelta de tuerca a una prosa, como la de los narradores del Boom, que (casi) nada debe a la española del siglo XX, que fluye por vía desacralizadora, aspecto que escoció en su momento a muchos sectores intelectuales de la España de mediados del siglo pasado. Activó, sin pretenderlo, una especie de pequeño supremacismo ibérico.

Hay una sombra de plagio periodístico sobre Bryce, que no podemos eludir. Por puro azar, ha venido a coincidir su muerte con la muerte del plagiado. Bryce fue acusado de fusilar un artículo del escritor gallego José María Pérez Álvarez. Este había publicado el suyo en la semisecreta revista Jano, ‘Las esquinas habitadas’, y Bryce hizo lo propio, con el título ‘La tierra prometida’, en un diario limeño. No entro en pleitos ahora pero ambos textos se superponen clavados, menos en el rótulo. Pérez, cuando saltó el escándalo, lo soslayó con una enorme elegancia. Bryce, con disculpas, recurrió a conspiraciones fujimoristas. Lástima que esto ocurrió muchos años después de conocerlo en València, de lo contrario le habría insinuado lo indecoroso que es plagiar. Lo absurdo, además, en su caso, en alguien como él que, simplemente, grapando las facturas de la tintorería del último mes y firmándolas, solo con su firma, se las habría comprado cualquier agencia o periódico. O escribiendo, sin más, alguna de sus sugestivas y divertidas crónicas.