Hay que venir al sur
Nuestra mítica Rafaella Carrá empezaba uno de sus himnos más icónicos diciendo aquello de “Por si acaso se acaba el mundo, todo el tiempo he de aprovechar”, y en este inicio de año tan convulso —con la paz global amenazada, incesantes retrocesos democráticos y un deterioro grave del orden mundial multilateral—, las ONG de cooperación internacional hemos tomado esos versos como mantra. No es frivolidad. Nos explicamos.
Frente a los odios cotidianos, el cuestionamiento constante y la persecución de la solidaridad, es el momento de reivindicar que alrededor del planeta existen una infinidad de personas y organizaciones logrando cosas increíbles que demuestran que un futuro justo, igualitario, sostenible y en paz es posible. Cosas por las que en este 2026 nos negamos a renunciar a la esperanza. Es el momento de situar el foco sobre ellas, sobre quienes están cambiando la sociedad. A mejor, claro.
De ahí nace “Hay que venir al Sur”, un espacio de opinión mensual de la Coordinadora Valenciana de ONGD en eldiario.es Comunitat Valenciana liderado por quienes protagonizan nuestros atisbos de esperanza: activistas y colectivos del Sur global, esto es, de aquellos países donde trabajamos las organizaciones de cooperación internacional y ayuda humanitaria para hacer realidad ese otro futuro posible.
Durante siglos, las historias de las comunidades del Sur global han sido contadas por otras personas: viajeras, periodistas, académicas, cooperantes, cineastas y escritoras que, aunque muchas veces con buenas intenciones, han hablado sobre estas personas sin hablar con ellas. Esto ha creado una narrativa incompleta, sesgada y, en muchos casos, profundamente injusta. Por eso, hoy más que nunca, es fundamental defender el derecho de estas comunidades a contar sus propias historias, desde sus voces, sus lenguajes y sus experiencias.
Cuando alguien externo narra la vida de una comunidad, inevitablemente lo hace desde sus propios marcos culturales, sus prejuicios y sus intereses. Esto puede convertir realidades complejas en caricaturas: pobreza sin dignidad, violencia sin contexto, exotismo sin humanidad. Así, se refuerzan estereotipos que reducen a millones de personas a una sola dimensión, negándoles su diversidad, su creatividad y su capacidad de agencia.
Contar la propia historia no es solo un acto narrativo: es un acto político. Implica reclamar el control sobre la identidad, sobre la memoria colectiva y sobre la manera en que se es percibido en el mundo. Cuando las personas y comunidades del Sur narran sus propias vivencias, no solo describen lo que viven, sino también cómo lo interpretan, qué sueños tienen, qué temen y qué esperan. Esto rompe con la idea de que son meras víctimas pasivas y muestra que son sujetos activos de su historia, como venimos reivindicando desde hace tiempo.
Además, leer o escuchar una historia en primera persona transforma la relación entre quien escucha y quien habla. Ya no se trata de “ellos” o “ellas” como un grupo abstracto, sino de personas concretas, con nombres, voces y emociones. Esta cercanía humaniza y permite conexiones más honestas, menos paternalistas y más solidarias, y es clave en un momento como el actual, en el que la “otredad” está a la orden del día.
A partir del próximo mes podrás leer en “Hay que venir al Sur” historias de resistencias, de luchas, de resiliencia, de transformación. Historias que te permitirán descubrir, de la mano de sus protagonistas, los grandes retos globales que tenemos y las soluciones que las personas, organizaciones y movimientos del Sur lideran para abordarlos, alejadas de los titulares. Historias que nos ayudan a complementar nuestras carencias del Norte y apuntar hacia una fraternidad universal. Historias “donde no hay odio ni guerra” y “el amor se convierte en rey”.