Nunca antes habíamos hablado tanto sobre cómo relacionarnos. Podcasts, libros sobre vínculos, hilos interminables en redes sociales y charlas motivacionales nos explican cómo comunicar mejor nuestras emociones, poner límites sanos, escuchar activamente o construir vínculos auténticos. Sin embargo, nunca había sido tan evidente una contradicción: cuanto más hablamos sobre relaciones, menos nos relacionamos en realidad.
Vivimos rodeados de discursos sobre la importancia de las relaciones afectivas, de encontrar personas que nos llenen, con las que podamos hablar de temas enriquecedores, pero cada vez es más común que todo este discurso se quede en la teoría. Analizamos las relaciones como si fueran un proyecto teórico: debatimos qué decir, cómo decirlo y cuándo decirlo, pero evitamos el momento más necesario: quedar con alguien para compartir una charla y un rato de nuestro tiempo, mientras estamos presentes, alejades de cualquier estímulo distractor.
Hemos convertido las relaciones en un tema de consumo. Aprendemos sobre ellas desde la distancia, como si entenderlas intelectualmente fuera suficiente para vivirlas. Pero relacionarse no es un concepto que se domina con teoría, sino una experiencia que exige tiempo, vulnerabilidad y, sobre todo, presencia física. Ningún manual puede reemplazar un café compartido, una carcjada espontánea o una conversación que se alarga sin mirar el reloj.
A todo esto debemos sumarle el miedo al error. En un contexto donde todo se expone y se juzga, equivocarse al hablar cara a cara parece más arriesgado que editar un mensaje o desaparecer sin explicación. Poro eso, muchas veces preferimos hablar sobre la importancia de la comunicación antes que comunicarnos realmente. Nos sentimos seguros opinando (a veces, sin que nadie haya pedido nuestra opinión), pero incómodos participando personalmente.
Quizás el problema no sea que hablemos demasiado sobre relaciones, sino que hemos olvidado que la teoría no sustituye a la práctica. Relacionarse implica aceptar la imperfección del otro y la propia, algo que no siempre cabe en un post o en una frase bien formulada. Implica tiempo, atención y una disposición a estar, incluso cuando no sabemos exactamente qué decir, o cuando la vida adulta, acelerada y capitalista, nos impide poder dedicar mucho tiempo a cuidar y atender nuestras relaciones interpersonales. Es importante encontrar tiempo de real y de calidad para poder dedicarlo a las personas importantes de nuestra vida.
También hemos normalizado una forma de cercanía que no siempre es real. Interactuamos a diario con decenas de personas a través de mensajes, reacciones y comentarios, y eso nos da la sensación de estar conectades, cuando en realidad, muchas veces, no es así. Esta hiperconectividad digital puede adormecer la necesidad del encuentro físico, haciendo que vernos en persona parezca un esfuerzo innecesario o incluso incómodo. Sin embargo, la presencia no se puede sustituir.
Al final, relacionarnos de verdad exige una decisión consciente. Requiere salir de la comodidad de lo inmediato y lo controlable para entrar en un espacio donde no todo está previsto. Tal vez lo importante de nuestra época no sea aprender nuevas técnicas de comunicación, sino recuperar el valor de lo simple: llamar en lugar de escribir, quedar sin una excusa concreta, escuchar sin prisa.
Quizá ha llegado el momento de hablar un poco menos sobre cómo relacionarnos y empezar a hacerlo más. Apagar el teléfono, quedar sin un objetivo claro, escuchar activamente y dedicar tiempo. Porque las relaciones no se fortalecen en el discurso, sino en la experiencia compartida. Y ninguna conversación sobre la importancia del vínculo puede reemplazar el simple acto de estar junto a ese vínculo.