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Lecciones del 29 de octubre: dos formas de afrontar una alerta roja

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El 29 de octubre aprendimos de la forma más dolorosa que, ante una emergencia, cada minuto cuenta. Casi dos años después, una nueva alerta roja ha vuelto a poner a prueba a Catarroja. Muchas cosas han cambiado desde entonces. No han cambiado solas.

Hay sonidos que ya no significan lo mismo después del 29 de octubre de 2024. El de una alerta en el teléfono móvil es uno de ellos. En Catarroja, como en tantos municipios de l’Horta Sud, una previsión de lluvias intensas tampoco es ya solamente una previsión meteorológica. Despierta recuerdos, obliga a mirar al cielo de otra manera y devuelve preguntas que nadie se quiere hacer.

El jueves por la mañana volvió a sonar el Es-Alert. Esta vez llegó con antelación, antes de que comenzara el periodo de mayor riesgo. Y quienes vivimos la dana del 29 de octubre de 2024 sabemos perfectamente la enorme diferencia que puede haber detrás de una tardanza que jamás debió ocurrir. Aquel día aprendimos, de la peor manera posible, que en una emergencia cada minuto cuenta.

Durante estos dos últimos días Catarroja ha vuelto a estar en alerta. Las previsiones obligaban a prepararnos para un episodio potencialmente muy adverso y lo hicimos sabiendo que, en protección civil, las decisiones deben tomarse atendiendo al riesgo previsto y no esperando a comprobar si finalmente se cumple el peor escenario. Anticiparse es fundamental, lo que ocurrió, no puede volver a suceder.

Afortunadamente podemos escribir estas líneas sin lamentar incidencias graves. Pero sería un error concluir que no ocurrió nada.

Ocurrieron muchas cosas antes de que empezara a llover

El miércoles por la noche reunimos de emergencia el CECOPAL. Volvimos a hacerlo el jueves a las doce y el viernes a las ocho de la mañana. Durante todo el episodio seguimos las previsiones de AEMET y de nuestros servicios meteorológicos, analizamos la evolución de la situación y tomamos decisiones conforme cambiaba la información disponible.

Suspendimos la actividad lectiva. Cerramos instalaciones y restringimos actividades. Mantuvimos preventivamente cerrados dos túneles que conectan el municipio. Prohibimos el estacionamiento en las zonas más vulnerables y habilitamos aparcamientos alternativos más seguros para la población. Repartimos sacos de tierra para que quienes viven en plantas bajas pudieran proteger sus viviendas. Intensificamos la limpieza de imbornales que llevamos meses realizando, revisamos centros educativos y localizamos y mantuvimos contacto con personas vulnerables y sin hogar.

Preparamos y mantuvimos abiertos también el Ayuntamiento, el Pabellón Municipal y el retén de la Policía Local para que pudieran funcionar como espacios de refugio si llegaban a ser necesarios. Nada de esto puede conseguir que deje de llover. Tampoco elimina el riesgo. Pero tampoco ocurre por casualidad.

Durante estos casi dos años hemos trabajado para que Catarroja disponga de herramientas que no tenía el 29 de octubre. Hemos instalado cámaras de vigilancia, reforzado la megafonía municipal, incorporado bandos móviles, revisado protocolos y desarrollado mecanismos de prevención y comunicación.

Porque una de las obligaciones que asumimos después de la dana fue muy sencilla de formular y mucho más difícil de ejecutar: si volvía a ocurrir, tenía que encontrarnos mejor preparados. Y así nos ha encontrado.

También aprendimos que informar es proteger

Durante aquellas horas mantuvimos permanentemente abiertos nuestros canales oficiales. No solo para comunicar restricciones, sino para explicar qué estaba ocurriendo, qué previsiones manejábamos y qué estaban haciendo en cada momento los equipos municipales. Activamos la megafonía y los bandos móviles recorrieron Catarroja trasladando las recomendaciones a la población.

Y utilizamos otra herramienta que hace dos años no teníamos. Quienes somos de alguna de las poblaciones que colindan con el Poyo conocemos una costumbre antigua y peligrosa. Cuando llueve mucho, hay quien se acerca al barranco para comprobar cuánto caudal lleva. Lo hemos hecho durante generaciones. Pero después de lo ocurrido sabemos que un barranco no es un lugar desde el que observar una emergencia.

Por eso hemos instalado cámaras en distintos puntos del municipio y especialmente en el entorno del barranco. Durante estos días hemos podido monitorizarlo constantemente y compartir sus imágenes con la ciudadanía. Queríamos que cualquier vecino pudiera comprobar cómo estaba el Poyo sin tener que acercarse a él. Puede parecer un detalle. No lo es.

Porque detrás de una emergencia existe también algo mucho más difícil de medir: la incertidumbre. Durante estos días he hablado con muchos vecinos y vecinas. Sé que había miedo. Es inevitable. Hay personas que todavía recuerdan dónde estaban exactamente aquella tarde, hasta dónde llegó el agua en su casa o cuánto tardaron en saber si sus familiares estaban bien.

Me tomo mis responsabilidades muy en serio. Por eso creo profundamente en una institución que no desaparece cuando comienza la incertidumbre. Que informa aunque no haya novedades. Que explica qué está haciendo. Que permanece sobre el terreno. Que continúa vigilando cuando la mayoría del pueblo está ya en sus camas.

La tranquilidad de la ciudadanía también se construye sabiendo que hay alguien pendiente. El viernes, cuando las precipitaciones se intensificaron, seguimos sobre el terreno. Vigilamos especialmente la evolución del barranco de Pelayo y del polígono de El Bony. Continuamos informando conforme evolucionaba la situación.

Y la ciudadanía respondió. Catarroja permaneció mayoritariamente en casa, siguió las recomendaciones y entendió que la prudencia también es una responsabilidad colectiva.

Pero sería irresponsable convertir estos días en un ejercicio de autocomplacencia. Catarroja continúa teniendo vulnerabilidades. Nuestra red de alcantarillado todavía no está al cien por cien y seguimos trabajando en la segunda fase de las actuaciones necesarias para recuperarla y mejorarla. La reconstrucción continúa avanzando, pero no lo hace a la velocidad que nuestros municipios necesitan. Y esto también debemos decirlo.

No podemos acostumbrarnos a que actuaciones fundamentales para afrontar el próximo episodio extremo necesiten años de procedimientos administrativos. Después de una catástrofe como la que vivimos, acelerar las obras que reducen nuestra vulnerabilidad no es una cuestión burocrática: es una cuestión de seguridad.

Queda mucho por hacer

Pero tampoco sería justo afirmar que nada ha cambiado desde el 29 de octubre.

Han cambiado los protocolos. Han cambiado las herramientas. Ha cambiado nuestra capacidad para monitorizar el municipio. Ha cambiado nuestra forma de comunicar. Tenemos cámaras donde antes no las había, megafonía, bandos móviles y mecanismos de seguimiento que entonces no existían.

Y nada de eso ha caído del cielo.

Detrás hay decisiones, inversión pública, trabajadores municipales, fuerzas y cuerpos de seguridad, servicios técnicos y muchas personas que llevan casi dos años reconstruyendo Catarroja mientras, al mismo tiempo, tienen que prepararla para aquello que pueda volver a ocurrir.

Reconstruir después de una catástrofe no consiste únicamente en recuperar lo que teníamos. Si después de todo lo vivido levantáramos exactamente el mismo pueblo, con las mismas vulnerabilidades y la misma capacidad de respuesta, habríamos perdido una parte esencial de la lección.

El 29 de octubre de 2024 nos impuso la obligación política y moral de aprender. Esto significa convertir lo ocurrido en protocolos. Convertir el miedo en prevención. Convertir la experiencia en mejores herramientas. Y convertir las preguntas que entonces no tuvieron respuesta en decisiones que podamos tomar antes la próxima vez.

Estos días hemos comprobado que seguimos teniendo mucho camino por recorrer, pero también que Catarroja afronta hoy una alerta de otra manera: con anticipación, información, coordinación y prudencia.

Eso no significa que podamos bajar la guardia, sino exactamente lo contrario.

No podemos decidir cuándo llegará la próxima tormenta ni cuánta agua traerá. Pero sí podemos exigir que las alertas lleguen a tiempo, acelerar las obras que todavía necesitamos y continuar trabajando para que cada vez que el cielo vuelva a ponernos a prueba nos encuentre un poco más preparados.

Podemos decidir cómo queremos que nos encuentre.